sábado, abril 18, 2009

Del album familiar


Leyendo a Dickens

Mi mamá puso la cocina a gas al máximo. Y fue una fiesta. Mi hermana y yo nos sentamos a observar las lenguas de fuego, azuladas, amarillas, naranja. Era invierno y recuerdo que acercamos las manos para sentir su calor. Cuando la pava comenzó a silbar, mamá apagó la hornalla y la magia y el calor se desvanecieron. Una cuestión de economía que nosotros no entendimos en ese momento. La vieja cocina a leña quedó olvidada en un rincón del patio.
La modernidad había llegado a nuestras vidas, pero acompañada de cuidados muy estrictos. El gas es peligroso decía mamá y caro, no hay que derrocharlo. Pero nosotras muchas noches, nos escurríamos en camisón a la cocina y encendíamos todas las hornallas. Iluminadas por esa luz e hipnotizadas por el susurro que emitían las llamas, leíamos un fragmento de novela cada noche, no recuerdo su título, era de Dickens y nos transportábamos a las oscuras y tenebrosas calles londinenses, con sus chicos traviesos y harapientos y ante nosotras danzaban esos rostros puntiagudos, extraños, descriptos tan minuciosamente, que parecían brotar de las llamas. La cocina se llenaba de imágenes, Oliverio Twist se sentó con nosotras alrededor de la mesa, con la cara llena del hollín de las fábricas y Pip miraba un banquete de bodas tenebroso y cubierto de polvo. Nosotras soñábamos con ser Estela.
Cuando mamá descubrió que la garrafa de gas le duraba apenas 15 días, se mantuvo alerta y una noche en medio de un interesante capítulo de "Grandes Esperanzas" sentimos su presencia amenazante apoyada en el marco de la puerta, Cuando la ruina sea completa - dijo con mirada agonizante -, me extenderán, ya muerta y vestida con mi traje nupcial, sobre la mesa de la boda; esto constituirá la maldición final contra él..., ¡y ojalá ocurriese en este mismo día! Se quedó mirando la mesa, cual si contemplara, extendido en ella, su propio cuerpo. Yo permanecí inmóvil. Estela regresó y también se estuvo quieta. Me pareció que los tres continuamos así por mucho tiempo, y tuve el alarmante temor de que en la pesada atmósfera de la estancia y entre las tinieblas que reinaban en los más remotos rincones, Estela y yo empezásemos a marchitarnos, no pudimos evitar gritar, mamá esa noche se parecía tanto a Miss Havisham.
Y no fue la única vez, mucho después que los resplandores de las hornallas nos reunieran alrededor de su llama azulada y olvidáramos el sonido monótono del gas consumiéndose ininterrumpidamente en el fuego, mamá siguió siendo para nosotras una especie de Miss Havisham, cuando amamos por primera vez, cuando sufrimos el primer dolor ante el abandono, mamá nos había advertido con frases similares a ésta: Sólo te romperá el corazón. Es un hecho. Y aunque te prevenga, aunque te garantice que ella sólo te lastimará, horriblemente, tú la perseguirás....¿No es maravilloso el amor? Un cambio de pronombre y la sentencia nos caía como anillo al dedo. Es que mamá no creía en el amor, la había desairado profundamente, le había absorbido todo dejo de mirada romántica sobre la vida. Y se había ido erigiendo ante nuestros ojos en una mujer práctica, que anteponía la economía del gas antes que una ronda mágica de cuentos nocturnos, la fatalidad de un corazón roto al milagro de un nuevo amor que lo reparara.
Muchas veces pensamos que la felicidad de mamá había quedado olvidada en un rincón del patio, junto con la vieja cocina a leña.

miércoles, febrero 25, 2009

El olor del jazmín


I

Cuando digo "armario" pienso en un espacio estrecho, en ropa colgada de un barral, cajas de zapatos, cajones, puertas corredizas. Un lugar que huele a naftalina o lavanda, en algunos casos un aroma que encierra ciertas humedades, sudores rancios, la estela de un perfume y bolsillos en donde se olvidaron pequeñas historias o secretos, un pañuelo arrugado, el boleto de un tren, monedas y con suerte, un billete de cierto valor o una carta de amor. No pienso por ejemplo que una persona puede vivir en él a lo sumo puedo imaginar un escondite de infancia o el castigo a una desobediencia, la oscuridad del encierro y un mundo inquietante de rumores del otro lado. Luces y oscuridades, pasos y puertas que se abren o cierran. Impensable que alguien pueda refugiarse allí para siempre. Por eso cuando ella desapareció una mañana a nadie se le ocurrió buscarla dentro del armario y la vida siguió su curso. La tía había desaparecido. Esa mujer solitaria, algo excéntrica y silenciosa se fue sin despedirse. Lo extraño fue comprobar ciertas alteraciones en su cuarto, objetos que también se habían ido con ella y al mismo tiempo la sensación de que su presencia permanecía en los cajones semiabiertos, los peines, el cepillo de dientes aún con olor a menta.

II

A las 8 de la mañana cesan todos los ruidos de la casa. Es en ese momento en que salgo y deambulo a mis anchas. Fisgoneo en la heladera y selecciono alimentos en un plato, pequeñas raciones que no denoten su ausencia. Una jarra de agua fresca. Reviso la correspondencia y leo esas cartas que aún vienen a mi nombre y las vuelvo a ensobrar. Nada interesante. Eso me confirma que la decisión de aislamiento no modifica en nada el mundo circundante. Si hubiera dejado mi cuerpo sin vida tendido sobre la cama nada hubiera cambiado tampoco. Prefiero este falso olvido, esta presencia invisible que confirma mi desarraigo. Sé que mi nombre es pronunciado de tanto en tanto por algún familiar de la casa. Incluso percibo su miedo. Porque aquello que no se explica nos produce temor. Y desaparecer es una acción confusa. Necesitamos confirmaciones de vida o muerte. Y yo habitaba desde hace unos meses en ese limbo donde la mente de los demás no podía etiquetarme.
Una tía desaparecida no es una tía viva en alguna parte ni una tía muerta y sepultada bajo tierra. Claro que desaparición puede ser también vivir dentro de un armario, en uno estrecho, oscuro y secreto. Ese que nos asusta en las noches por la posible intromisión de algún extraño, que nos espía desde sus puertas entreabiertas. Por ese miedo infantil y atávico, nadie, absolutamente ningún integrante de la casa quiso profanar el lugar. Impensable buscar a una persona allí y temerario inspeccionarlo, sobre todo porque ellos suponían que allí podría albergarse una presencia fantasmal, la mía, una presencia amenazante y diabólica. Habían escuchado rumores detrás de la puerta y decidieron clausurar toda posibilidad. Lo interesante fue descubrir afecto donde nunca pensaba encontrarlo y a la vez desenmascarar el cariño que sólo era indiferencia e interés.
Esta es mi casa, viven en ella sobrinas y hermanos, quererme entonces, una obligación para muchos, ahora lo sé, como sé que ni muy tristes ni muy desesperados seguirán el curso de sus vidas como si nada pasara.

III

Cuando chica, influenciada por la lectura de las Crónicas de Narnia, creía que en el desván de la casa de la abuela había un ropero mágico. Durante las siestas obligadas de mi infancia, aparte de leer en penumbras a través de los rayos escasos que proyectaba el sol sobre las persianas, solía esconderme en el desván, dentro del armario. Me perdía para ser encontrada. Creo que esa ha sido una constante en mi vida. Poner a prueba el cariño de los demás, la importancia de mi presencia en el mundo. La primera vez que comencé ese juego, tardaron tres horas en encontrarme, recuerdo que al sentir los pasos subiendo la escalera del desván mi corazón galopaba, mi nombre pronunciado por la voz preocupada de mamá se multiplicaba como un eco y yo, adopté una pose de bailarina clásica y cerré los ojos fingiendo estar dormida. Después de los abrazos y la alegría del encuentro vinieron los rezongos y reproches pero no me importó porque yo era tan feliz, a manera de excusa me fingí sonámbula y desorientada, sólo la inocencia de mis pocos años podían asegurar esa historia como creíble. Y a fuerza de repetirla dejó de producir el efecto esperado y a la quinta desaparición cesó la búsqueda al mismo tiempo que las siestas, mientras colocaban nuevas cerraduras en la puerta del desván y llaves en todos los armarios de la casa. La abuela se veía obligada a cargar con un enorme llavero que anunciaba su presencia con el sonido tintineante de un cencerro. Aunque en el fondo de los armarios nunca encontré un bosque encantado, no dejó de ser a lo largo de los años, mi refugio favorito. Y aquí estoy.

IV

Pasó el tiempo y los miedos se fueron aquietando. El cuarto de la tía pasó a ser un lugar de encuentro para su sobrina y sus amigas. En un primer momento, los objetos ocuparon el lugar que les correspondía, como si cualquier alteración fuera una ofensa a su memoria. Luego al sentirse cómodas en ese ambiente, a veces curioseaban los cajones, olían los perfumes y se maravillaban de cada pequeño adorno. Su sobrina repetía las historias que siempre le había contado su tía. Detrás del armario ella se sonreía complacida descubriendo como la imaginación transformaba sencillas anécdotas en aventuras.
Su vida iba creciendo mágicamente como las páginas de una novela. Comenzó a creer que esa historia inventada podía haber sido su historia y una profunda melancolía la fue abatiendo poco a poco. Quizás porque descubrió que la ficción enmascaraba y a la vez enriquecía sus recuerdos, que sin ella eran simples historias de un ser común y solitario. Un grito desgarrador fue subiendo lentamente desde su estómago a su garganta. Las paredes del armario comenzaron a oprimirla como un ataúd y quiso morir.

V

¿Con qué nombre se llamaría si ya no recordaba el suyo? Sólo la voz de su sobrina como una letanía, asegurando que ella había partido lejos, sin despedirse, para vivir una aventura. Que algún día regresaría de ese largo viaje. Estoy segura que existe un amante – decía con voz temblorosa - y decidió reunirse con él. A continuación sacó con cuidado, unas cartas del cajón del pequeño secreter, atadas con una cinta rosa, le llegó el perfume de jazmín, un aroma dulce y penetrante. Sus amigas las miraban como piezas de museo. Cartas de papel- repetían y pasaban sus dedos recorriendo las hileras de letras azules.
Y entonces ella comenzó a leer cada palabra. En ese momento se dio cuenta que su sobrina le estaba inventando una vida. Todo lo que ella no se atrevió a vivir estaba escrito en esas cartas. Fantasías y deseos. Lo perdido era recuperado en esa escritura femenina y potente. ¿Quién las había escrito? Reconocía la historia pero las circunstancias eran inventadas, lo que no había hecho, se concretaba en esa lectura. La última carta decía que ella iría a su encuentro, que dejaría todo por estar con él. Ya ven, esa es la explicación de la ausencia de mi tía. Sólo yo lo sé. Es un secreto entre ambas. Algún día volverá, también lo sé. La espero. Entrará por esa puerta como si llegara la primavera, porque sé que vendrá florecida por dentro, aquí se estaba marchitando de a poco.
Esa historia trunca que jamás se atrevió a vivir, y todos los viajes que no realizó, postergando su felicidad, escondida en el tibio nido de su casa. Y ahora, terminaría sus días en un armario, como una maleta vieja, entre olor a naftalina y cajas de zapatos elegantes que sin usar la habían invitado sin resultados a transitar tantos caminos. Sus vestidos colgaban deslucidos de las perchas, esperando un cuerpo que los habite.



VI


La mañana de su partida, la casa estaba en silencio. Abrió la puerta del armario y comenzó a armar su equipaje. Una pequeña maleta en donde puso escasas prendas. Miró cada uno de los objetos que la acompañaron durante tantos años y sólo tomó un retrato, en la foto la muchacha que había sido, le sonreía, el pelo largo y alborotado el paisaje detrás y un río. Un río siempre promete tantas cosas, un viaje, detenerse en la orilla y verlo fluir, seguir el movimiento del agua, zambullirse en él, un río siempre nos lleva al mar, a las costas lejanas de otros mundos. Se despidió recorriendo todo con su mirada, con ese adiós moroso de los que ya no vuelven. Pero antes de partir, volvió sobre sus pasos, abrió el pequeño cajón del secreter y retiró ese puñado de cartas atadas con cinta rosa, que olían a jazmines. Luego cerró la puerta tras de sí.


Adriana Agrelo

domingo, febrero 22, 2009

Compensaciones


Del diálogo entre la que escribe y la nueva aspirante al Club de las Tetas Grandes, en el café de la Medialuna

Este no es el gusto de yogur que me gusta, le dije. Lo que pasa es que él no lee. Seguro que manotea en la góndola lo primero que encuentra. Es conservador. No se actualiza con los nuevos productos. Le han quedado fijadas en el cerebro las marcas de su infancia, las que todavía sobreviven, claro. Y entonces es de lo más común que se venga con un paquete de galletitas Express, ¿por qué seguís comprando querido esas galletitas perimidas e insulsas? y él me comenta, porque en la década del 50, cuando yo era chico, el almacenero del barrio me regaló un camioncito de hojalata que tenía impreso en sus costados con colores brillantes “galletitas express” el sabor inconfundible”. Eso me dice. Pero lo mejor es su presentación del chocolate Suflaire ahí me recita ese poema que dice: "Desde el momento en que te vi,/ te quise comer toda como a un Suflaire/ lleno de burbujitas/ tableta a tableta/ belleza aérea/ viaje al infinito." Qué cursilería y no nos olvidemos de las pastillas de menta DRF que siempre van acompañadas de la siguiente cantinela “me gusta pagar 50 centavos las pastillas de menta DRF” y a continuación la historia, porque la historia es muy importante, la del inmigrante español Darío Rodríguez de la Fuente , D.R.F. ¿te das cuenta? que empieza la fabricación de una pastilla con sabor a menta, 100% artesanal, que comercializaba en las farmacias de la época en 1914.
El mozo aparece con cara sorprendida, qué interesante, no sabía esa historia de las pastillas DRF, eran mis preferidas cuando chico y pone cara de nostalgia, lo que faltaba, otro café por favor y vos querida que querés? Otro, si. Prosigamos con la historia, viste? Todos son iguales, eternos niños instalados en su nostalgia.
Y entonces su chiste favorito, desde que descubrió el origen de las famosas pastillitas es ir a cualquier kiosco y decir “me da un paquete de pastillas de menta de Darío Rodríguez de la Fuente”. Es un catálogo de productos anacrónicos y de malos chistes. Además tiene un gran sentido de la importunidad. Basta que seleccione algo, una ropa, un libro, un par de zapatos y los coloque fuera de lugar para acordarme de vestir, leer o calzar según el caso, él irremediablemente lo vuelve a poner en su sitio, aunque la casa sea un desastre y haya miles de cosas que ordenar, él va y ordena lo que yo necesito tener a mano. Siempre. Saco algo de la heladera para empezar a cocinar y zácate el tipo viene por detrás como hipnotizado, como obedeciendo a un llamado atávico y lo vuelve a guardar. Y no hablemos de la tapa del inodoro, nunca la levanta, y entonces hay que ser precavida y fijarse si no está salpicada de gotitas, porque él nunca emboca del todo, claro. Yo creo que se distrae y lo empieza a revolear para todos lados, juega mientras su mente vaga vaya a saber una por donde. Y en la cama, su sueño es pesado y alborotado al mismo tiempo, siempre tiene pesadillas y yo, que me acuesto más tarde, debo estar alerta para despertarlo o moverlo, me da cosa que se queje y grite y entonces PARE DE SUFRIR (como el eslogan de las iglesias evangelistas, ¿viste?) lo zamarreo un poco y sigue durmiendo tranquilo. Cuando me acuesto, debo buscar una posición en la que mi cara no esté cerca de sus codos o manos, porque al tipo se le da por boxearme, sí, una vez medio dormido, eso dice, se acomodó en la cama y con el puño frente a mi cara me golpeó, luego se dio media vuelta y siguió durmiendo, bueno es una forma de decir, porque yo le encajé un buen mamporro, qué se piensa. Lo único que me faltaba aguantarle. Pero lo más insufrible son los domingos, cuando podemos desayunar juntos, ¿no?. Nos gusta leer los diarios mientras desayunamos. El tipo es un bunker parapetado detrás de su Clarín deportivo, a mi me gusta compartir las noticias literarias o políticas y leerlas en voz alta y esperar comentarios, generar un debate inteligente, y entonces me mira como si no me viera y pone esa sonrisita al borde del gruñido y dice todo que sí, ahí es cuando puedo aprovechar para hacerle preguntas capciosas, ¿te parece bien entonces que me compre ese par de zapatos divinos que salen tanto y tanto? ¿es linda tu nueva compañera de trabajo, fueron a tomar un café? y él dice que sí, dice que sí a todo, con lo cual siempre me queda la duda, claro, pero luego pienso que el sí es su forma de desprenderse de mí y volver a su lectura. En esos momentos lo mataría, te juro. Pero fuera de esto, mi querida, podés casarte tranquila, son trivialidades, pequeñas escenas conyugales las que te cuento. La convivencia también tiene sus compensaciones. Ya las irás descubriendo. En realidad primero vienen las compensaciones, sólo las compensaciones, luego te vas enterando de lo otro, de a poco, va brotando como los granos en la cara de un adolescente. No te los aprietes, dejalos madurar y que revienten. Ese es mi consejo. Aguantar y alegrarse por un rato, con las benditas compensaciones.
Mi compañera, Sandra, la nueva aspirante me miraba fumando sin parar, bebiendo mis palabras como si yo fuera el oráculo de la Sibila, cuando terminé, miró su mano derecha, giró nerviosamente su alianza de oro que a esa hora de la tarde emitía efímeros resplandores de protesta y dos gruesos lagrimones cayeron en el mantel de la mesa del bar. Revolví en mi cartera y encontré los consabidos pañuelitos de papel, con un gesto mecánico los empujé hacia ella.
Querida, bienvenida al Club.

Adriana Agrelo

lunes, octubre 27, 2008

Aracne


Un punto, una lazada, un agujero. La trama simétrica, plena de huecos. La lana serpentea sinuosa entre las agujas metálicas. El ovillo apenas adelgazado rueda lento, se golpea entre las patas de la silla. Los dedos se mueven delicadamente hacia arriba, hacia abajo. Piensa y los dedos quedan detenidos en el aire una fracción de segundo, luego vuelven a circular entre el frío metal y el aire denso de la habitación.
La trama está quedando pareja, con pequeñas imperfecciones pero jamás desteje, no, destejer es volver atrás, más que eso, arrepentirse.
Le gusta por las noches sentarse en su sillón favorito, encender una lámpara, ponerse los lentes y leer atentamente la textura del tejido. Todo está ahí como en un tapiz. Sí, como esos tapices que fue a ver una vez en una exposición, murales enormes que entretejían la historia de un pueblo. Fue allí donde vió por primera vez a Ulises y leyó su historia paseando los ojos por esas imágenes esfumadas en tonos agrestes, pasteles, sepias, como si viera un viejo álbum de fotos y el mar y las barcas y la isla de Circe la Hechicera y Penélope arriba como la Beatrice del Dante, en el Paraíso perdido de su Itaca, esperando.
Un punto, una disminución, una lazada que cuenta la trama entramada de hilo azul, azul brillante, océano que rodea las islas, los huecos, los agujeros.
Agustina detiene el repiqueteo de las agujas y observa la trama. Un punto corre hileras abajo hasta la cintura, lentamente lo va atrapando entre los hilos ya tejidos. Es como si el punto se sublevara y decreciera o saliera de su entorno. Porque el punto no quiere ser uno más, quiere dejar una huella, una señal de escape, confundido entre los múltiples huecos. El punto no quiere cumplir su misión de punto.
Ella sonríe feliz, diosa creando universos, organizando huecos y puntos cada uno en su espacio y cumpliendo su destino, puntos y huecos son seres vivientes, multitud de seres pendiendo en sus dos agujas, la vida, la muerte. Creciendo, decreciendo, intentando el suicidio, abriendo brechas.
Sólo ella decide el destino de sus criaturas. Sólo ella transforma la materia en objeto, en una trama cálida, abrigada, florida. El hilo infinito, lineal, absoluto, en objeto finito, maleable, concreto. El hilo entre sus manos transformado en una red de enigmas, de figuras. El hilo que dibuja sus deseos, transforma el tiempo lo atrapa como a una mosca.
Agustina deja el tejido sobre el sillón y el mundo se detiene. El ovillo agazapado casi en extinción. La muerte del hilo cobra vida en el tejido. Destejer es volver a la muerte, evocar un origen donde el hilo era ovillo y mucho antes madeja y mucho antes oveja. Oveja mansa pastando en la pradera. El hilo era en un principio, animal. Ella doblega la animalidad del hilo, su instinto.
El hilo le recuerda a esa piedra que fue árbol, a un trozo de árbol petrificado. Y se ve a sí misma transformada en un insecto, caminando por las vastas extensiones del tejido, creando una telaraña fantasmal en los rincones más oscuros de la casa.
Una anciana vestida de negro desde un rincón hila en una rueca un cordón blanco, pegajoso y cubre su cuerpo desnudo y ceniciento con la mortaja transparente. Sus manos se mueven desesperadas tratando de romper la túnica. Mira hacia el rincón donde está la rueca, el sol imagina los contornos de una sombra enorme que se proyecta contra la esquina del techo.

Ese día Agustina abandona el tejido, el borde del escote queda quebrado en una hilera de puntos inconclusos, huecos desparejos suspendidos en las agujas metálicas. Con amoroso cuidado lo dobla y guarda junto con el ovillo de lana en una bolsa de plástico y los mete en el cajón como quien concluye las últimas páginas de una novela.


Adriana Agrelo

martes, septiembre 09, 2008

Paisajes




Estuvimos caminando por esa ciudad de callecitas angostas y puentes levadizos, una ciudad de bruma y sepia, de cielos palaciegos, acerados y celestes. Con pasos perdidos y voluptuosos, caminamos merodeando rincones, muros, diminutas plazas con aljibes, jardines colgantes, empedrados irregulares y cúpulas redondas y doradas. Allí me deseabas y era tu deseo un perro negro de ojos luminosos que olfateaba mi espalda y quebraba mi cintura. Las cámaras dispararon dos o tres imágenes que quedaron en el recuerdo, apenas captaron esa cacería, donde yo era presa y cazadora, tu mano se apoyó en mi hombro, un roce de alas grises y mi ojo te robó un gesto en la penumbra, tan parecido al goce, a la felicidad, a tu mejor sonrisa.



Adriana Agrelo

domingo, junio 15, 2008

El viaje


I

La ruta cercada a ambos lados por álamos que delimitan las chacras, frenan el viento, protegen sembradíos.

Es verde esta zona, dice el chofer, estamos saliendo del valle.

Verde por la minuciosa arquitectura del sistema de riego, hileras de manzanos, naranjales, ciruelos en flor.

Aún faltan unos kilómetros para llegar a General Roca, la voz del conductor suena monótona como si esas frases repetidas de viaje en viaje le dieran un tono gastado.

Este hombre cuarentón, de pelo lacio, entrecano, ojos achinados, vivaces, inquietos que fotografían todo lo que ven y analizan con cierto descaro, con cierto cinismo o amargura esta ciudad de construcciones bajas, ¿ciudad o pueblo? piensa en Buenos Aires y sonríe, no muy diferente a Cipolletti, Cinco Saltos y otras ciudades del sur del país, la plaza principal, la Municipalidad, la Iglesia, las calles de casas blancas o ladrillos rojos o lajas, jardines detrás de las rejas, casas de clase media, alguna zona residencial con parques en lugar de jardines y muros en lugar de rejas, canales, zanjones como una única receta que lleva los mismos ingredientes mezclados según el gusto del cocinero de turno.

¿El colegio Don Bosco? pregunta el chofer, debe bajarse en esta parada, antes de la estación de micros, camine por la Avenida hasta que encuentre una plaza, allí lo verá, no puede perderse.

Gracias, apenas murmura y desciende del micro.

El colegio Don Bosco, frente a la plaza que no es la principal y que por milagro no se llama Julio Argentino Roca, el conquistador del desierto, el exterminador de indígenas, piensa, edificio austero, de ladrillos rojos por donde trepa una enredadera que va cubriendo morosamente sus muros, rejas alrededor, altas como una muralla que lo protege de intrusos, ese es su destino, el colegio, veinte años de experiencia docente, veinte años de exilio, cartas de presentación, curriculum vitae.

Buenas tardes, mi nombre es Patricio Miranda, profesor de Literatura. Repite esta frase durante todo el trayecto en distintos tonos, con distintos gestos, como si fuera la única línea que tiene que representar en una obra donde sólo es un oscuro personaje. Sabe que para llegar debe cruzar la plaza en diagonal y atravesar el puente tendido sobre el canal de aguas cristalinas, un brazo estrecho del río. Voces de niños y un leve chapoteo, alguien grita su nombre, se da vuelta y la ve, con su pelo rojizo cobrizo brillando al sol, sonriéndole desde sus veinte años y señalando el canal, ¿este es el río donde te bañabas en tu infancia? y echa la cabeza hacia atrás su pelo acariciando la cintura y ríe, ríe, estira la mano para tocarla la figura se desvanece. Un cura se acerca por el sendero de piedra como si estuviera ansioso de recibir al nuevo visitante, alguien que rompa la monotonía de su existencia. Patricio mira hacia los ventanales del primer piso, nadie se asoma, aún no ha comenzado el ciclo lectivo.

II

Acomoda los libros en los anaqueles, los pocos libros que se ha permitido traer, sus favoritos, los que siempre lo acompañan, todo Roberto Arlt, Rayuela de Cortázar, Ficciones de Borges, La Formación de la Conciencia Nacional de Hernández Arreghi, Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, Redoble por Rancas, de Manuel Scorza y algunos clásicos españoles, poetas latinos, algo de literatura europea, su Antología de poetas surrealistas, los cuentos de Poe, Quiroga, sus diarios personales, en realidad cuadernos de notas, impresiones, viajes, que lo acompañan desde hace veinte años. La habitación es pequeña, desprovista de lujos, una cama, una mesa de luz, la biblioteca, un escritorio, una silla, un ropero con cajonera, unas pocas perchas y nada más. Le recuerda a tantas pensiones de estudiantes por las que pasó sin dejar huella, impersonales, modestas, con olor a humedad. Abre los postigones de la ventana y ve el paisaje de la plaza, el puente sobre el canal, los bancos de cemento, las luces que se van encendiendo y a ella, otra vez ella sobre el puente, acodada en la baranda, contemplando el agua, esperándolo. Está a punto de salir pero se detiene, dos hombres avanzan por el puente, se acercan, ella busca algo en la cartera, quizá su documento, ahora la toman por los brazos, trata de desprenderse y correr pero los hombres la sujetan más fuerte, la empujan dentro de un auto y arrancan a gran velocidad, ella mira hacia atrás, grita, las pocas personas que caminan por allí ni siquiera detienen su paso, como si no la vieran, como si no sintieran el chirrido de las ruedas y el motor del auto alejándose velozmente y el ruido de la sirena que una mano coloca sobre el techo y la luz roja que gira y ulula partiendo la noche y su cartera flotando en el canal y hundiéndose lentamente.

III

Al otro día, un domingo soleado, después de una noche agitada, llena de imágenes de las que no logra desprenderse, ni ahuyentar, pesadillas que creía olvidadas, se levantó temprano y se metió en la ducha con la firme intención de lavar no sólo su cuerpo sino su memoria, con la esperanza de que el agua disolviese las cicatrices que esos malos sueños le dejaban en su cabeza, instintivamente deslizó su mano entre el pelo y el cuero cabelludo buscándolas y se frotó con jabón y enjuagó los últimos restos de espuma.

Su psiquiatra le había aconsejado este viaje y ya se estaba arrepintiendo. Volver al lugar de los hechos, buscar las razones de su bloqueo, de sus pesadillas, de sus antiguas fobias, dejar de huir sobretodo dejar de huir. Hacía veinte años que se había ido y volver como un extranjero, como un profesor de literatura a su propio colegio, a su ciudad natal era como sentirse un fantasma, nadie se acordaba de él, de su nombre, de su vida, ¿acaso podría decir que tuvo una vida?, después de aquello, ciudades, países, pensiones, autobuses, aviones, trenes, calles, plazas, rostros queridos, rostros desconocidos, formaban un mosaico de piezas inconclusas que debía unir como un rompecabezas. Y cuando todas las piezas encuentren su justo encastre estarás curado, le dijo su psiquiatra. Cómo si fuera tan fácil. Ahora todo se confundía, él ya no era aquel muchacho que debió abandonar, casa, familia y amistades. Debes recuperar tu identidad, reconstruir tu historia, le dijo y sin embargo el miedo, la supervivencia le hicieron cambiar el nombre, inventarse otra historia, lo único que conservaba era su amor a la literatura, sus diarios personales, algunos libros y el recuerdo de ella, sus apariciones, el destello cobrizo de sus cabellos brillando al sol.

Decidió recorrer la ciudad ese domingo, verla con los ojos de un turista recién llegado y disfrutar del sol y de los últimos días del verano antes del comienzo de las clases. Salió al corredor, escuchó el eco de sus pasos, el edificio casi desierto sólo albergaba algunos curas sin familia que pasaban el verano allí y algunos sirvientes. Cuando llegó a planta baja dio la vuelta al edificio y se dirigió a la capilla, casi sin pensarlo se encontró frente al altar y rezó antes de iniciar su paseo, rogando no encontrarla otra vez reclinada sobre el puente, esperándolo.

IV

Atravesó la plaza y se detuvo en un árbol, pasó sus manos por el tronco añoso, sus dedos recorriendo rugosidades, buscando hasta que encontró los nombres Eliana y el suyo debajo, 1975, su palma se abrió y cubrió el corazón, el clásico corazón enamorado que tantos adolescentes graban en la madera, en la roca, en las puertas de los baños, en los asientos traseros de trenes y colectivos, en un vidrio empañado, en la arena, en los cuadernos de escuela, en las paredes, dicen que gritó, que se resistió cuanto pudo, que no alcanzó a decir su nombre, todos tenían miedo, nadie pudo ayudarla, dicen que no habló y a él le consta, lo ha sabido todos estos años, lo ha respirado, lo ha sufrido, se ha sentido culpable, un indigno sobreviviente. Lo que no puede saber, pero imagina, y eso es más doloroso, es cuánto tiempo resistió, cuánto dolor, antes del final y dónde está su cuerpo, su pelo cobrizo brillando al sol, su sonrisa y por qué su imagen vuelve a presentarse después de tantos años. Quizá los recuerdos se corporizan en los espacios que sucedieron, quizá su imagen se quedó detenida aquí en esta geografía infernal por donde vaga su fantasma.

V

Pasear por esas calles que ya no lo reconocen, como un extranjero, volver es tan doloroso como permanecer lejos y evocar los lugares que nos vieron crecer, paisajes que nos formaron, miradas testigos de nuestra permanencia en el mundo. Hoy ya no encuentra esas miradas y apenas trata de encontrar la propia. No ésta, de la vuelta, que se posa cansada sobre las cosas, recuperar el asombro se ha dicho mil veces, he vuelto para recuperar el asombro pero hasta ahora sólo ha encontrado fantasmas, imágenes nítidas del pasado que forman parte de una pesadilla que lo acompaña desde que se fue, que se diluye, casi roza el olvido, a veces. Sólo a veces. Volver es despertar los fantasmas. Camina por la calle principal buscando un bar, ya no está, hay un terreno baldío y un cartel de una constructora que augura el inminente proyecto de un condominio, edificio torre con seguridad, piscina, servicios centrales, expensas módicas, planes de financiación, escombros apilados, intenta reconstruir el bar y recordar su nombre, Victoria, sí, se llamaba Bar Victoria en un principio y luego por esa pretensión muy nuestra de pensar que el prestigio y la distinción se escriben en inglés, lo rebautizaron Victoria’ s coffee, Hasta la Victoria Siempre, solían decir él y sus compañeros cuando luego de una reunión acalorada, siempre llena de propuestas y pasiones enfrentadas, se despedían, Hasta la Victoria Siempre, mesas y sillas de madera oscura, una barra de estaño, espejos, el brillo de las botellas, difuso, bajo la caricia del sol, el vapor de la máquina de café expresso, una niebla en torno a Juan, el cantinero, Patricio lo observaba y recordaba una escena de Casa Blanca, pero en lugar de la Marsellesa, cantaban la marcha peronista, sin piano y a capella, Hasta la Victoria Siempre, Juan envuelto en la bruma, entre el olor a medialunas recién horneadas, voces, murmullos, bullicio, son las 8 de la mañana y los libros se desparraman sobre la mesa, Juan se acerca con la bandeja, ¿lo de siempre, muchachos?, sí, café negro, medialunas, jugo de naranja, y un platito de amarettis, casi puede paladear el sabor de las almendras. Desliza palabras sobre el papel, la nota sobre literatura argentina, a Rodolfo Walsh, in memoriam, acaban de leer Operación Masacre, a hurtadillas, y el mundo se abre como una herida dolorosa, la verdad de la historia les pega un cachetazo, piensan que ellos también dejarán de jugar al ajedrez, que la realidad les ha mostrado un mundo que deberán modificar, fuera de allí, de ese pueblo donde no pasa nada, o casi nada y llegan noticias de tanto en tanto de una guerra que no les pertenece, aún lejana. Se queda mirando esos escombros, restos de lo que fue, los azulejos del baño en una pared semiderruida, la marca del espejo y el agujero del clavo, apiladas las puertas de madera, como el esqueleto de un barco hunido, ¿y el cartel? Busca, primero son movimientos semicirculares de su pie, luego se agacha y escarba, hurga, separa mampostería, tablas, canto rodado, ladrillos, parece un perro hambriento desenterrando un hueso, la calle está solitaria en la siesta de los pueblos, nadie lo ve en esa especie de ritual frenético, y nada, el cartel no aparece, qué pretende encontrar, algún indicio de aquel tiempo, el rostro de sus compañeros, un mensaje en las puertas apiladas, una cucharita oxidada, en una de las puertas quedó suspendida una chapa del baño , no dice hombres, ni muestra la típica silueta, no, es sólo un sombrero de copa, elegante, negro, el Victoria`s coffee tenía su glamour, su toque farandulesco. Recuerda que Don Ramón, el dueño, fanático de las comedias musicales de Fred Astaire, en la segunda remodelación del bar, decidió poner un sombrero de copa, como si Fred estuviera allí y lo hubiera dejado olvidado en la puerta del baño, las mujeres tenían como insignia unos zapatos rojos, de taco, estilo español, de bailaoras, nunca pudo entender la asimetría de estos símbolos, quizá Don Ramón tenia gustos extraños o en su imaginario de películas del 50 se le habían cruzado los cables y vió a Carmen Amaya zapateándolo a Astaire en clave de cante jondo. Patricio deja de escarbar, limpia el polvo de la chapa, la guarda en el bolsillo y se aleja del lugar. Camina contento, con cierta energía extraña para ese lugar y esa hora, a su paso siente ojos observándolo tras las ventanas, clavados en su nuca, recorriendo su figura de arriba abajo, ojos sorprendidos, curiosos, acusadores, indiferentes, trata de imaginar que tipo de miradas se ocultan tras muros, vidrios, agazapadas pero no le importa, siente que encontró un trofeo, un disparador de recuerdos, escarbar en un terreno baldío es una buena terapia, aprieta con fuerza la chapa, el sombrero de copa negro, y ahora lo ve en la cabeza de Don Ramón, saliendo detrás del mostrador del Victoria´s coffee, baila entre las mesas, se detiene, se saca el sombrero y haciendo una reverencia en el aire, le dice en tono grave: te estábamos esperando, ¿por qué tardaste tanto en volver?, ella no pudo esperarte, no pudo.

VI

Cuando llega a la estación de micros saca un boleto para Neuquén, la ciudad del río Limay, el domingo se estira en un atardecer inacabable de nubes rosas y álamos sucesivos. Por la ventanilla ve el puente sobre el río Negro, sabe que al cruzar dejará atrás Cipolletti y entrará en Neuquén, la ciudad capicúa, donde derecho y revés no tienen sentido. Caminar por sus avenidas a esa hora es casi estar en Buenos Aires, la plaza, los puestos de artesanos, la Catedral, enfrente Siringa, cruza y se ve reflejado en sus vidrieras, estantes llenos de libros, mesas de oferta, atrás los dueños, aquí leyó por primera vez La rama dorada, aquí se compró su primer novela importante Cien años de Soledad y el dueño le mostró los tesoros del primer subsuelo, aquí tengo los libros que colecciono, que nunca venderé porque no tienen precio, son obras de arte y descubre una edición del Quijote con dibujos de Dalí, un libro sobre los Araucanos, un diccionario mapuche. Sonríe, recuerda ciertas estrategias con las muchachas, un amigo le decía, nada mejor para conquistar a las porteñas que agregarte unas gotas de sangre india, si es mapuche, mejor, y le tendió un diccionario. Mari-mari, se recordó diciendo, ¿qué? dijo ella levantando la vista del libro, buen día, en mapuche, ¿Sos del sur? Sí y descendiente, ella lo miró con curiosidad y le creyó. Tuvo que leer la historia de ese pueblo, aprenderse algunas palabras, traducirle todos los toponímicos, nahuel huapi, cutral có, futaleulfú, y más adelante, mucho más adelante, soñando entre sábanas, buscaron el nombre de su hija, Ayelén, dijo ella triunfante, cuando tengamos una niña se llamará Ayelén.

Y ese fue el nombre que después, mucho después él le puso, no deben conocer nuestros nombres, yo me llamaré Demián y vos Ayelén, ¿y para qué dejarles nuestros libros? ¿quiénes son? Un grupo de estudiantes guardados, entraron en la clandestinidad hace unos días, consiguieron un buen lugar, un viejo departamento en el Once, nadie los buscará allí, ¿y qué van a hacer? No pueden salir mucho, se los dejamos en consignación, es preferible a quemarlos, enterrarlos o tenerlos en casa, es peligroso, pero son míos, no puedo desprenderme tan fácilmente, ya verás que sí, no los necesitamos, cuando menos tengamos que nos identifique, mejor, hay que andar ligero por la vida, sin ataduras ni pertenencias, para ella no era tan fácil, pensó en la novela de Bradbury, y el discurso del bombero, pensó en estos hombres, siluetas negras deslizándose sigilosas en los pasillos de una biblioteca de una infinita biblioteca borgeana, ellos portando en sus manos antorchas y encendiendo hogueras, ¿quemar los libros o desprenderse de ellos? ¿darlos a extraños? Sí, es preferible darlos, ¿cuándo?

Y esa noche soñó con voraces lectores, dientes afilados, narices sumergidas entre las páginas, olfateándolas, ratones de estanterías que ávidos la observan, se avalanzan sobre ella y

me quitan los libros, prolijamente envueltos en papel madera, desarman los paquetes y huyen por oscuros corredores dejándome sin nada,

¿y?

Ahí terminó el sueño, eran realmente repugnantes estos lectores, grises, babosos, la piel transparente, blancuzca,

prefiero quemarlos, hacer una gran fogata,

pero sólo fue un sueño,

no sé quienes son y para qué vamos allí,

son órdenes, no podemos correr riesgos, ellos quieren asegurarse que nos desprenderemos de todo material subversivo, que si nos agarran sin nada podremos inventar mejor una historia, debemos borrar la Universidad de nuestras mentes, acordate,

sí,sí, ella recita, estudié literatura en un Instituto Privado, ¿qué revistas lee?, Esquiú, señor, es una de mis revistas favoritas, poseo una suscripción anual y a veces colaboro con algún artículo.

En pocos minutos los estantes quedaron vacíos, largas pilas de libros en el suelo, una valija de lona verde despanzurrada, abierta como una enorme boca dentada y allí se zambulleron con cierta tristeza los primeros números de la Revista Crisis, unos ejemplares deshilachados de Nuestra Palabra, órgano oficial del partido comunista, el Diario del Che en Bolivia, Guerra de guerrillas, De la colonia a la Revolución, Rojo y Negro,

¿por qué Stendhal?

Porque sí, porque dice “rojo” y para ellos tan primitivos,

De todos modos, no volveré a leerlo

Y siguieron cayendo en el fondo, junto con El matadero, sí, el título les parecerá revolucionario,

¿Martín Fierro también?

Acordate de los consejos del viejo Vizcacha...

Sos demasiado sutil

Y ellos muy bestias...miran la realidad desde su lupa deformada

Plan revolucionario de Operaciones, humm cómo disfruté este libro, me da pena,

¿Y Boquitas Pintadas?

Si, está en su lista negra,

No me digás que las boquitas están pintadas de rojo y por eso...

No, hay escenas de sexo, fuertes, ellos vieron la película....

Y esa tarde uno a uno, los libros fueron desapareciendo por esta boca dentada, ella sentía que perdía pedazos de su vida, tantas horas de lectura entre mate y cigarrillo y todos sus apuntes con lápiz, subrayados, sus anotaciones al margen de cada hoja, poemas de Neruda, Galeano, González Tuñón, Oliverio y las muchachas de Flores que dejan su sexo abandonado en la vereda,

Con gesto rápido se deslizó el cierre metálico y la tarea quedó concluída.

Luego caminarán con cara de turistas y lentes oscuros por las calles del centro, bajarán las escaleras del subterráneo y haciendo catábasis llegarán a la estación Lacroze, de allí un par de estaciones y de vuelta a la calle, cruzarán un pasillo interminable en una casa antigua, tres golpes a la puerta y entrarán apresurados, rostros desconocidos, jóvenes como ellos esperando su botín. Rápidamente vacían bolsos y valijas, miran con avaricia el pilón de libros y en una biblioteca improvisada de tablones y ladrillos, cajones de Manzana, los seleccionarán, acomodarán.

Realmente aquí hay muchos libros ¿no?

Cajas y cajas sin abrir, tenemos todavía que seleccionar, hacer fichas,

Qué planean ¿para qué los libros?

Armaremos la mejor Biblioteca de Materiales, Libros, Revistas de la Izquierda Argentina, cuando estos guachos acaben de quemarlos y prohibirlos, nosotros, todos nosotros, les dejaremos nuestro legado a las generaciones futuras....

Entiendo, una especie de cuerpo antibomberos pro cultura,

No somos violentos, no portamos armas, sólo libros, ideas, concepciones del mundo...

Si. Si ya entendí, pero tener todos estos libros es como tener un arsenal de bombas, ametralladoras, granadas de mano ¿o no?

Estamos seguros aquí, los libros irán al subsuelo, los protegeremos y un día cuando todo esto haya pasado surgirá nuestra Biblioteca como un estandarte a la memoria....

El muchacho siguió hablando y hablando para sí, con los ojos encendidos, afuera todo era tan distinto, la gente asustada, los bares vacíos, falcon verdes buscando presas.

Algunos se olvidaron que estábamos ahí, que éramos de alguna manera contribuyentes solidarios de esa biblioteca futura, nos quedamos unos minutos parados, presenciando el saqueo, los vimos tirarse en cualquier rincón, perdidos entre las páginas de algún libro descubierto al azar. Y desandando el camino, salimos a la calle.

Hace muchos años que no se lo ve por aquí, le dice el hombre, lo estuve observando y enseguida lo reconocí, recordé a ese muchachito que se sentaba a conversar conmigo sobre historia y literatura argentina, ¿sigue gustándole la literatura?

Soy profesor de literatura, sí, y disculpe mi sorpresa, es que usted es la primer persona que me recuerda, estoy parando en el Don Bosco, mi colegio secundario, he paseado por el pueblo, pero está todo tan cambiado, aún no encontré un rostro amigo, sólo usted,

Es que tengo un mensaje para usted guardado desde hace años, ¿cuántos años pasaron, veinte? Una muchacha vino hacia aquí una tarde, me dejó un paquete, dijo que era para usted y lo describió, usted es Patricio Miranda, ¿verdad?

Sí, ¿y ella?

Eliana, me dijo, hermosa muchacha, pelo largo rojizo, ¿sabe lo que le pasó después no?

Sí, si, lo sé.

Bueno, unos días antes ella me dejó el paquete para usted, me dijo tarde o temprano volverá por aquí, déselo en mi nombre y se fue sonriendo. A los pocos días me entero....

Sí.sí lo sé....¿y el paquete?

Ah perdón, lo tengo en el subsuelo, acompáñeme.

Bajó las escaleras con el corazón saltándole en el pecho, apenas escuchaba la voz del hombre que le hablaba de los tesoros guardados en el subsuelo, sólo pensaba en ella y en el paquete, esa parte de ella, algo con cuerpo y volumen, algo tangible que le llegaba después de 20 años, sin importarle que fuera, tomaría el paquete y sin abrirlo se iría del lugar, lo apretaría contra su pecho durante el viaje, sentiría su energía, un calor entibiándole el alma, aunque no creyera en este concepto, él recuperará el alma, abandonada aquí hace veinte años, sí, su alma encerrada en este paquete no más grande que una caja de zapatos, envuelto en papel sepia y atado con un piolín, algo así como una lámpara de aladino de cartón.

Llegó a General Roca cuando el sol pintaba tintes rosados en el horizonte, caminó por la avenida, atravesó la plaza, el puente, llegó a su habitación, abrió cajones y puertas, vació todo en sus maletas, libros, ropa, papeles, ¿firmaría la renuncia o se iría sin avisar, como una fantasma?

Los álamos se sucedían en la ruta, agitaban sus delgadas copas, se balanceaban en un adiós, el tiró del piolín y empezó a desenvolver el paquete con una sonrisa.

Adriana Agrelo

lunes, marzo 24, 2008

Penélope


Y pintó su cuerpo con grises rojizos, apoyándose en el muro con los ojos cerrados. Sintió el leve roce de otros cuerpos que a esa hora se sucedían vertiginosos rumbo al trabajo. Sintió el rumor de los autos, el imperceptible cambio de las luces del semáforo rojo verde amarillo. El silencio del rojo, la expectativa del amarillo, el ensordecedor movimiento del verde. Esperaba ser descubierta. Su cuerpo desnudo debajo de esa capa de pintura palpitaba anhelante, confundiéndose con el muro. Quizá con un leve movimiento de su mano, la palma hacia arriba, su piel blanca sobre la superficie de la pared delataría su presencia. Sentía el frío y la humedad, la rugosidad del cemento y el ladrillo. Pensó que tal vez todo era demasiado perfecto, que esa mimesis la desapercibía de los ojos de cualquier transeúnte, aún el más avezado, el más sensible, el que ve más allá de la superficie de las cosas. Ese era el hombre que quería para sí, uno que fuera capaz de descubrirla entre la multitud. Volteó la palma y la depositó suavemente sobre el muro como una paloma temblorosa.

domingo, marzo 23, 2008

Cinta roja



A Elena que siempre alimenta mi imaginación con sus historias
y a Loly, la verdadera.

Escribir su nombre de puño y letra al pie de página era algo tan mágico para Loly, como ver el mar por primera vez. Esa sensación de su letra despatarrada y temblorosa sellando la libertad.
Ante sus ojos se desplegaban como un oleaje incesante, libros que encerraban historias maravillosas. Cadena de letras que narran la historia del mundo. Su propia historia. Mundos reales y posibles. Un rumor de palabras que al fin de cuentas atesoraba un libro, el sonido del viento dentro de un caracol o voces murmurando secretos.
Todo esto sentía Loly cuando escribió esa primera carta a sus veinte años. "Tía, he decidido irme de tu casa". Fue penoso el camino que recorrió antes de que su mano escribiera esa nota y la firmara. "No sé adonde iré, pero cualquier lugar será mejor que éste". Se imaginaba la cara de sorpresa de su tía, el único pariente que le quedaba y a la que hoy abandona sin remordimiento "Por fin seré libre, nada me llevo que no me pertenezca". La sorpresa de su tía no sería por la nota de despedida sino por esa escritura que se rebelaba como un puño.
Durante años le había negado la más mínima instrucción. Y Loly,
ignorante de esas marcas parejas y negras sobre el papel poco a poco las fue descifrando. Por las noches recortaba letras que ponía en cajas y escondía bajo la cama. Armaba sobre cartón las palabras.
¿Qué dice aquí tía? preguntaba ella cuando recién llegó a la casa.
No te importa, chinita curiosa.
Pero tía, ¿cuándo voy a ir a la escuela?
¿Y para qué querés llenar tu cabeza de palabras? Eso es para otra gente.
Y Loly callaba.
Otra gente era todo el mundo; los señores leyendo el periódico en los cafés; las señoras y sus revistas en la peluquería; aquel muchacho en el parque con su libro de poemas; el viejo detenido ante un afiche publicitario de Te Mazawate; una joven leyendo el prospecto de un medicamento en la farmacia de la esquina y el almacenero descifrando la lista de las compras que su tía le preparaba. Sus vecinas recitan obedientes las palabras del libro de lecturas de primer grado. Mimamámemima.
La escuela te hace escribir mentiras, decía enojada, los carteles de las calles mienten y mienten las revistas, los periódicos, los afiches, los prospectos y sobre todo mienten los libros de lectura. Mimamámemima. Qué cosa tan ridicula y mentirosa, parece que los labios se movieran como peces boqueando fuera del agua. Y Loly la repite despacito mi ma má me mi ma y siente que se ahoga, que el aire le falta antes de llegar a la última sílaba y que le duele un poco el corazón. Recordaba otras oraciones, "Mi perro se llama Paco". Nunca tuvo un perro propio. Sólo perros callejeros. Prefería las historias que empezaban con "Había una vez"
"Habia un avez truz"
"Había una vez un pez"
coreaban sus amigas entre risas, cuando ella les pedía que le leyeran la historia de “había una vez.”
Nada de animales pulgosos en esta casa - solía decir la tía - y nada de historias tontas de princesas y reinos, eso, es para otra gente.
Las frases de la tía siempre terminaban igual. Y Loly envidiaba la vida de esa “otra gente” devoradora de libros y de esos perros flacos, libres que no necesitaban leer ni escribir ni ser mimados ni nombrados. Y envidiaba los cuentos contados junto a la cama o cerca de las hornallas de la cocina en las noches de invierno, que invariablemente comenzaban con había una vez.
Todas estas cosas recuerda Loly camino a la estación. ligera de equipaje y con la promesa de miles de palabras que como migas de pan le marquen señales y caminos nuevos. Tiene los ojos hambrientos de noticias. Ahora nada la detendrá, piensa, cuando lee una placa de bronce en el muro de ladrillos "Biblioteca Municipal” y un cartel de papel pegado en la puerta “se necesita empleada".
Se siente tan feliz que comienza a contarse su propia historia, esa historia que necesita contarse para recuperar su infancia y todos los cuentos negados.
Había una vez una niña que no sabía leer ni escribir, pero sentía tanto amor por las palabras que sin saber cómo las fue aprendiendo poco a poco. Cada palabra nueva tenía un color y un sabor diferente y las iba enhebrando como perlas de un collar interminable. Las palabras fueron creciendo y contándole historias, y sabía que al final todos serían felices y colorín colorado comerían perdices.
Loly sonríe y abre la puerta con reverencia como quien entra a un templo y este cuento recién comienza, de dice para sí.
Esa chiquilla ingrata. De nada sirvió protegerla durante todos estos años. Ahora descubrirá las bajezas del mundo, tan lleno de mentiras y falsos sueños. Alimentará su loca cabeza con palabras. Ya hablar es una traición al espíritu. Sólo la oración nos eleva. Espero que recuerde los rezos que le enseñé. Porque el mundo no tiene piedad con un alma inocente y ella aún no lo sabe. No sabe lo que me costó evitar la tentación de contarle todos los cuentos que me contaron de chica. Pero los cuentos no nos hacen mejores, ni más fuertes, no señor, los cuentos nos muestran universos luminosos, enceguecedores, estimulan la locura, eso que otros llaman imaginación. Imaginación. Si sabré yo lo que es la imaginación. ¿Acaso no sufrí de excesos imaginativos desde joven? Lo malo no es la imaginación en sí misma sino sus nefastas consecuencias. Su canto de sirena. Sus fuegos artificiales.
Quizás debí mentirle, porque la verdad es cruel y sólo los fuertes la soportan, quizás debí cantarle canciones de cuna y hablarle del ángel de la guarda dulce compañía que no la abandonaría ni de noche ni de día y decirle que su madre no la abandonó e inventar una historia amable, inofensiva, en la que su madre fuera una heroína que lucha contra la pobreza y la tuberculosis y muere románticamente como La Dama de las Camelias, lejos y olvidada y la mira desde el cielo. Pero no, tuve que decirle que la abandonó, que no le interesaba en lo más mínimo, que corría como loca detrás del hombre que amaba y que éste hombre no era su padre. Quise contarle la verdad. Y no quise que aprendiera a leer para que no conociera la realidad del mundo y nunca recibiera cartas como las que yo he recibido y soportado durante años. Cartas de desamor, de reproche, de injustos reclamos. ¿Así que después de un año de abandono quiso recuperar a su hija? Ahora estoy en condiciones de mantenerla y darle una buena educación, por favor no me niegues ese derecho, tía. Así me dijo la impertinente mujer perdida. Pero yo fui ante la justicia y le gané. Tantos años protegiéndola para que no fuera como su madre. El arrepentimiento no sirve cuando el daño se ha cometido, sigue con tu vida y olvídate que tuviste una hija. Eso le dije. Y ella me escribió tantas cartas desesperadas, pero nunca se atrevió a volver. Cobarde. Por eso digo, las palabras no sirven. Una sola acción hubiera bastado. Si hubiera aparecido ante mi puerta y yo hubiera visto en sus ojos esa desesperación que prometían sus palabras. Luego me llegó esa esquela, breve y mal escrita por el hombre, donde me decía que ella se había muerto. Fin de la historia.
Por suerte Loly nunca lo supo. Recuerdo aquel día en que la sorprendí con las cartas de su madre desplegadas sobre el piso, las olía, las miraba como si supiera leerlas y tenía tal expresión de tristeza como si comprendiera. Me asusté, quise protegerla y ahí decidí. Nunca la enviaría a la escuela. Estaría a salvo del dolor y esa historia quedaría escondida ante sus ojos. Era mi secreto.
Y ella ahora me deja esta carta, quizás la primera que escribe, y se siente orgullosa, porque la ha escrito y porque por fin puede leer todo lo que se ponga ante sus ojos. Y ser feliz. Claro, la imagino feliz, libre, cargando esa miserable valija de cartón que de niña, cuando me la trajeron, arrastraba como una carga demasiado pesada.
Lo que ella no sabe es que todo acto de rebeldía termina develando crímenes, descorriendo el velo de lo maravilloso para mostrarnos el rostro del dolor, implacable y sin adornos. Y sólo lo sabrá cuando descubra en el fondo de su pequeña maleta, el paquetito de cartas atado prolijamente con una cinta roja.

Adriana Agrelo

Encuentro


¿Quién sos? me dijo la niña despeinada.
Soy vos o quizás lo fui.
Ella trepó al árbol con rapidez balanceando sus pequeños pies en el aire.
No puedo seguirte, me duele el cuerpo, le dije, pero ella ya no me escuchaba, pude percibir sus ojos soñadores inspeccionando hojas y nubes y cuando le crecieron esas alas tan azules brotando de pequeños muñones como flores y se abrieron mansas entre ramas, supe que ya no la volvería a ver.

Adriana Agrelo

Inventario II


esa costilla que te falta es mía
nadie más puede ocupar ese espacio
con tanta exactitud
y ese sueño que sueñas
y el suspiro
y la espalda de todas tus palabras
que me miran de frente
y el deseo de arrancarte la ropa
y arrullarte en mi piel
y la ausencia del lado de tu cama
y todos los silencios

esa costilla y su vacío
el suspiro la espalda
el deseo la piel
y sus silencios
y esa costilla que te falta
tan mía

Adriana Agrelo

Del tiempo y otras bifurcaciones

Un fondo de pantalla de bosque otoñal, con árboles que forman un sendero arqueado de ramas entrelazadas y una alfombra de hojas crujientes, un sendero solitario que te invita a caminar, pateando hojas como quien patea alguna pena, o lanza hacia afuera esa espina clavada en el alma, la lanza con fuerza desde la punta de su pie, la deja perderse entre ese mar de hojas amarillas y secas.

Se imaginó dentro de ese paisaje, vestida como la reina de copas, no le sentaba mal ese traje y entonces pensó en el tiempo como divertimento. Perder el tiempo, atraparlo, pasarlo por arriba como quien cruza un puente, gastarlo rápido apostándolo a un sólo número en la ruleta, tirarlo al agua como piedras e ir contando los círculos que dibuja en la superficie, contemplarlo como paisaje inalterable, como postal acuarelada. En busca del tiempo perdido, el tiempo es oro, la maquina del tiempo, ¿qué hacer con el tiempo que pasa? ¿dónde guardarlo? ¿en un cofre de tesoros? ¿convertirlo en monedas antiguas para contarlo a solas cuando tenemos tiempo que perder? El tiempo es un fugitivo que se escurre entre nuestros dedos. Es irrepetible, perderlo es casi una maldición, un desperdicio.

Una ventanita se abre en la esquina de la pantalla, entre el colchón de hojas amarillas y la cerca de madera anunciando un nuevo correo.

Pasar el tiempo, ser pasatiempo de, hay tan pocas cosas divertidas en este mundo, así que ser pasatiempo, algo siempre en movimiento, inatrapable, volátil, una aventura, compañera de ruta para esos momentos ajenos de toda responsabilidad, de toda atadura, compartir el placer de un juego, impartir tus propias reglas. Flotar en el aire, sin destino. Ser contemplada como paisaje. Ser árbol, bosque, una nube dibujando mil formas, un arroyo que siempre corre entre piedras, una puesta de sol.

jueves, enero 31, 2008

Variaciones


Es domingo y ella lee, porque siempre lee los domingos, hace el amor en la siesta de los sábados, cocina los viernes por la noche y colecciona frasquitos de perfume. El lunes se malhumora porque la sensación de orgasmo del sábado se le fue diluyendo entre las piernas borrando sus huellas al girar la cuerda del despertador y tomar el último sorbo de leche que bebe en las noches antes de cerrar los ojos y entregarse a Morfeo, limpia y despintada.
No creas que todo es tan rutinario, de vez en cuando cambia los muebles de lugar, porque sí, porque se le da la gana o el humor o el deseo de sentir que está en otra casa, o porque el cambio la ilusiona como si hubiera comprado algo nuevo y el paisaje cotidiano cambia. Otras veces hace trueque o da de baja ciertas costumbres por otras o por ninguna y queda un vacio para llenar con algo nunca hecho, ni visto ni tocado. Entonces se transforma o siente que ya no es la misma, pequeñas acciones como un corte de pelo, un rouge nuevo la hacen sentir más viva o le permiten enmascararse detrás de esa imagen que el espejo le devuelve alterada aunque sea sutil la percepción y sólo ella la descubra. Ha consumido veinte cigarrillos, diez más de los acostumbrados. Se amontonan grises y amarillos, colillas amarillas y grises cenizas que parecen un collage despatarrado, levemente atigrado. Quisiera ella tener la fiereza de un tigre y tomar por asalto esa carta cerrada que permanece desde esta mañana sobre la mesa escondiendo noticias. Presiente que son malas y demora su lectura. La vida y la muerte bordada en la boca, dice esa canción de Curro el palmo, y esa es la sensación, esa carta es una boca trémula dispuesta a gritarle un par de verdades, ella la amordaza temporalmente, pone una hilera de libros encima, pero igual persiste en mostrar sus puntas arrugadas, asomándose por los bordes, un sobre común con su nombre y la dirección del laboratorio, que la amenaza como el filo de un cuchillo. Su deseo es olvidarlo, perderlo entre las pilas de papeles de su escritorio y un buen día, cuando ella determine un nuevo cambio que venga a alterar el orden de su desorden, encontrarlo casualmente y abrirlo en un rasguido seco y decisivo. Ahora no. No es tiempo. Que el bordado se diluya en la boca, que se acalle. Los libros que forman una torre irregular seguirán albergando su mensaje secreto. Toma el primero de la pila, lo abre al azar y lee un poema, simplemente porque todavia es domingo y ella lee, porque siempre lee los domingos.

Adriana Agrelo

Del recuerdo de la lluvia


Dicen que la noche que me asomé al mundo llovía torrencialmente. Por el techo de la sala de parto se filtraba el agua que goteaba sobre la camilla, sobre el cuerpo de mi madre, sobre las bandejas metálicas, componiendo una sinfonía. Inconscientemente debí percibir ese ritmo (cualquiera diría "este chico será músico" pero elegí un oficio alternativo, la poesía). Y fui creciendo, con ciertos movimientos espásticos, oficialmente, secuela de una meningitis pero a mí me gustaba pensar que fue la lluvia.
Viví en el campo durante mi infancia, recuerdo que era muy delgado y que siempre llevaba piedras en los bolsillos, piedras pequeñas que chocaban entre sí y anticipaban mi llegada. No piedras para lanzar al agua y hacer sapito como todos los chicos, yo las juntaba y las dejaba allí, en el interior de esos bolsillos rasgados por el peso y por las noches los vaciaba amontonándolas en cajas de cartón. Ni siquiera las seleccionaba por color o tamaño, esas piedras eran sólo para mí un ruido familiar, un ritmo como el sonido de la lluvia.

Adriana Agrelo

De los nombres de la lluvia



Llueve una lluvia fina y persistente. Si tuviera que ponerle un nombre no tendría como llamarla. ¿Quién sabe los nombres verdaderos de la lluvia? Era como un adiós incesante o un llanto sin final. A pesar de la paradoja los adioses no tienen final. Una vez que se pronuncian son eco que no cesa. Nos rompen el corazón. Por eso esta lluvia fina y persistente podría llamarse "Farewell" suena suave y quedo, la describe y la asocia a esa eterna despedida. Para escapar de ella, de la lluvia y más aún de su nombre, debo andar de puntillas, si es posible levitar o emprender esos vuelos que sólo se dan en los sueños, detener los latidos un instante, dejar de respirar y con la punta de los dedos correrla como si fuera una cortina, abrir una pequeña grieta por donde filtrarme, disolverme y renacer.

Adriana Agrelo

Deseo


No es cuerpo
es hueco
vacío
así el deseo
intangible
siempre en fuga
y no soy si no
esa búsqueda
de tu hueco
en mi cuerpo
que el deseo
horada

Adriana Agrelo

Réquiem



Nunca se sabe como mueren los sueños. De golpe, de a poco, deshilachados. Y nos dejan vacíos, sin horizonte.
Autómatas a los que los hilos se le enredan y quedan suspendidos en el aire como marionetas grotescas.




Adriana Agrelo

jueves, enero 24, 2008

Otredad






Hablo de las mujeres que no fui
de los amores que no tuve
escribir para mí es un desconocimiento
penetrar una palabra
exprimir su jugo vital y beberme de a sorbos
allí me encuentro
es mi esencia la que grita en estos versos
aunque la historia no sea mía
ni los adioses ni los besos ni los amantes
construyo posibles realidades
donde otras me habitan y reclaman para sí
mi vida
y yo me dejo vivir
me dejo amar por ese hombre sin rostro
que aflora en el papel
su sangre es tinta negra
pero me enciende
siento nostalgia de lo que pudimos ser
ese hombre y yo
en esa otra vida que le invento.

Adriana Agrelo

miércoles, enero 23, 2008

Búsquedas




De tanto deshojar
orgasmos como flores
soy perpetuo otoño
me amarilleo
me desnudo en sepia
como una vieja foto

¿y si te encuentro amor
y si me acuerdo
del camino hacia vos
del deseo traslúcido
trazando una estela
brillante ?
en esa linea
baba de caracol
rastro de piedras
pequeñas migas de pan
señales de naufragio
tan sólo somos
un desacuerdo
un desarmor
un desencuentro

martes, diciembre 18, 2007

Detrás de la lluvia

I


Un gato gris hace malabarismos en la cornisa de la terraza y se detiene a lamerse la pata delantera, veo su figura recortada contra un cielo de nubes rosadas que anuncia buen tiempo, al menos eso decía mi abuela y nunca se equivocaba. Lástima, con lo que me gusta decirle a la gente “va a llover”, ver sus caras de decepción y amargarles el día, porque a casi nadie le gusta la lluvia en invierno, a mi tampoco pero ante la perspectiva de un día lluvioso, al menos disfruto dando malas noticias, de alguna manera me compensa.

Hay luz en la casa de la vecina y son apenas las seis. El gallo canta por primera vez, empieza a amanecer. Se me antoja cebarme unos mates pero no quiero abandonar la ventana. Ahí está, su sombra atraviesa el ventanal, camina de un lado al otro hasta que se detiene y me mira, no, voltea la cabeza en mi dirección como si me viera, casi me sorprende, tengo que tener la luz apagada, si seré tonta, no quiero que me descubra.

II

Tengo hambre o al menos ese hueco en el estómago que pide ser llenado. Seguramente encontraré algo en la heladera, huevos, jugo de naranja, pero no exprimido, claro, esos sobrecitos que se diluyen con agua y no saben a nada, pollo, restos de la cena y una caja de leche seguramente agria. Sí, huele a rancio. Un frasco de mermelada de fresas me seduce, voy a meter el dedo y hundirlo en esa superficie gelatinosa con pequeños trozos de fruta, como cuando era chica. Desde esa época conservo la costumbre de invadir la heladera en la madrugada. La heladera de mamá estaba repleta de frutas, verduras, jugos de verdad. Extraño esa opulencia. Debería ir al supermercado más seguido.

¿Qué se puede hacer cuando apenas empieza el día más que mirar por el ventanal y saborear un dulce de fresas lamiéndonos el dedo?

Veo al gato paseándose por el borde de la terraza, estoy segura que maulló porque me desperté sobresaltada. Arquea el lomo y adelanta las patas en ese gesto característico, desperezándose con la cola elevada apuntando al cielo. Ya amanece y dudo que vuelva a dormir. Cómo me gustaría atraparte gato, acariciarte el lomo y esa piel suave sobre mi piel, dicen que es lo más parecido a acariciar a un tigre.

La luz de la vecina por fin se apagó. Siempre me espía. Al principio me molestaba , ahora ya forma parte de mi rutina. Ser mirada por los ojos curiosos de esa mujer que seguramente, tan sola como yo, necesita confirmar que está viva persiguiendo otras vidas, otros gestos. A mí, sin embargo me bastan los movimientos sinuosos de un gato, el deseo de sentir su suavidad, el brillo de sus ojos. Voy a desperezarme, estirar el tronco, apoyar las manos en el suelo y dejar que mi columna se estire, luego despacio levantar vértebra por vértebra y girar la cabeza lentamente en un círculo completo dejando caer la barbilla sobre el pecho, sí, es relajante, casi felino. Esa mujer ¿me estará observando?

III

Parece que se está relajando, debe estar sin dormir desde hace tiempo, deprimida, seguramente con una ansiedad incontrolable, algunas veces se queda leyendo o abre la heladera y mira sin saber qué va a buscar, apuesto a que la tiene vacía. No creo que sea una buena ama de casa. Sólo la vi cocinar en raras ocasiones, cuando venia ese hombre a visitarla, ése que ya no viene. Ella no es la misma desde entonces. Sé que es profesora y no tenía muchas visitas, salvo ese hombre. Cuando venía era una fiesta, velas encendidas, sahumerios, flores en el jarrón sobre la mesa, ahora se han marchitado, las veo desde aquí y todavía no las tiró, seguramente se las regaló él. Pobre mujer. Si la observo no es por simple curiosidad, no, es que me preocupa, temo que vaya a cometer alguna tontería. Imagino su cuerpo balanceándose de la viga del techo, y yo sin poder hacer nada más que mirarla en ese vaivén, la silla caída sobre el piso, por eso tengo el teléfono a mano y los números necesarios, emergencias, policía, bomberos, porque son los bomberos los que descuelgan los cuerpos, ¿no? ¿O sólo se ocupan de rescatar gatos atrapados en los árboles o retirar perros atropellados y cosas así? Tendré que averiguarlo pronto, nunca se sabe. Si tuviera su teléfono la llamaría. Al menos para preguntarle cómo está, pero sonaría raro, porque apenas intercambiamos un par de saludos al cruzarnos por la calle, no nos han presentado, ni sabemos nuestros nombres, alguna vez nos vimos fugazmente por la ventana. Nunca en el supermercado. Ella es para mi “la profesora del cuarto piso”. Si viviéramos en un barrio, como en el que yo vivía antes, seguro que sabríamos nuestros nombres y hubiéramos intercambiado palabras pero en esta ciudad somos todos anónimos, seres solitarios, figuras que se espían de ventana a ventana, luces que se encienden y apagan. Desde que vivo en este minúsculo departamento sólo tengo esta ventana que me conecta con el mundo, sí, prefiero observar que mirar televisión, la realidad supera la ficción, dicen y entonces me entretengo de esta manera ¿qué tiene de malo? hasta puedo ser útil, salvar una vida, por ejemplo, la de esta mujer, yo no tengo la culpa que no use cortinas, que se exhiba frente a ese gran ventanal, ¿no?


IV


Un ritmo lento de música melosa comienza a sonar en mi cabeza y me bajo el pantalón, ahora la blusa, la desabrocho botón por botón y siento el impulso de girar levemente mis caderas como si fuera un gran cucharón revolviendo un caldero, me siento un tanto extraña, voluptuosa, desabrocho mi corpiño, un bretel, el otro y tomándolo con la punta de los dedos lo hago girar en el aire sobre mi cabeza y lo impulso hacia atrás. Deslizo la bombacha a lo largo de mis piernas y allí se queda junto al pantalón. Ahora estoy desnuda, ahora puede mirarme a su antojo, señora, este espectáculo es gratis, sólo para usted. Levanto los brazos y estiro la columna, sobre el reflejo del vidrio veo mi cuerpo, mi cintura destacándose contra la redondez de las caderas. Y me siento plena, el deseo es un animal salvaje que me habita y sube desde la punta de los pies hasta mi cabeza y agita mi respiración. Me acaricio los pechos y ya no pienso en usted, ni en nadie, sólo soy yo, frente al ventanal que me refleja y un sol que se va asomando en el horizonte, entre tintes rosados. Mi mano derecha desciende hasta mi pubis.


V


Esa descarada, no tiene derecho a dar ese espectáculo ante mis ojos, no puedo entenderlo, parecía tan seria, tan ensimismada siempre en sus libros, sus papeles, incluso sus plantas en el jardín de la terraza, envidiable, eso para mí era un índice de respetabilidad, buenas costumbres, sanas ocupaciones, la veo regarlo todas las tardes cuando viene de la escuela, como siempre digo, de qué sirve la educación si luego cometen estos actos deshonrosos ¿Y ella es profesora? No es más que una loca. Y no tiene derecho, estoy segura que sabía que la estaba observando y por eso me parece escandalosa su actitud. Desde que dejó de venir ese hombre los fines de semana, se la veía triste, paseándose como perdida por la casa y ahora esto ¿ por qué a mí? A mí, que jamás en la vida me he masturbado, ni siquiera acariciado mis partes íntimas, evitando las tentaciones de la carne, propia y ajena, no hay derecho, y ahora, ¿qué hago? ¿cómo puedo siquiera darle los buenos días después de esto? ¿Mirarla a los ojos? Ni siquiera este pasatiempo tonto de observarla a escondidas, me estará permitido.

Me meto en su vida, es verdad, me preocupo por ella como si fuera mi amiga, mi hermana, me obsesiono por su bienestar, porque la he visto feliz y ahora está derrotada. Nadie podría culparme, incluso si ella supiera mis intenciones, debería agradecerme, saludarme con mayor atención cuando nos cruzamos, dirigirme una mirada amistosa. Pero no, la gente no agradece, lo supe hace tiempo, y ella me lo confirma dedicándome ahora este acto obsceno, gratuito, y encima no puedo contárselo a nadie sin ponerme en evidencia, todos pensarán”¿por qué se quedó mirando hasta el final, señora?” Y yo, ¿qué digo? Ni siquiera lo sé. Debo confesar además, que por un momento, me sentí más viva ante ese cuerpo que se ofrece desnudo y de alguna forma también me desnuda ¿Qué digo? yo también estoy enloqueciendo. En el fondo no puedo negarme a mi misma que disfruto y eso me espanta.

VI

Y me acaricio en círculos lentos, demorados, hasta que comienzo a vibrar y mis dedos se aceleran, sé que estoy moviéndome a otro ritmo, que gimo y poco a poco un grito subirá a mi garganta, un grito que no puedo ni quiero contener, que estalla y me fragmenta, me deja de rodillas sobre el piso y me quiebra como si no tuviera voluntad y sólo obedeciera a esa necesidad de derramarme, perderme de mí, entonces se libera la angustia, el nudo se desata y lloro. Lloro como nunca antes, me cubro la cara y ya no puedo contener este dolor, debo parirlo, expulsarlo en un acto de soledad infinita, sin nombre que susurrar, sin ojos donde mirarse, sin otra piel, sin después.

No puedo creer que haya hecho esto. Exponerme a su mirada. Llorar desesperadamente. Como si entre ella y yo existiera un pacto secreto. Puse en escena mi desesperación como una actriz barata. Alguien me dijo una vez, lo recuerdo muy bien, que debemos estar agradecidos si alguien nos mira. Y es verdad. Esta mañana cuando me despertó el maullido, mi mente llena de pensamientos sombríos quiso tocar fondo y luego me asaltó este deseo de escandalizar como en un juego, eso me salvó. No debo arrepentirme. Creo que no sólo fue el deseo, ni siquiera el llanto, sino la certeza de que ella me miraba, que no era invisible para el mundo. Así me sentía. Invisible. Y esta mujer entrometida hizo que yo me volviera a encontrar, yo, que estaba perdida, pude sumergirme en mi misma, llegar hasta el final, destrabar la angustia y hacerla grito. Vaciarme.

VII

Y sin embargo, a pesar de todo me da pena, la veo llorar de rodillas, veo su cuerpo sacudirse por el llanto y sé lo que es llorar así, sin barreras, tratando de quitarnos todo el dolor de un golpe, sé lo que es estar sola y que nadie nos abrace y contenga. Lo supe cuando murió mi madre después de aquella larga enfermedad. Yo la cuidaba. Luego me quedó este vacío, la venta de la casa, la mudanza a este pequeño espacio que ahora habito. Ella por lo menos hasta hace poco tenía un hombre. Y parecían felices. Espié sus abrazos, hasta creí sentir el tintineo de las copas al chocar e imaginé ser yo esa mujer, la que brindaba, la que entraba al cuarto y cerraba la puerta, imaginé tantas cosas detrás de esa puerta, sí, no soy tan fría, aunque nunca me hayan amado de ese modo, una puede soñar, ¿no? Y pensar que yo envidiaba su vida, todos esos libros, su jardín, su hombre y sobre todo su detrás de la puerta.

Ahora desearía que lloviera, que lloviera hasta nunca acabar y una pesada cortina de agua cubriera el paisaje, me cegara, no me tuviera aquí inmóvil viendo a esta mujer desnuda y desesperada que ahora se levanta, recoge sus prendas del piso, me mira tristemente y agita su mano despidiéndose, como pidiéndome perdón. Entonces, antes de que gire y me dé la espalda enciendo la luz. Ella me ve y se queda sorprendida. Y yo tengo que regalarle este pequeño gesto solidario. Nos miramos largamente, como si un puente se hubiera tendido entre nosotras y apoyo mi mano contra el vidrio, quiero decirle aquí estoy, podés contar conmigo. Nos sonreímos y entonces viene la lluvia, una lluvia reparadora que irrumpe la mañana y se hace cada vez más espesa hasta que somos sólo dos sombras.


Adriana Agrelo

.

jueves, noviembre 08, 2007

Otras maneras



Y estás en mi sangre como un dulce vino
J.M.

Estas fantasías no tienen después
ni mañana
ni dónde puse mis llaves o mis anteojos
ni desayunos
tejen una historia mínima y clandestina
por los bordes de esa vida otra
que respiramos a diario
la verdadera
la que se construye de cara al día

Este tiempo no tiene relojes
transcurre en un mundo paralelo
sin paisajes
igual es nido, casa, abrigo
refugio donde mostrar pequeñas miserias
pasiones fluorescentes que estallan
fugaces como fuegos de artificio.

y sin velitas para dos
ni baños de espuma
embriagas mi sangre
dulce como un vino.

Adriana Agrelo

lunes, septiembre 17, 2007

Cuentos


Entrá a nuestra biblioteca

Tres poemas

Adriana Agrelo

domingo, septiembre 16, 2007

Letras de Karilú


AHORA

Ahora,
que mi teléfono selecciona llamadas,
que mi computadora no tiene teclado y
saturó el servidor con información,
te echo de menos.

Ahora,
que los conocidos me creen superwoman
y los amigos me piensan triste,
que leo para vivir y bebo para no matarme,
hojeo con ternura tus recuerdos.


Ahora,
que acudo sola a conciertos,
que no creo en dios y me llaman ángel;
que ando falta de liquidez y hierro,
quisiera contarte en mi vida.

Ahora,
que no irrumpes mis noches ni en mis sueños,
que vas por tu segunda o tercera vida,
crecerás escuchando tangos y que,

solo intuyo de ti que guardas cariño a los patos,
sé cuanto me diste.

Ahora,
que estoy cerca de alcanzar lo que ansio
que soy cofrade de ayer y priora del mañana;
que me respeto los lunes, escribo los jueves
y ya no lloro los domingos porque facturo emociones,
mataría porque hoy estuvieras aquí.

Joan Manuel Serrat cantando "Pare"

Cortázar x Cortázar


Me caigo y me levanto

De cronopios y famas

Continuidad de los parques

Nos sobran los motivos

Y sin embargo, Joaquín Sabina

De sobra sabes
que eres la primera
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera, por ti la vida entera.
Y sin embargo un rato cada día
ya ves
te engañaría con cualquiera
te cambiaría por cualquiera.
Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso
tú que tanto has besado tú
que me has enseñado
Sabes mejor que yo
que hasta los huesos
sólo calan los besos que no has dado
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una embajada
el pasillo de un tren de madrugada
Un laberinto sin luz, ni vino tinto
un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dando
y sin embargo cuando duermo sin ti
contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin mancharla tu hermosura.

No debería contarlo y sin embargo
cuando pido la llave de un hotel
y a medianoche encargo
un buen champán francés
y cena con velitas para dos
siempre es con otra, amor, nunca contigo
bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina
un teléfono ardiendo en la cabina
una palmera en el museo de cera
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y me envenenan los besos que voy dando
y sin embargo cuando duermo sin ti,
contigo sueño.
Y con todas si duermes a mi lado
y si te vas, me voy por los tejados
como un gato sin dueño,
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin mancharla tu hermosura.
Y cuando vuelves hay fiesta en la cocina
y baile sin orquesta
y ramos de rosas, con espinas
Pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes, al café del desayuno, vuelve la guerra fría
y al cielo de tu boca el purgatorio
y al dormitorio el pan de cada día.

Para escuchar el mp3

martes, septiembre 11, 2007

Homenaje (a mi padre)

salgo al camino

y sé que vos me diste libertad
para mirar el mundo
y esas ganas de beberme la vida
a sorbos
borbotones
con placer
trago amargo a veces
y seguir hasta el fondo
y encontrar la dulzura
sé que señalaste
un par de cosas prohibidas
no renunciar los sueños
trabajar duro
compartir
no sentirse ni más
ni menos que los otros
y no traicionarse
buscar lo mejor en cada cosa
y saber volar
cuando el viento nos roza
y es una invitación
irresistible

Adriana Agrelo

Y alguna vez me quedaré


alguna vez me quedaré hasta agotar recursos/recogeré del campo de batalla mis pertrechos de guerra/no es verdad que soldado
que huye/no, no lo es/hay que permanecer y plantar bandera/y si me voy no es cobardia/tan sólo ocultamiento de animal/que va a lamer sus cicatrices a otra parte/sólo dolor que no quiere exponerse a tu mirada/ o amor que se derrama en soledad/
y alguna vez me quedaré/a enfrentar el desprecio o el abrazo/
permanecer es pertenecer.

Adriana Agrelo




Cómo decir que esta mañana
amaneci sin vos
si es sólo sueño pensar
que al despertar
o que antes
en la vigilia
nuestros cuerpos

Adriana Agrelo

Epígrafe


Cuántas veces dijiste
cada cosa en su lugar
Ahora que no estás o estás
desdibujada
no sé dónde ponerte

Adriana Agrelo

Boceto II


Asomó los ojos por las rendijas de la persiana. Había luz en la casa de la vecina y eran apenas las seis. El gallo cantaba por primera vez, empezaba a amanecer.
No sabía si cebarse unos mates o seguir en su puesto de observación. Un gato gris hacía malavarismos en la estrecha cornisa de la terraza. Ahora se había detenido a lamerse la pata delantera, su figura se recortaba entre las primeras luces pálidas de un cielo que auguraba buen tiempo. Lamentó no poder decir "va a llover". Tenía una debilidad especial para pronosticar el mal tiempo. Lanzaba la frase y esperaba la reacción de la gente, disfrutaba de amargarles un poco la jornada. A casi nadie le gusta la lluvia y menos en invierno.
La sombra de la mujer cruzó por un momento el amplio ventanal, caminaba de un lado al otro con un libro en la mano, le pareció que se detenía y giraba la cabeza presintiendo su mirada, dio unos pasos atrás y apagó la luz ante el miedo a ser descubierta.

Boceto I


Cuando digo "armario" inmediatamente pienso en un espacio estrecho, en ropa colgada en un barral, cajas de zapatos o cajones O puertas corredizas.Un lugar que huele a naftalina o lavanda, en algunos casos un aroma que encierra ciertas humedades, sudores rancios, la estela de un perfume y bolsillos en donde se olvidaron pequeñas historias o secretos, un pañuelo arrugado, el boleto de un tren, monedas y con suerte, un billete de cierto valor o una carta de amor. No pienso por ejemplo que una persona puede vivir en él a lo sumo puedo imaginar un escondite de infancia o el castigo a una desobediencia, la oscuridad del encierro y un mundo inquietante de rumores del otro lado. Luces y oscuridades, pasos y puertas que se abren o cierran. Impensable que alguien pueda refugiarse allí para siempre. Por eso cuando ella desapareció una mañana a nadie se le ocurrió buscarla dentro del armario y la vida siguió su curso. La tía había desaparecido. Esa mujer solitaria, algo excéntrica y silenciosa se fue sin despedirse. Lo extraño era comprobar ciertas alteraciones en su cuarto, objetos que también se habían ido con ella y al mismo tiempo la sensación de que su presencia permanecía en los cajones semiabiertos, los peines, el cepillo de dientes aún con olor a menta.

Suelo sentarme al borde de las cornisas
no se impaciente ni se sobre salte
mi idea lejos de la caída
se acerca al vuelo.
Es salto hacia arriba
ni ángel ni pájaro
un Icaro en busca de luz.

Adriana Agrelo

Mitos


Aquí el ovillo /hilo bordeando misterios
punto de fuga /excusa en movimiento
el final del laberinto /la mirada que confirma
tu existencia /el sueño convertido en sal

Adriana Agrelo

En fuga


Se me fue la palabra
esa palabrita que quería regalarte
la que tenía asomada a mis labios.
Se cansó de esperar que la pronunciara.
Se diluyó en el aire
o montada en alguna brisa
escapó por la ventana.
Y me dejó el miedo
la cobardía de ciertos silencios
y su perfume.

Adriana Agrelo

lunes, septiembre 10, 2007

Sobre la escritura


Yo no soy la mujer que te escribe
estas líneas, apenas una
fantasía, un reir juntos, un
juego.
Soy alguien con quien podés
contar en las horas inciertas y
sé que si me esmero puedo tocarte
el alma. Sólo eso. No hay más
entre nosotros. Fronteras que
hemos traspasado para algo que
crecía sin destino. Sueños a
corto plazo, de vuelo bajo. La
realidad siempre nos derriba y es
bueno cuidarse de las caidas. Yo
no soy la mujer enamorada, aunque
te haya dedicado mis mejores
poemas de amor. Soy este cuerpo
que se ofrece y pone en escena un
deseo desnudo. Este cuerpo que a
veces se repliega y te niega.
Demasiada literatura, mundos
paralelos, las palabras no logran
expresar ninguna realidad.
Fabrican sentimientos como quien
pinta paisajes para embellecer el
camino. Nos dejan en estado de
ebriedad. Y las bebo como si
fuesen una poción mágica porque
sin magia nada vale la pena. Y
este texto que se cierra y vuelve
a abrirse como una respiración
entrecortada, que subvierte
finales porque quiere dejarse
fluir, quiere dejar caer su
última prenda y gozar, una vez
más.

Adriana Agrelo

CEMAV - Rincón Literario - Poema

CEMAV - Rincón Literario - Poema

domingo, septiembre 09, 2007

CEMAV - Rincón Literario - Poema

CEMAV - Rincón Literario - Poema

miércoles, septiembre 05, 2007

Audiovideoteca - Roberto Fontanarrosa Video

Audiovideoteca - Roberto Fontanarrosa Video

Audiovideoteca - Lectura para chicos - Julio Cortázar - Audio

Audiovideoteca - Lectura para chicos - Julio Cortázar - Audio

jueves, abril 05, 2007

Identidad I



Enredarte en mi piel
darte a beber
sus gemidos
no soy tu musa
sino tu canto de sirena

.........................................

Como mujer persisto
en la idea de ser cántaro
flor acuática
que despliega pétalos
bajo el dulce peso
de tu mirada

Adriana Agrelo


Carencia



Algo se agita
no es agua
ni viento
ni animal
sube como enredadera
espiral que gime
en la frontera de mi piel
irradia luz y me enciende
como silencio de ángel ausente
que no vi
que dejé pasar
soy apenas pluma de sus alas

Mi Cubierta Desnudez


Difusamente
reflejada
en la claridad
de mi espejo interior,
sin máscaras,
sin sonrisas,
sin lágrimas.
Cubierta de pies a cabeza
con mi propia desnudez,
tan amada,
tan añorada,
pero, tan lejana.

Pienso:

es un tanto difícil
mirar hacia adentro
y
no sentirse ajena.

Adriana G.

Para seguir leyendo...

La caza

Salí de casa muy temprano. Mi barrio apacible estaba desierto. Las calles largas, muy rectas, se perdían en una lejanía que la fantasía quería misteriosa, abstracta, pero que se sabía muy real yfrustrante: la perpendicular realidad de una avenida invisible.Ahora, la lejanía era gris-azulada, el color con el que las mañanas consiguen su emoción. Otón, delante de mí, tiraba de la cadena conpasión suicida. Jadeante, su respiración sonaba con las fragosidades del ahorcado. Yo sentía una condensación de todas las nostalgias, detodos lo instintos. Me sentía libre. Ansiaba el calor del aguardiente por mi esófago, una parte fundamental de la liturgia.
Las autopistas de circunvalación estaban dominicalmente vacías. Fue fácil, dominicalmente fácil, salir de la ciudad. Cuando estuve en la estrecha carretera entre las encinas, gemí de placer. El aliento maloliente de Otón me daba en el cogote. En la radio, un extraño programa religioso, relegado a esas horas del amanecer, presentaba a un obispo de provincias, que relataba su vida: su rancia juventud de joven ejemplar en los franquistas años sesenta, su vida de seminario, su primera parroquia, sus experiencias pastorales, con la asexuada voz del clero, con el humor desmañado de las gracias de sacristía, sus destinos de presbítero aventajado, el Vaticano, el papa, cardenales sagaces, secretarías importantes, monjitas ejemplares. Una vida de éxito, pensé, mientras, a la vista de la vieja venta, reducía la marcha, a la vez que daba el intermitente. Bajo los jamones colgados de las vigas, bebí de un trago una copa de aguardiente. El viejo ventero me miraba soñoliento, con cierta socarronería en la mirada.
"Póngame otra", la mano huesuda toma del estante la botella polvorienta, que vierte sobre la copa el chorro traslúcido. Yo me enciendo en una llamarada que enardece adormecidas potencias. Sigo a Otón dando traspiés con la torpeza del madrugón, de las dos copas de aguardiente, de la semana sobre asfalto. El ardor del licorme defiende del frío. Un fluido anaranjado se derrama por el cielo,tras las montañas. Otón corre demasiado, el muy cabrón, desobedece mis órdenes, jadeo, derrengado por mi mala forma, por la pendiente, por las piedras en que mis botas se atoran , resbalan, se tuercen.Consigo retenerlo, reprimo mi impulso de darle un buen cachete, "Quieto, quieto". También él se ha cansado, como denota la lengua desmesurada colgando entre sus colmillos. Necesitabadesfogarse, resarcirse de los cortos paseos cotidianos por el parque, su paso retenido por la cadena. Bien, vamos ahora, con calma. El aire es seco, frío: un vientecillo suave. Caminamos por la dehesa, entre matorrales de encinas incipientes esparcidas en círculo en torno a cada árbol adulto. La pendiente se hace cada vez más abrupta, iniciamos la ladera de un cerro. En un gran claro, Otón se agita, se produce en movimientos nerviosos, espasmódicos. Su hocico desciende a tierra oscilando a los lados en movimiento de zigzag, asciende a veces inspirando profundamente. En un momento se vuelve con brusquedad hacia un gran matorral, pero no tiene tiempo de hacer la muestra. Con estruendo brutal, una bandada de perdicesalza el vuelo, rompiendo el silencio con repentina sorpresa que el corazón acusa --un latido se atropella con otro en confusión agónica--: primero una vibración bronca, el batir de docenas de alas a inconcebible velocidad, después se espacian en silbidos como de juncos que surcan el aire en secos latigazos. Igualmente torpe, atropellado, desparramo los dos disparos, cuyo eco me devuelve la cadena de cerros, mientras la bandada asciende ladera arriba rozando los matorrales. Maldigo a Otón, me maldigo y cargo la escopeta. Apresuro el paso, subiendo la pendiente, precedido por Otón que, obstinado, no osa mirarme. Pese al frío, sudo a chorros, se empapa la camisa bajo la pelliza. Siento el latido desbocado en mi pecho,vagamente me preocupo --el fantasma de un infarto--. Remontamos el cerro mientras el sol lo hace por la otra vertiente y, antes de que lleguemos a la cumbre, ya nos acaricia con sus dedos amarillos, cegándonos cuando miramos hacia arriba, para medir la distancia que aún resta. Una veintena de metros más adelante se levantan cuatro o cinco pájaros de la bandada. Retengo a Otón y a mi propio nerviosismo: el bando está disperso. Se impone la calma. Subimos lentamente. Otón vuelve a angustiarse. Lo tranquilizo. Su corto rabo adquiere el ritmo característico de la atmósfera caliente, preñada de rastros recientes. Esa proximidad lo sume en la agonía. Apercibido, me angustio a mi vez, un júbilo infantil y salvaje me sube a la garganta. Ya en la cumbre de la loma, Otón sufre ostensiblemente. Camina semi- agachado, las patas flexionadas. Mima el suelo con su hocico, dedicando delicadas, minuciosas catas acada piedra, cada mata. Bordea una gran roca y lo pierdo de vista.Me apresuro a su encuentro. Tras la roca, está inmóvil. El raboenhiesto vibra casi imperceptiblemente. Su postura es evidentementeincómoda, inestable. Tiene el cuello torcido, su hocico dirigidohacia unas matas. Con el rabillo del ojo me mira, esperando miorden. Intento serenarme, quito el seguro a la escopeta, me preparo. Lo azuzo, "¡anda con ella! Otón se lanza hacia el matorral. De nuevo el zumbido poderoso inunda el aire, la mancha parda se alza del matorral . Me contengo y espero a que se descuelgue en vuelo rectilíneo por la ladera opuesta. La enfilo y disparo. La veo recogerse en el aire, replegar las alas. Como una pelota sigue ahora su vuelo inerte y cae al final de la ladera, en lo más hondo de la cañada. Otón desciende la ladera casi rodando y, al tiempo, otra perdiz surge del mismo matorral, y unos metros más bajo le disparo el otro cartucho. Un gozo primitivo me sacude cuando la veo caer junto a una encina.
A mitad de la ladera espero a Otón, que llega exhausto con la perdiz entre las fauces, mientras trato de no perder de vista el lugar donde ha caído la otra. Tengo que luchar levemente contra la fuerza de sus mandíbulas que, sólo un instante, se resisten a soltar la presa. Entonces me incorporo y levanto la perdiz, mientras giro a mi derecha para mostrársela a mi padre. Cuando hacía esto, él solía accionar desde lejos con aspavientos de admiración y aplauso, aunque una sorda envidia también le creciera en el estómago, lo que yo sabía y con cierta crueldad me complacía provocar. Éste es un buen macho viejo, duro y bravo, con toda una vida de avatares en la sierra. Mi padre lo hubiera apreciado. Por eso la soledad del monte me sorprende en plena ejecución de mi gesto absurdo y yo sé en un instante lo que por un instante había olvidado. En esta cacería no me acompaña mi padre, como hace cientos de cacerías que no lo hace.La soledad del monte es igual que la soledad de mi pecho, que la misma soledad de mis lágrimas. Siento una tristeza agria, un miedo elemental. Me arrodillo y abrazo a Otón. Lo estrecho con fuerza, con una fuerza desvalida. Siento en mi pecho su calor, el latido acelerado de su corazón. Él se deja hacer atónito, complacido, jadeando incesante junto a mi oreja.

Juan Raigón

viernes, marzo 16, 2007

A veces no se regresa


Allí estaba girando y proyectando luces en la habitación en penumbras. Sabía que si cerraba los ojos se internaría en un mundo calidoscópico y multicolor.
En un puño apretaba una lista de palabras. Palabras nuevas y mágicas. Debía susurrarlas como el soplo de una brisa suave frente al cilindro que estallaba en haces de luz y su voz sonaría con otras tonalidades. Era parte del rito. Repetir como un mantra las palabras hasta sentirse eclipsada por esa voz que ya no era la suya sino otra que rebotaba monocorde entre los huecos del cilindro y se corporizaba en figuras abstractas. Mi piel nunca te olvidará habría escrito en el papel. Pensó cuidadosamente las palabras y esas eran las indicadas. Mi piel nunca te olvidará.

(Volvamos atrás para entender por qué ella se encontraba ahora frente a esta insólita máquina y qué sucedería esa tarde en que decidió exponer sus deseos, abrir la puerta más secreta y que poblaran el aire con sus alas para sentir en la piel el leve roce.)

Todo comenzó durante un viaje, un pueblito de provincia, como todos los pueblos, calles con grandes avenidas, un boulevard de palmeras y de árboles inmensos que parecían manos elevadas hacia el cielo.
Algunos cafés y restaurantes en la calle principal alrededor de la plaza y una encantadora librería de viejos. Allí encontró el ejemplar de la Máquina de sueños, escrito por un surrealista en las primeras décadas del siglo pasado.

(Sin duda quien inventa esta historia, la que escribe tratando de descifrar los enigmas, no encuentra un recurso nuevo para relacionar a la protagonista con la máquina de los sueños, tema principal de este relato. Sabe que el viejo truco del libro encontrado en una librería misteriosa es harto conocido pero no puede vencer la tentación o no le importa ser original o simplemente el acento no está puesto en esos pequeños detalles. En realidad nuestra escritora está tan desorientada como su protagonista.Y mientras resuelve hacia donde la llevará la historia, decide hacer un descanso, un rodeo que le permita avanzar lentamente, y qué mejor que describir una situación con acento moroso. Veamos.)

Durante mucho tiempo recordaría esos árboles recortándose contra el paisaje. Quizás porque en esa geografía se sintió segura y protegida. Quizás por el encuentro con el libro. Nunca pensó que algo tan simple como la lectura de un viejo libro le transformara la vida para siempre.
Cuando lo compró, se sentó en un café frente a la plaza y enseguida se sintió atraída por la lectura. Pasaron horas, hasta que logró apartar los ojos de sus páginas y se dió cuenta que se encendían las primeras luces de las calles y que el cielo adquiría esa tonalidad rojiza cercana al anochecer. Este no era un libro de esos que se encuentran en una librería de viejos de un pueblo olvidado. Comenzó a imaginarse por cuántas manos había pasado y por cuantas ciudades, entonces descubrió que era una primera edición, impresa en Londres por la Editorial Sigil.
Se lleva un libro sorprendente, le dijo el librero, tenga cuidado. El hombre de aspecto extraño, con una voz ronca y de acento extranjero, parecía un personaje extraído de las novelas de Dickens.
¿Por qué? le preguntó.
Ya encontrará las respuestas, dijo y no pudo sacarle más información.

(La escritora miente, ella no tiene la menor idea en este punto del relato de cuál será el misterio y mucho menos las respuestas que encontrará la protagonista en ese viejo libro, pero claro, decide confundir al lector, tirarle un señuelo para que su interés no disminuya en las primeras páginas de la historia)

La máquina de sueños se refería esencialmente a ritos y procedimientos para su armado, con una fundamentación ideológica cercana al misticismo y a la magia. Luego se narraban diversos testimonios de gente que había logrado corporizar sus sueños en una búsqueda interior que iba al encuentro de sus más íntimos deseos.
Durante su estadía en el pueblo logró terminar el libro y guiada por un cuaderno de notas se sintió predispuesta a iniciar su primera experiencia en cuanto llegara a su casa.

(Esto es más o menos lo que sucedió antes de que ella construyera su máquina de sueños y estuviera por iniciar su primer experiencia. Ahora volvamos al principio.)

Mi piel nunca te olvidará mi piel nunca
te olvidará mi piel
nunca te olvidará
mipielnuncate
fue susurrando este mantra hasta que decidió, como indicara el libro, escribir una frase que solo ella comprendiera, eliminando las letras que se repetían. entonces surgió: Mipelnucatovdr que luego transformó en una palabra pronunciable
drovcatunpelmi.
Son pocos los que se animan a tocarse a sí mismos, decía el libro. Solo pronunciando el mantra con la mente en blanco, en estado de angustia, en pleno orgasmo, los deseos podrían accionar la máquina de sueños. Sólo estando desnudos ante sí mismos. En la penumbra alumbrada por una vela, con la máquina en el centro encendida y girando locamente. Junto a ella una foto con un paisaje marino, un muelle a lo lejos, una casa sobre la playa, todo bañado en la luz amarillenta del atardecer. Una melodía, un olor a lavandas. En un momento, su oración se hizo sólo música y sus ojos cerrados ante las luces fueron creando imágenes cada vez más nítidas hasta dibujar su rostro, el de él, tan cercano y real que podía tocarlo con las manos. Sus pies desnudos sobre la arena volviendo sobre sus huellas como intentando desandar un camino predestinado, la guiaron detrás de la suave ondulación de un médano. Allí la casa, el muelle, el ventanal. Se vió a sí misma abriendo las ventanas, internándose en la casa, saludándola detrás del vidrio como pez en la pecera, alcanzó a percibir el aroma de las lavandas que crecían al costado de la terraza ¿Y dónde estaba él? ¿Acaso no había construido la máquina para verlo aunque fuera una vez más, recordar su rostro, abrazarlo, volver a tenerlo? Recordó entonces la casa, no era sueño ni invento ese paisaje, alguna vez la había habitado. Sintió frío, allí detenida en la terraza viéndose del otro lado del vidrio, en el fondo de la habitación una sombra intentaba corporizarse, ella sentía que su memoria le iba dando vida, la reconstruía como una vieja foto en sepia, y el hombre despojado de esa bruma iba volviendo o parecía al menos vivo en su caminar pausado hacia ella. Se situó a sus espaldas, podía sentir el aliento tibio sobre su nuca, no quiso volverse por miedo a perderlo nuevamente, sabía que estaba dentro de un sueño y también sabía que todo sueño es un relámpago, un efímero segundo que puede quebrarse ante el menor movimiento. Ambos permanecieron inmóviles mirando tras el ventanal, ese mar infinito que se rompía en el borde del tiempo.

(La escritora no sabe si dar fin al hechizo y despertar a su protagonista o dejarla traspasar ese limite impreciso entre el sueño y la realidad. Sólo ve la habitación a oscuras iluminada por los haces de luz de una máquina inventada y a una pobre mujer enamorada de un fantasma que intenta revivir a cualquier precio, incluso el de su propia locura. Una frase final espera el momento justo, exactamente dos líneas más abajo. Es un recurso fácil piensa la que escribe, quizás el relato ya terminó y busco ese remate que me permita abandonar esta absurda historia de máquinas soñadoras. Siente el impulso de iluminar todo el maldito texto y deletearlo. Y también el temor de que el lector a esta altura dé la autorización para hacerlo y le diga: ¿No ha pensando dedicarse a otra cosa, señora? Los lectores son crueles e implacables y ella está abusando del recurso de infiltrarse en el relato, justificarse, hacer del dlscurso un pretexto banal. Ya es tarde, siente esa necesidad de abortar la historia, de concluirla sin más. La frase espera agazapada a pie de página. El lector tendrá que contentarse con ella, con este final ambiguo que no resuelve nada ni explica nada. Debe pensar a esta altura que no hay contrato de verosimilitud posible, que no hay respuestas misteriosas, ni historia, que el mar infinito seguirá rompiendo su oleaje en el borde del tiempo y no hay nada que hacer.)


Adriana Agrelo

Ciertas ciudades


En el centro hay una ventana ciega, puesta alli para conservar la simetría, pero a menudo sueño en esa habitación inexistente, detrás del cerrado postigo.
Anaís Nin

A veces los laberintos se construyen como las ciudades orientales. Buscando desorientar al enemigo, nos perdemos en ellos para protegernos. Hemos quemado el plano y siempre caminamos a la deriva pensando que algún día cruzaremos el mismo puente, veremos el mismo rostro agazapado detrás de aquella ventana, pisaremos las mismas calles empedradas y nos sentaremos en las plazas contemplando las fuentes, las estatuas, el enmarañado verdor de ciertos árboles. Y no es así, nunca volvemos a pasar por el mismo sitio en esa extraña ciudad acaracolada, misteriosa, indecifrable. Así es nuestro interior, así el amor.
Si te doy el hilo de mi ovillo me encontrarás en esta u otras ciudades similares, pero no te lo daré, porque el deseo debe contener una búsqueda inquietante, donde el azar nos confirma el destino.
Si me ves sobre ese puente o en otros puentes, si me perseguís por calles intrincadas y nos encontramos en un cruce, si dejo mis poemas olvidados en aquel banco de aquella plaza y llegan a tus manos y los leés, aunque mi cuerpo no te encuentre me habrás encontrado, o algo de mí, que no soy enteramente yo sino una de mis máscaras.
Y si camino perdida por las noches y veo una luz en un cuarto de hotel y allí tu cuerpo esperando el prodigio del encuentro y yo loba que olfateando tu rastro me tiendo a tu lado y asisto al rito de devorarte palmo a palmo, sé que luego me perderán las calles y ese puente se desvanecerá, porque los laberintos se rehacen continuamente una vez que creés conocer el camino. Ningún recorrido es gratuito y cada encuentro nos lleva a un desencuentro. No hay despedidas, adioses o pérdidas; dos almas se rozan, dos cuerpos estallan, y la memoria atesora instantes, pequeños fotogramas que juntos van armando la vida. Esa vida maravillosa que circula paralela a la vida ordinaria, como el intrincado plano de esas ciudades donde alguna vez sucederá la magia.

Adriana Agrelo

Lejana


En la otra orilla
hay señales de humo
estremecimientos
palabras como peces
mensajes olvidados
y el mar
anzuelos que no alcanzan
balsas que no llegan
islas desiertas
donde el deseo plantó bandera
y esto que hoy sentimos
no tiene nombre
ni espacio
ni destino.

Adriana Agrelo

Restos


A Elena Jaime


Ella junta los restos
selecciona y envuelve
amorosamente
la basura
las migajas
del antiguo festín
y llora
no porque le impresione
la mano que revuelve
la pequeña mano
que se ensucia
las miles de manos
que poblando las calles
van acallando el hambre
con las sobras
ni siquiera llora por el hambre
sino por descubrirse en ese gesto
instalado en la rutina
tan natural tan sin salida
y llora mientras baja las bolsas
y las cuelga en el poste telefónico
allí donde alguien clavó un clavo
por si los perros
y llora por la mano que vendrá
por la impotencia
llora

Adriana Agrelo

Sin respuesta





Me quema en los labios
una pregunta
por la abertura de mi boca
espía y puja
por salir
amasada con harina
de otro costal
recién horneada
crujiente
hambrienta
un signo de interrogación
cuelga
de mi sonrisa
y no se cierra
no tengo libreto
ni as en la manga
ni contraflor al resto
la soltaré como quien
deja escapar un suspiro
como la lengua
humedece los labios
furtivamente
sedienta
la pregunta




Adriana Agrelo

viernes, diciembre 29, 2006

Divagaciones acerca del deseo






y nunca el deseo arrojó el ancla


de modo que me vi obligada a navegar

Cristina Peri Rossi


I


Cosa rara es el deseo que se extiende a todo lo que tocás, a todo lo que mirás.
No sos vos solamente, sino tu paisaje, tu lengua, tu geografía, el origen de tu nombre, tu árbol genealógico, tu signo astral. Las calles por donde caminamos y por donde no.
Aquel bar, aquella mesa que nos sorprende juntos en el clic de la cámara. La taza en la que bebés cada mañana. Tus gestos. Tu risa. La forma en que sostenés el cigarrillo entre los labios. El color de tu pijama. Una palabra que me decís y me envuelve como un abrazo prolongado. Esa necesidad de conocer lo deseado y a la vez saber que está hecho sólo de sensaciones, pensamientos, imágenes que se desvanecen y se escurren por la piel. Y aún así, a la deriva, sin horizonte posible, sin costa a la vista, en medio de la nada querer lanzar el ancla y permanecer un instante.

II

…sostuve el cielo con las manos
con los sueños con el pensamiento.
Una oración
una pequeña súplica
una demanda:
que las aguas no se detuvieran
hasta tu llegada
para flotar contigo en el diluvio

C.P.Rossi

Y sin embargo, no llueve ni lloverá esta mañana. Seguramente el deseo se insolará o se pondrá pegajoso, por la humedad de este sur de buenos aires. Reptará, desprendiéndose de mi cuerpo, bajará lento las escaleras hasta el patio y agazapado buscará como un cíclope a nadie. Rectifico, ese sería un triste final para el deseo, mejor transformarlo en un felino, de pelaje lustroso, de sinuosas formas y hacerlo maullar despertando a los pájaros que duermen entre las ramas y trepar a los techos calientes del estío, dejarlo libre, sin destino. También podría ser un perro fiel enredado entre mis piernas, dejándose acariciar panza arriba mientras mueve la cola, alegremente. Pero esta opción sería la menos probable, el deseo no se deja sujetar, no es fiel, no se entrega con facilidad. El deseo es un tren que nunca llega a tiempo, que me tiene atrapada en la estación.

III


Tú querías que el placer fuera una casa
y vivir eternamente en su morada.
Pero el placer era un cuarto de alquiler.

C.P.Rossi


placer3. (Del cat. placel, de plaza). m. Banco de arena o piedra en el fondo del mar, llano y de bastante extensión. 2. Arenal donde la corriente de las aguas depositó partículas de oro.


¿Placer? ¿Deseo? Primero el deseo que es la búsqueda del placer ¿Sin placer no hay deseo? El deseo es un mar embravecido que oculta una piedra en su fondo, un banco de arena, pequeñas partículas de oro. El deseo contiene y envuelve al placer como la ostra a la perla.


Mi deseo persigue el gozo, si te deseo debo gozarte.
Me agota perseguir este deseo que siempre dobla en la esquina equivocada y me deja perdida, en un cruce de calles. No serás mi morada, mi residencia en la tierra, mi hogar. Estarás a la intemperie, como esos perros vagabundos que duermen en cualquier umbral y te alimentarás de las sobras. Pero el placer será la libertad de poder atrapar tu propio sustento, de no tener domicilio fijo, ni dirección postal, de aparecerte de pronto en un cuarto de alquiler, tender sábanas blancas, abrir la ventana de una ciudad desconocida y beberte las luces, los sonidos, las estrellas reunidas en constelaciones que desconocés. Y luego partir, cuando las corrientes marinas disuelvan el arenal y las partículas de oro desaparezcan o se tornen piedras ordinarias, sin brillo.

Adriana Agrelo

martes, diciembre 12, 2006

Diálogo amoroso



estoy aquí
detrás de los espejos
del otro lado de la puerta
(sólo tienes que dejarme entrar)
asomada a cada ventana
de tu casa
(soy tu paisaje)
empañando con el vaho
de mi aliento
el cristal
de tu copa de vino
te degusto te saboreo
(despacito)
¿asi?
sí, me encanta esta sensación
¿te gusta?
me desvanece desmaya desmorona
¿y esto?
también me gusta
ahora te toca a vos
invade cada espacio de mi cuerpo
derriba muros
atraviesa el puente levadizo
y quitate poco a poco
tu armadura
se siente suave tu piel
¿sigo?
sí, sí, no te detengas
y danzaré para vos
desnuda
aullaré como loba
hasta que la luna
entregue al día
su último rayo
verteré incienso sobre las teas
encenderé tus pasos
hasta mi lecho
y toda la noche
deshojaré tus sueños
pétalo a pétalo

Adriana Agrelo

Y esa red


Y esa red
que tejemos con palabras
imágenes
vivencias
la que proteje
antes de cada salto
cada pirueta.

Somos trapecistas
y cada nudo de esa red
el salto y el deseo de saltar
el trampolín y el vértigo
el aire
la energía que impulsa nuestros vaivenes
y el vuelo
y la caída.

Adriana

La taza


Como esa japonesa invisible en el fondo de la taza de té, así me siento esta mañana. Se me aparece su imagen, al final del brebaje a contraluz, sonriente pero secreta. Así es la felicidad, pienso. Nos toma por asalto en un instante y es tan efímera como el olor a miel de este té y tan frágil como la porcelana y tan sorpresiva como el rostro de esta mujer japonesa, con su flor oriental adornando su pelo. Y es luminosa, sí, necesita de la luz para revelarse ante nuestros ojos. Nos asecha desde la oscuridad, sólo se hace visible si es atravesada por la luz. Entonces sonríe y gentilmente nos muestra su serena belleza.
Sostengo mi taza con las dos manos y llevo su fino borde a mi boca. Esta es la última taza que me queda, la heredé de mi madre y ella de su abuela y mi abuela de una tía rica que quién sabe de quién la heredó y allí se termina el árbol genealógico. Imagino a un hombre bebiendo en esta taza, descubriendo el rostro sonriente, enamorándose de esa mujer que se le entrega con los labios apenas entreabiertos tan cerca de los suyos. Una mujer que huele a flores de té y a jazmines. Cercana y a la vez inalcanzable, visible y oculta. Así es el amor, pensará el hombre y volverá a llenar la taza y a beber hasta el fondo por el sólo placer de mirarla un insante más, iluminada por el sol.
Ahora es una niña la que sostiene la taza entre sus manos, lo hace con cuidado, advertida de su fragilidad. Y bebé de a sorbitos la bebida dulce y caliente, con disfrute, y cuando inclina la taza para atrapar la última gota, la sorprende su imagen. Asi es la magia, piensa la niña. Una princesa que por encantamiento se encuentra atrapada en una taza de porcelana china.

Adriana Agrelo

sábado, septiembre 02, 2006

Cartas desde el exilio


Cuelgo esta carta de mi blog, como una manera de compartir el amor, lo que damos y lo que recibimos quizás sin merecer pero que nos toca el alma tan intensamente que el día más oscuro no puede dejarnos sin luz. La cuelgo como un regalo, una promesa, una bendición. Y brindo por todos los amigos que estando tan lejos están tan cerca.

Querida Cacho:

Estoy tan contento de haber oído tu voz el otro día por teléfono. Estoy tan contento de tenerte en mi mente como en mi corazón. Estoy tan contento de que me mantengas agarrado de la baranda de la realidad gracias a tu gran corazón y a tu enorme alma, que me parece ridículo cualquier intento de hacerte más gráfico este agradecimiento. La única manera es prometerte que voy a guardar, por ejemplo, ese atardecer en el museo cerca del río bajo árboles que se iban deshojando a través de los rayos del sol, como una de mis más preciados tesoros. La más valiosa de mis propiedades. Y así con muchos otros momentos, calles de sol en Corrientes y Callao, mesas de madera lustrada tras los ventanales del café Opera. Bife de chorizo, comido a solas, con ensalada, mirando la gente buscar revistas en el quiosco, en la cervecería antigua, ahora restaurante a casi media cuadra de tu antigua casa, por la misma mano, en Pueyrredón, casi Santa Fe. Es tarde, me estoy cayendo de sueño, pero debo decirte esto. Debo decirte que esos son mis tesoros y que vos sos la parte más importante, la punta de un enorme iceberg que me mantiene conectado a Buenos Aires, bajo tu comando, en las aguas azules y frías bajo tus pies, el gigantesco glaciar de las calles de la ciudad y la parte Sur, se entrelazan como laberintos ya descifrados, manteniéndome tan lúcido, como dentro de la fantasía que es, en sí, mi querida Buenos Aires. Que es lo mismo que decir mi querida Adriana, que es lo mismo que encontrar aún en el título de un libro, esa "Adriana Buenos Aires" que alguien escribió robándote el espíritu, pero no el alma ni el pelo al viento en la foto frente a la plaza del congreso, ni tu sonrisa con dientes blancos bajo el sol despiadado del verano en la ciudad, ni tu enorme, inalcanzable, infinita fuerza para denunciar al mundo, que el único amor que puede salvarlo es al amor, simple y sencillo, como una de tus francas risas o como uno de tus brillo de ojos, imposible de ser imitados.

Gracias entonces, mi querida Cachorra, por permitirle a mis manos, que acaricien este teclado como si estuvieran acariciando tus manos tan queridas amigas manos, sientiéndote tan profunda y tan pueril, como la vida misma, que en su afán de parecernos seria, solo nos hace sonreír dulcemente al ver sus vanos esfuerzos de asustarnos el alma.
Con todo mi cariño, para vos,
José Antonio

El club de las tetas grandes



I

Somos cuatro. Cada jueves nos reunimos en el Café de la medialuna. El nombre no deriva de la confitura, no, no creas que es la medialuna del famoso café con leche, esa que cuando vas a la panadería la vendedora te pregunta ¿de grasa o de manteca? y vos no sabés qué contestar, cuál saborear primero. No, esta es una media-luna más romántica, la que aparece en el cielo dibujando una sonrisa finita y muchos la llaman luna árabe. Generalmente viene acompañada de una pequeña estrella en la punta. Y una piensa en el desierto o en los palacios de cúpulas redondeadas e invariablemente en Scherazade y sus noches de mil y un cuentos. Bueno, aquí nos reunimos, vamos llegando de a una o de a dos con idéntica sonrisa estampada en nuestra cara. Aunque es una forma de decir, porque por ejemplo Claudia, acaba de injertarse colágeno en los labios y le lucen morcillosos, fruncidos y expectantes para el beso. Pero la idea no es criticar estos detalles, si Claudia se hizo la boca, Celeste se agrandó las tetas, Marián
se levantó las nalgas caídas o yo me estiré un poquito las mejillas hacia arriba, sino
decir que nos reunimos todos los jueves en el café de la medialuna cuatro amigas. Nosotras bromeamos diciendo que el nuestro es "el club de las tetas grandes", sabiendo ya que en el caso de Celeste es una impostura, ¿no?. También nuestra frase preferida, y que nos hace dignas socias del mencionado club es decir: Que nadie se cuelgue de nuestras tetas, Celeste mediante. Es inevitable dirigir nuestras miradas hacia ella cuando decimos esta frase, no se ofende, al contrario, se siente orgullosa de su nueva adquisición y las muestra con descaro. Sí, se levanta la blusa o la remera o lo que tenga puesto y allí están, redondas, siemprefrescas e imperturbables al paso del tiempo. Nos miran desde sus pezones de 20 años recienestrenados y abiertos al mundo y seguro que todas pensamos en Celeste con sesenta años y sus tetas de veinte, celeste a sus setenta y sus tetas de veinte, Celeste ya muerta y tendida en el ataúd y sus frescas y siemprevivas tetas de veinte. Alguien las recogerá del polvo intactas y siempre lozanas. Casi un cuadro surrealista, el polvo, unos cuantos huesitos y ellas afirmando que la muerte no existe, como en los poemas de Walt Whitman. Y aquí estamos es jueves y miro por la ventana, faltan escasos cinco minutos para las seis de la tarde, saco mi celular de la cartera por si a alguna se le ocurre mandarme un mensajito de último momento anulando la cita, aunque nos hemos prometido no faltar por ninguna razón, salvo en casos de catástrofe personal y estipulando qué entendemos por catástrofe personal. Que H. descubra que existe J. Que pesquemos a J. con X y decidamos hacer un escándalo allí donde esté (como si H. no existiera) o al revés que veamos a H. con una espléndida señorita veinte años menor y con auténticas tetas de veinte y que actuemos como si J. no existiera. En fin. Variantes del estilo. La peor, la más humillante pesadilla sería pescar a H. con J. Al menos para nosotras que estamos allí, en el límite del medio siglo y que la palabra bisexual es ancha y ajena.
La primera en llegar es Claudia, la veo desde la esquina con paso titubeante, algo le pasa, lleva unas sandalias rojas de taco fino, trastabilla, los pies se mueven de izquierda a derecha como buscando equilibrio, el derecho se tuerce, se le parte el taco, comienza a caminar sólo con la sandalia izquierda pero se siente ridícula, desacompasada y entonces en un delicado gesto levanta el pie hacia atrás doblando graciosamente la pierna, como cuando en las películas la protagonista se prepara para el beso y se pone en puntas de pié, señal indiscutible de que ya está besando al señor de los pantalones que invariablemente es muy alto, así la veo. Ahora se sacó la otra sandalia y sigue caminando hacia el café, descalza, con los zapatos y el taco roto entre las manos. ¿Dónde en este barrio habrá un zapatero remendón? me dice. ¿buenas tardes? le contestó. Sí, buenas tardes, lo único que me faltaba en este día, acabo de romper con P. cuando vengan las chicas les cuento. Por las dudas saco de mi cartera la caja de papel tisú, la usamos siempre, por una cosa o la otra, o porque nos reímos hasta llorar o porque lloramos a moco tendido. En caso de olvido, la camarera que ya nos conoce, nos trae esas servilletas de papel que vienen en un aparatejo de acero inoxidable rectangular. Me preparo mentalmente para la gran parrafada que nos dará Claudia cuando comience su trágica historia con P., que no es la primera vez que rompe con P., ¿sabés? Ya casi es un lugar común. Romper con P. cada tres o cuatro jueves, llorar, maldecir, prometer que nunca más y luego volver radiante, renovada y feliz y cuando una piensa qué suerte se lo sacó de la cabeza conoció a X Y o Z, resulta que la felicidad que le ilumina la cara y le hace fruncir sus labios generosos al borde del beso, es que P. volvió a su vida. Y así estamos el resto, amandodiando a P. por los siglos de los siglos. Pedimos un café y un submarino. El invariable chocolate para Claudia que siempre necesita calmar el mal de amores con esa dulce golosina. Ya la veo sumergiendo la barrita en la leche y haciéndola desaparecer en su reciente bocaza.
No es que me vuelva obsesiva pero su boca me salta a los ojos parece esos payasos que salen de la caja al destaparla, inevitable dirigir hacia allí la mirada. Su boca la precede y las palabras que brotan de ella pasan a segundo plano, demasiado pequeñas e insignificantes se cuelgan de sus enormes labios, hacen piruetas, desaparecen como tragadas por una ballena. Trato de disimular y desvío la mirada hacia la calle, buscando a Celeste o a Maríán mientras sorbo de a poquito mi café. . Y allí aparecen las dos por la puerta lateral cargadas de bolsas. Las miro con cierta envidia porque hace rato que no puedo realizar esas placenteras excursiones a las tiendas. Vienen con la sonrisa finita y bien estirada y se desploman en sendas sillas.
Bueno, ¿comenzamos?. Claro, dice Marián radiante, dos cafecitos para Celeste y para mí, y hace el gesto característico del pulgar y el índice en paralelo y la V. de la victoria para indicar la cantidad. Ah, ese gesto me trae tantos recuerdos setentistas, pero claro, no viene al caso aburrirte con mis experiencias de joven militante, ¿no? Te cuento como se desarrollan nuestras reuniones, que creo que es lo que te interesa, ya que querés formar parte del club. ¿Otro café?
Marián comienza a desembolsar objetos, telas y demás de las bolsas que traen las dos, ahí me doy cuenta que no es la consabida renovación de vestuario sino una nueva mudanza y quiero morir. ¿Por qué? Ah, claro, tendrías que conocer las tácticas y estrategias de Marián, su manual de instrucciones cómo cambiar de pareja constantemente y no morir en el intento. La que muere soy yo. Esta reunión va a ser movida, Claudia con su letanía y quizás una caja de papel tisú completa para secar su drama y Marián contando una nueva aventura, porque cada mudanza supone como la palabra lo indica un desplazamiento, un cambio, y si de ella se trata se traduce a nueva pareja. Verás. ¿Cómo estás? le pregunto, ah, bueno, ¿comienzo yo? Hace un paneo general, Celeste está entretenida comiendo todas las galletitas que acompañan nuestras bebidas, la mayoría estamos a dieta rigurosa, menos ella que mantiene su silueta contra la que no pudieron ni partos ni menopausias y Claudia que la suspende cuando rompe con P y se dedica a su vicio preferido, el chocolate. Sí, claro, como quieras, digo, viendo de reojo y con cierta alarma las telas multicolores de las cortinas, los manteles, el juego de sábanas de seda. Siempre me pregunto de dónde saca Marián tanta energía para llevar a cabo cada seis meses, un año como mucho, tantas mudanzas. El cambio de hombres pasa a segundo plano en ella, yo creo que lo que más disfruta es el armado de casas, una diseñadora nata, nunca debería haber estudiado bioquímica, y entonces pienso, qué importante es descubrir nuestra verdadera vocación. Si ella hubiera percibido esto a tiempo, ahora tendría un solo marido y se dedicaría a diseñar las casas de los otros. Estoy convencida. Bueno, sigo.
Marían comienza con su historia, es divino, un poco más joven chicas, como siempre, ustedes saben que los viejos me aburren, necesito alguien más fresco, con menos prejuicios y más energía, claro. Es artista plástico, lo que es una ventaja, por lo bohemio, creativo, disponible porque no tiene horarios para trabajar, no usa saco y corbata, lleva siempre un batín de bambula con cuello mao que le queda tan sensual y que es fácil de sacar, a este punto de la narración todas sonreímos e imaginamos a Marián haciéndolo en la alfombra, en la bañera, en la mesa de la cocina en las más diversas posturas y al final, en el momento del cigarrillo compartido con el famoso batín puesto, como quien luce su trofeo de guerra o como las mujeres que se ponen sobre el cuerpo desnudo la camisa de su amante, en las películas, claro. Nuestro imaginario es un poco convencional, de película barata, pero nos divierte ver a Marián en esas circunstancias, sabemos que luego el amante sin nombre, no vale la pena asignarle uno, pasará a segundo plano en los siguientes minutos de la narración, para que comencemos a opinar sobre la nueva casa, con sus cortinas, manteles, muebles reciclados, adornos y las infaltables sábanas de seda. Y entonces la Marián de batín se volverá a vestir de diseñadora profesional y nos indicará donde colocará las cortinas de qué color pintará las paredes y los muebles y a qué albañiles contratará para tirar paredes porque esta vez quiero un loft, luminoso y amplio, casi minimalista para que él pueda dedicarse a pintar en ese gran estudio decorado por ella y en el que vivirán de ahora en más. En una semana tengo todo listo, dice con sonrisa triunfal. ¿Cómo están ustedes? Y es allí donde comienzan los sollozos de Claudia, prestamente le acerco los papeles tisú y le explico al resto, se le rompió el taco de una de las sandalias rojas. No, no es sólo eso, protesta, rompí con P. Y allí nos miramos como deberían mirarse los tres mosqueteros ante un desvalido o una dama en apuros y comenzamos a cubrirla con las siguientes frases: Vos sabés Claudita que todo enojo con P. es pasajero, siempre discuten por las mismas cosas y luego viene la reconciliación, no seas tontina, si a ustedes lo que les gusta es reconciliarse ¿o no? Recordá la última vez, se fueron de viaje un fin de semana y volvieron como nuevos, así que no te preocupes. Esta vez es distinto chicas, yo quiero llevarlo a terapia y él no quiere, dice que yo todo lo soluciono con un diván y que él jamás dará ese paso, y que por otra parte no tiene nada que modificar, que a mí me encanta retorcer las cosas, buscar la quinta pata y analizar todo y que ya no es felíz. Las otras veces, fui yo quien se fue dando un portazo, ahora me ganó de mano y eso no lo puedo soportar. Allí decidimos, para consolarla, hablar sobre lo desconsiderado y mala persona que era P. y que era inadmisible el perdón, que cómo se atrevía a dejarla plantada y pegar el portazo final, que se empieza por un portazo y luego te ponen el ojo morado y que era mejor que ahora se diera cuenta que él se comportaba como un golpeador encubierto, qué habría que ver qué cosas sucedieron en su infancia para que P. desatara su ira en forma incontrolada y que tendría que realizar la denuncia en la comisaría correspondiente para evitar males mayores. Y Claudia quedó tan sorprendida y asustada con las implicancias de su historia que la sesión de llanto se calmó instantáneamente y la charla culminó en un ¿les parece? A lo que todas asentimos, serias. Es que ya habíamos encontrado la receta para tranquilizar a Claudia y hacerla reflexionar, según el caso esgrimíamos el plan A que consistía en el siguiente objetivo: ABAJO P. y si no el plan B: AGUANTE P. Tengo que encontrar un zapatero urgente, dijo, secándose las últimas lágrimas y explorando la calle de esquina a esquina.


Bueno, Celeste es tu turno, ¿alguna novedad? Celeste estiró su suéter para acomodarse el corpiño de ciento treinta centímetros de contorno y nos miró seguramente desde sus redondos pezones veinteañeros. Mi único drama es descubrir que aún sigo enamorada de R. mi ex, lo vi el otro día y sé que se quedó frío mirándome los pechos, claro, cuando me dejó yo tenía ochenta y cinco centímetros de contorno y él encima me dijo que se iba porque no soportaba ver mis tetas caídas, flaquitas y arrugadas como trozos de carne seca, ante el inminente llanto de Celeste le voy acercando tímidamente la caja de papel tisú que a esta altura está por la mitad. Camarera un servilletero por favor, pido. Esta historia la cuenta siempre que está deprimida o que se encuentra casualmente con R. Todas comentamos que R. es un bicho asqueroso y cruel y que si ahora le gustan sus nuevas tetas que se joda, después de todo su desprecio te impulsó a la operación, que bien cara te salió, debería habértela pagado el muy atorrante. Si, ya sé pero lo que odio es que ahora me vea y se babee, con mi nueva imagen, digamos, para no ser repetitivas, porque tantos sinónimos de tetas no hay, ¿no? Bueno, seguro que ellos se han inventado una larga lista, si, chicas hemos oído de todo en medio siglo. Les aclaro, continuó Celeste que ya me preguntó mis horarios y los anotó en su agenda y por supuesto mi celular y mi nueva dirección. ¿Y se los diste? Si, por eso lloro, por ser tan idiota y dejarme seducir por ese energúmeno obsesivo lametetas. Me encantaría que le explotaran en la cara, dijo Marían con mirada perversa, pero eso a Celeste no le causó mucha gracia, porque se llevó las manos a los pechos como protegiéndolos de cualquier explosión. Bueno, no sucederá, no te preocupes. Ahora me viene en mente esa película donde una teta gigantesca repta hacia un diminuto hombrecito y termina por aplastarlo, ese sería un buen castigo, aunque es tan lascivo que podría ser también su pesadilla favorita, digo. Pero, perdón Claudia, necesitaría tu boca para morder semejante pezón. Todas terminamos riendo, llorando de risa y esta vez los pañuelos de papel no alcanzaron y tuvimos que improvisar con el servilletero. Otro café para todas y la cuenta. Y así termina un encuentro tipo del Club de las Tetas Grandes, ¿querés asociarte? Si, ya sé que te faltó escuchar mi historia, pero en general yo soy algo así como la coordinadora, cedo la palabra, acoto, comento y escribo un informe para que quede constancia de nuestras actividades. Y claro, también me encargo de reclutar nuevas socias como vos. Es que en el fondo nuestro objetivo secreto es………….
vení acercá tu oído que te lo digo bajito, no quiero que nos escuche nadie.
II

Me gusta llegar un rato antes a las citas. Sobre todo las del club. En general, hacemos una reunión extraordinaria todos los meses, el segundo sábado de cada mes, digamos que un desayuno de trabajo, aunque dista mucho de serlo y es, a las claras, un pretexto para el encuentro.
El bar donde siempre nos encontramos es una antigua panadería, con ventanales que dan a dos avenidas, por donde penetra el sol iluminando algunas mesas y rebotando en los espejos biselados de las paredes. Siempre elegimos la mesa más distante a las puertas de acceso y a los ventanales, como en las citas clandestinas. El sábado es piedra libre, nadie coordina y las palabras fluyen espontáneas, se superponen, mezclan, precipitan como esas lluvias torrenciales que mojan todo en un instante y luego cesan de repente. Reservo nuestra mesa habitual, pero mientras tanto me siento en una mesa pequeña, para dos, junto a la ventana. Café, libro y cigarrillos mediante, disfruto de esta breve soledad y observo. Es bueno hacer callar las voces internas, ese tumulto que se acumula de lunes a viernes, filtrar los resabios de la semana, olvidarnos del cotidiano, la rutina, quitarnos el disfraz y ser. No siempre podemos y es necesario tener en claro que no somos siempre lo que hacemos. Recuperar la esencia, la energía que fluye libre de deberes e imposiciones. Los sábados soy mi propia dueña. Miro a mi alrededor y creo escuchar los pensamientos de los pocos parroquianos que beben su café, miran por la ventana remoloneando la mirada sin destino, sumergidos en su mundo, sus lecturas o en la conversación con el compañero de mesa. En estos momentos me gustaría que él estuviera conmigo, pero es sábado y rara vez nos vemos los fines de semana. Y a pesar de disfrutar estos dos días de descanso, donde puedo ser yo sin ataduras ni imposturas, lo extraño, nunca se lo digo, pero es como un hueco en el alma, un pequeño orificio que va creciendo dentro, no duele pero produce cierta languidez, cierta melancolía y de eso no se habla. Es mi secreto. Porque admitir que lo necesito es una especie de derrota. Entonces sólo me lo permito de vez en cuando, cuando estoy sola y sin armadura, como ahora. A veces pienso porque las mujeres de mi generación necesitamos identificarnos con esas valquirias libertarias, demostrar que nada nos hiere, nos toca o nos hace vibrar, que nada nos ata, sólo defender nuestra independencia, lograda a costa de tantas renuncias. Que ningún hombre ose traspasar los límites, ocupar nuestro territorio y plantar su bandera. Y sin embargo, tantas veces quisiéramos ser como niñas chiquitas y recostar nuestra cabeza en su hombro, que nos abracen y nos digan que ellos nos protegerán del mundo. Que curen nuestras heridas cuando llegamos vencidas de algunas batallas, que nos quiten la armadura y nos dejen desnudas y nos tomen y se deleite nuestro cuerpo sin ofrecer resistencia como fruta madura que cae entre sus manos. Te ofrezco mi piel, mi pulpa, la carne jugosa. Déjame el centro de mí para volver a florecer y ser una nueva fruta que se ofrece. Eso deberíamos decir aunque sea una vez. Pero no. Nos empeñamos en marchitarnos solas. Flores que crecen a orilla del pantano y que malogran su fruto sin mordedura, vírgenes en su deseo, en su capacidad de entrega.


Adriana

sábado, agosto 19, 2006

Homenaje a Mirta Itchart que sigue escribiendo en alguna parte "contra los vientos de la indiferencia".



"...y nosotros, los escribidores, nos esforzamos en la utopía y caminamos por el cordón de la vereda, vamos haciendo equilibrio, nos reímos si nos caemos. Cuando nos cansamos trazamos una rayuela, buscamos una piedra chata y empezamos a ir de aquí para allá, entre el cielo y la tierra". Mirta Itchart


PARA CALLAR LA LÁGRIMA

CARTA A MIRTA GRACIELA ITCHART, POETA

El grupo de los lunes
(nuestro lugar, decías en la Pluma)
ya no acolcha tu silla
para evitar ese dolor de pelvis
que te postró en el lecho
y ensombreció la frente.
No sabemos qué hacer sin tu osadía
No sabemos qué hacer.

Queremos retenerte
Para mostrarte el último poema
El que sudamos.
Y quizás algún cuento
Que nació rengo
A la espera de aquel
que pode con piedad y lo adecente.

Te prestamos los ojos para vernos
Los oídos cansados de escucharnos
El paladar para probar el vino
o la cerveza que nos acompaña.
Te podemos prestar la voz y el puño
Para polemizar por causas justas.
Las manos para armar hoy tu revista
Y sembrar de poemas el planeta.

Pero nunca podremos
prestarte lo esencial:
El ángel de tu Pluma Cucharita
la música del verso
y tu insana pasión por la poesía.

Dejaste el corazón en las metáforas
que atesoramos
como rayitos de tu luz, POETA.

16-07-2006



A MIRTA ITCHART

Si tú no vienes con un viejo poema
te llamaré al encuentro
O. Goslino

Es extraño esto de acostumbrarse a tu ausencia
saber que no volvermos a verte sonreír,
esas cosas que eran como respirar.
Vos, que fuiste de esas raras aves generosas,
que un día me enseñaste que la buena poesía
es aquella a la que uno vuelve siempre,
la que se guarda en la mesita de luz,
la que se necesita de tanto en tanto,
a veces para compartir, a veces para cobijarse un poco
en esa luz de que tienen las palabras.

Es extraño digo que la gente tenga que partir
que la belleza de los otros sea un sueño
del que tarde o temprano tenemos que despertar.

Consuela que hayas estado rodeada
de bellos hijos y sus hijos, amigos de los buenos,
de un amor de esos de los de antes de respeto y cariño
y que tu compañero me haya dicho el día que te fuiste
que estaba tan enamorado de vos como el primer día,
lo cual no es poco es estos tiempos de valores reciclados.

Yo sigo recordándote como cuando éramos vecinos
y todavía no tenía esta costumbre de jugar con las palabras,
como cuando compartíamos un mate y una conversa
en tus talleres o en la librería y me contabas
que ya tenías listo el ultimo número de tu pluma cucharita
o como cuando nos contagiábamos el asombro
de descubrir algún buen poeta de esos que andan perdidos por ahí

Te debo algunos amigos que me presentaste
algunos poemas que escribí y que quizás te habrían gustado.
Este fue un tiempo duro para mí lleno de amadas ausencias
y quizás escriba estas líneas con la ilusión de empezar a comprender
esta sensación de vacío que el tiempo corregirá a su modo,
esto inevitable que sucede cuando estamos vivos
cuando crecer es resignarse un poco a perder los seres
con los que amamos las cosas que nos pasan en el ir y venir de la vida.

Pero si algo tiene de bueno este oficio de decir que tenemos
es que uno sigue haciendo amigos después de que no está
o aún sin conocerse con alguien que quizás
nacerá en otro tiempo o en otro lugar así como nosotros
nos hicimos amigos de nuestros poetas preferidos.

Releo tu ultima novela buscándote entre tus recuerdos
y lo que tal vez sin saber fue una despedida,
esa manera de volver a los años de la infancia
con ese mar de fondo que todo lo contiene,
es una puerta abierta en la que vuelvo a encontrarte
ya sin el mate, a solas como se conversa
con los queridos poetas, a través de sus obras.

Digo todo esto porque estos días volvés en los sueños
como si me hubiera quedado algo por decirte
o tan solo para acomodarme a esta costumbre de tu ausencia
y aunque se que estás ahí donde la poesía llame
ahí donde la poesía dice lo que tiene que decir
yo con algún poema tuyo te llamaré a mi encuentro.

Daniel 13/8/06

martes, agosto 08, 2006

Desolación

Esa mujer sufre, se le nota en cierto gesto contraído, allí en las comisuras de su boca, en la opacidad de su mirada, en sus manos que se posan blandas sobre las cosas.
Su cuerpo tiene un hueco en el pecho, donde habita una jaula y dos palomas blancas como en el cuadro de Magritte.
Está sentada en medio del cuarto con sus palomas presas golpeando plumas contra barrotes. Alguien debería abrirles la puerta para que salgan a volar. Alguien debería dejar las ventanas abiertas para que planeen sobre la ciudad y coman las migajas que las viejitas arrojan en la plaza y las rocen las manos de los niños o levanten vuelo ante sus caricias nerviosas. Alguien.
Esa mujer se esconde en sí misma, se acuna como un péndulo. De tanta soledad ha perdido el don de la palabra, el olvido, el desamor, el desamparo, han consumido su lozanía y es un saco de huesos. Alguien debería hacerla florecer, revivir la ternura que aún late y respira antes de que sea demasiado tarde. Alguien debería sembrar ese desierto, soplarle con su aliento las palabras dormidas, devolverle la carnadura a su rostro, la sonrisa, pescar en el fondo de sus ojos el brillo perdido. Y cuando el milagro se realice pintar un paisaje en la pared desnuda, un paisaje de verdes pinceladas con senderos furtivos y pájaros y estrellas y entre el ramaje una casa que tenga una ventana abierta de par en par con una luz encendida.

Adriana Agrelo

lunes, mayo 01, 2006



Ahora que mi abuelo no está para contarme
extraordinarias historias con linyeras
ahora que no existen
ni el barrio que me cuentan ni el jazmín

Ahora que los amigos se casan o se marchan

Qué voy a hacer con la luciérnaga
que tengo guardada para regalarle
al pájaro anarquista que me prometieron

Jonio González (poeta argentino, radicado en Barcelona)


Imagen : Patricia Boero

La partida

Ella hubiera querido escribir esa carta de despedida. Entre el desorden del escritorio había una pila de papeles garabateando el intento, junto a poemas recién horneados, boletas de impuestos, programas de cine, fotos, números telefónicos que con el tiempo olvidaban su procedencia y nombre. Hubiera sido más prolijo exponer las razones. Viéndola vivir día tras día, empeñándose en llegar al siguiente, apilando ropa en un rincón del cuarto, sus zapatos esparcidos formando un camino incongruente, el izquierdo en la mitad del living, el derecho debajo de la cama, otro par prolijamente alineado cerca de la puerta como listo a partir o esperando el regalo de reyes, con el cántaro de agua y el pasto, por si los camellos.
En la cocina, objetos de distinta procedencia, piedras, caracoles, souvenir de viajes, carteras, espejos, ceniceros, diarios, revistas, agendas, botellas vacías, recetas de cocina, listas de compras.
Ese desorden dibujaba tantas actividades dispersas que nadie podría sospechar que todo sería abandonado a su suerte, esperando la llegada de alguien que leyera en esa acumulación caótica todo su desconcierto, su desesperación..
Permanecer es pertenecer, había escrito alguna vez, pero un día descubrió que no pertenecía a ninguna parte, a nadie, a pesar de tantos indicios de su presencia en esta casa, que respiraba por puertas y ventanas una libertad agazapada y adioses blancos flameando en las cortinas, en las sábanas tendidas al sol.
Se había refugiado escondiéndose fuera del mundo. Había tirado un ancla desde la terraza al patio, para no bogar con el viento del sur a la deriva, en busca de otros cielos.
Por las mañanas el sol se filtraba formando dibujos caprichosos en las paredes, rebotando en objetos, acariciándolos suavemente para que despertaran de su letargo. Ella misma alertagada se dejaba acariciar por esa luz, ¿era eso la vida? ¿un dejarse acariciar, un iluminarse de a poco para volver a opacarse irremediablemente?
Cuando el viento movía los abalorios y las cuentas de metal, su casa era pura
Música. Entonces los pájaros se posaban en la baranda y batían sus alas incitándola al vuelo. Y la carta no terminaba de escribirse, de encontrar su forma, su excusa perfecta, su fundamento.
Luego se preguntaba a quién podía importarle que un día, levara anclas y con el primer viento de la mañana se largara a volar sin rumbo, ¿A quién?
Sopesando todas las posibilidades empezó a seleccionar objetos y
Provisiones. Un viaje no se decide súbitamente, hay que dejar en tierra todo lo inservible, lo que impida el vuelo. Es cuando una se da cuenta de todo lo superficial que lo rodea, lo inútil, lo sin para qué. Juntamos objetos a lo largo de la vida. Cada uno encierra un recuerdo, una emoción, la obsesión de un coleccionista. Pensamos que los álbumes de fotos son de alguna manera nuestra carta de presentación, nuestra lucha contra el olvido y posamos con sonrisas en medio de paisajes que momentáneamente son nuestros y nunca más transitaremos. Cada lugar ha adquirido brevemente la forma de nuestro cuerpo, cada objeto guarda su recuerdo. Miles de momentos, rostros amigos,
mesas tendidas en torno de una fiesta de cumpleaños, arbolitos de Navidad y manos en alto con brillantes copas de cristal y el infaltable brindis de los buenos deseos cada año.
En las fotos la muerte no borra rostros, allí se quedan para siempre recordándonos que alguna vez nos pertenecieron, nos dieron su palabra, su amor, su compañía.
Y la carta no termina de escribirse porque es difícil decir adiós, partir y en cada decisión perdemos algo para siempre. Es difícil tirar por la borda lo que ya no nos sirve, porque queda el recuerdo o un pequeño latido en cada cosa, que nos dice que alguna vez fue útil, necesaria, única entre todas. Y el valor está en eso, en ese pequeño latido que les da vida, que nos recuerda lo que hemos sido y nos ayuda a vislumbrar lo que seremos, un devenir lento hacia la muerte, el adiós definitivo.
Y entonces ella descubre que partir es tan inútil como echar raíces y que la libertad no está en el vuelo ni en el movimiento de un lado al otro, ni en levar anclas y dejarse llevar sin rumbo y arrojar el lastre para llegar más alto, ¿hacia dónde?
Y lentamente comienza a recoger el zapato izquierdo abandonado en el living con el derecho escondido bajo la cama, y cambia agua y pasto ( por si los camellos) y recoge papeles, y acomoda los restos del festín dispersos sobre la mesa y rompe los papeles de cartas inconclusas y acomoda las fotos en sus álbumes y se tiende sobre la terraza a dejarse acariciar por el sol, el viento, la música de sus abalorios y piensa en la pelusa que se refugia en los rincones, casi transparente, marcando el desgaste de las cosas. Y decide limpiarlas y eliminar el polvo abandonado y escribir esta historia de la mujer y su partida. Escribir es permanecer.


Adriana Agrelo

domingo, marzo 26, 2006

In memoriam

Never More


¿Qué tiene más fuerza fonética, señorita, "never more" o "nunca más"?
Nunca más, contesté sin dudar.
No, fijese bien, esta continuidad del fonema "r", es mucho más fuerte, usted me desilusiona, no sabe interpretar la musicalidad en el poema de Poe - el profesor hizo un gesto de desprecio y colocó mi calificación en la planilla. Suficiente, puede retirarse - agregó.
Pero, nunca más, termina en un sonido sibilante que si se prolonga o se pronuncia con cierto enfásis parece el sonido de una víbora cascabel. ¿Nole produce cierto escalofrío?-agregué tratando de defender mi elección.
Gracias, señorita, eso es todo- contestó fastidiado.
Me levanté y me dispuse a partir, que es una manera de decir, a esperar los resultados del examen final, mientras en mi cabeza bailoteaban los versos del poeta:

Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: Nunca más.

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!


Esa tarde no aprobé la materia. El profesor hubiera preferido que eligiera las palabras en inglés, la rr de rr con rr guitarra, rr con rr carril....pero yo sigo pensando, aún hoy, que Nunca Más posee una fuerza inigualable y años después, la historia me dió la razón.
Fue necesario que el cuervo, los cuervos se posaran sobre las estatuas de las plazas, sobre los dinteles de las puertas, sobre los marcos de las ventanas, que espiaran con sus ojos de demonio, de carbón encendido, que proyectaran sobre nuestras vidas su negra sombra. Si en ese momento lo hubiera sabido, le daría este significado a los versos del poema. Hay experiencias que nos marcan, que anticipan lo que vendrá, la vida está llena de ellas. Nos rozan con sus alas, dejan en el aire una espesa atmósfera irrespirable, a veces son sólo objetos, como la cabeza de Geniol, la calva cabeza penetrada de clavos, agujas, tornillos; o señales en el camino "Deténgase o se abrirá fuego". Y no nos detenemos a leerlas, ni a interpretarlas, el tiempo pasa y luego nos damos cuenta de que materia estaban hechas, qué extraño vaticinio encierra el corazón de las cosas, la escritura de ciertos versos.

Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta



Eso hubiéramos querido decir, pero ya es tarde. Sólo nos queda el Nunca Más.

Adriana Agrelo

jueves, enero 12, 2006

Agustín y las mariposas

El umbral

Sólo en sueños, en la poesía, en el juego – encender una vela, andar con
ella por el corredor – nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser
esto que vaya a saber si somos.

Julio Cortázar

La mano se ahuecó adherida al pomo redondo, giró un universo en segundos y la puerta cedió a una avalancha de tierra que irrumpió con violencia en mi cuarto. Cubierto hasta las rodillas por escombros escarbo con manos zambullidas, con uñas ávidas. El marco de la puerta filtra un aire enmohecido y entre las fisuras comienzo a cavar un túnel a grandes paladas. Pequeños insectos de patitas delgadas señalan el sendero de letras desteñidas,

Melpómene
Papilio azul
Trozos de alas

Retazos de una historia que hay que arenar en la memoria.

Paladas
Paladas
Paladas
Pala pala ¿das alas papá?
¿Espaldas aladas das?

Y la arena y la tierra y el polvo de alas y los huesos escamas de plata

Paladas
Cayendo como reloj de arena
Y estoy cavando sobre el tiempo
Y estoy hambriento de huecos que cavo
A paladas
A rasguño de uñas
A dientes
Paladas
Redondas entro muros de tierra
Paladas
Franqueando puertas
Paladas
Un corredor un rumor de aguas
Paladas y alas.

Adriana Agrelo

domingo, diciembre 18, 2005

Sobre la Memoria

...porque las historias se entretejen,porque al tejer contamos historias,porque el tejer se trasmite de generación en generación...

Poesía IV

Ya me quiero en casa.
Loba herida,
aúllo
olfateando guaridas.
Ya me quiero en casa.
Soltaron los perros
que rastrean mi sangre menstrual.
Ya me quiero en casa.
Estarme quieta.
recogida,en silencio.
Ya me quiero en casa.
Buscaré aquel pozo.
(el primero del mundo)
y volveré a saltar.
(22-12-74)

Autora: Ferro Beceiro, Margarita
Seudónimo:Mandala
Extraído de Memoria para armar

Fragmento de una carta enviada por el EZLN con motivo del aniversario del golpe de estado en Argentina.

"Nuestros más antiguos nos enseñaron que la celebración de la memoria es también una celebración del mañana. Ellos nos dijeron que la memoria no es voltear la cara y el corazón al pasado, no es un recuerdo estéril en que había risas o lágrimas.
La memoria, nos dijeron, es una de las siete guías que el corazón humano tiene para andar sus pasos. Las otras seis son: la verdad, la vergüenza, la consecuencia, la honestidad, el respeto a uno mismo y al otro, y el amor.
Por eso, dicen, la memoria funda siempre el mañana, y esa paradoja es la que permite que en ese mañana no se repitan las pesadillas, y que las alegrías, que también las hay en el temario de la memoria colectiva, sean nuevas.
La Memoria es sobre todo, dicen nuestros más primeros, una poderosa vacuna contra la muerte y alimento indispensable para la vida. Por eso, quien cuida y guarda la memoria, guarda y cuida la vida, y quien no tiene memoria está muerto.
Quienes arriba fueron poder, nos heredaron un montón de pedazos rotos, muertes aquí y allá, impunidades y cinismos, ausencias, rostros de historias desmoronadas, desesperanzas. Y ese montón de escombros es lo que nos ofrecen como tarjeta de identidad, de modo que decir "Soy" y "Somos" sea una vergüenza.
Pero hubo quienes fueron y son abajo. Ellos y ellas nos heredaron, no un mundo nuevo, completo y acabado, pero sí algunas claves y pistas para unir esos fragmentos dispersos, y el armar el rompecabezas del ayer, abrirle una rendija al muro, dibujar una ventana, construir una puerta.
Porque es bien sabido que las puertas fueron antes ventanas, y antes fueron rendijas, y antes fueron y son memoria. Tal vez por eso temen los de arriba, porque quien tiene memoria en realidad tiene en su futuro una puerta.
Somos muchos y muchas los que al buscar la memoria estamos buscando parte de nuestro rostro. Quien nos pide que olvidemos, nos pide que sigamos incompletos, usando las prótesis que el poder oferta.
Este día en Argentina, en México y en otras partes del mundo, hay muchos y muchas guardianes de la memoria reuniéndose con una ceremonia tan antigua como la palabra: la del conjuro del olvido y la desmemoria, la de la historia.
Hoy, quienes tienen a la Argentina como Patria, nos enseñan que quien camina la memoria, en realidad camina a la vida. Y queremos que todos y todas ustedes sepan que escuchamos sus pasos, y que al escucharlos recordamos que el principal atributo del ser humano sigue siendo la dignidad.
Digna Argentina, los Zapatistas de México te saludan.
Vale.
Salud, y que nunca más la estupidez se permita democratizar el miedo y la muerte.
Desde la ciudad de México, Subcomandante insurgente Marcos.

Post-data: no se acaben el churrasco porque siempre me dejan la pura salsa chimichurri. Con el mate pueden proceder a discreción, pero no se acaben las empanadas. Nos vemos luego... en la calle de Corrientes para echarnos una cascarita de fútbol y tararear un tango, porque la memoria también se guarda en el juego, la música y el baile.

Vale pues, y adiós."

martes, agosto 09, 2005

POEMARIO




Quiero rodar la calle, año par ha de ser
el que muerda el cordón de la vereda.
Los locos se multiplican en las
esquinas.
Ya no es fácil encontrar la memoria
explicar los olvidos
perdonar lo que no se perdona.
Voy creciendo.
A medida que ruedo crece mi alma
en
esta soledad. En tanto dolor.
Dónde está ese dios de los más buenos,
dónde la cuchara de sopa,
dónde los pañuelos
sucios,
los trapos sucios.
En qué lugar quedó mi loco,
el que reía con
los chicos,
el que extendía su sábana tan blanca,
tan pura, como de lirios.
Año par se inicia
y escuchamos, amor, tronar los fuegos,
que no se apagan. Estallan los incendios.
Y mi loco anda suelto.
no llegaré a tiempo
para darle el pañuelo de vigilia.


Mirta itchart, Argentina
(1945-2006)


AMANTES

una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío

Alejandra Pizarnik





Deseo

Y las palabras danzan
en mis oídos
en su boca
un movimiento lento de su mano
sobre mi brazo
(que era todo mi cuerpo)
y correr al doblar la esquina
caras, árboles y casas
hasta llegar al portón de madera
y golpear
con la palma
todavía húmeda.

Adriana Agrelo

Aspira suspira
Muérete un poco
Dulce lentamente muérete
Agoniza contra la pupila extiende el goce
Dobla el mástil hincha las velas
Navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
- el mar como un vasto cristal azogado -
duérmete náufrago.

Gioconda Belli - Fragmento

Hoy escribo desnuda

Soy la noche
el lado oscuro de la luna menguante,
Arcano Mayor, guardiana de la puerta,
llave de tempestades.
Soy la disonancia
el bolero sensual sonado al revés,
bailarina cansada, palabra del contraste,
nota de arena.
Por eso, mis sueños están
anudados a tu ventana
como una bandera.

Laura Celani


Moustache

Rojizos, con tonalidades ocre, otoñales en su rostro joven, enjuto,
enmarcando una boca de labios finos, abrigando el labio superior, atrapando
el perfume del tabaco que asciende de la boca, moviéndose levemente hacia
arriba en cada gesto, cepillo irregular que cosquillea en mi piel. Saboreo
esa rojiza llamarada que parece afirmarse como identidad única, enredadera
que trepa y cubre el rostro, descansada bufanda que cuelga indolente del
cuello. Me cuelgo de ella como de dos fuertes lianas y salgo a volar, floto
en el aire, suspendida.

Adriana Agrelo



Saudade

Camino a tientas
aunque arda el sol.
Busco tu voz de río.

Hay un eco amarillo
perfumando
los labios
que se tensan.

Devoro calles
todas las ventanas
dan hacia la vida.
El caudal de rostros
es sólo un espejismo.
¿Cómo vivir lejos?.
Sí eres agua en la sangre
melancólica.

Es tu voz habitándome
milímetro a milímetro.
Soy arena
de adobes astillados
ventana que choca
en espejos escarlatas;
y soy la que interroga
en las esquinas.

¿Dónde esta tu voz?.
Susurros como Rocas de Fuego.
Tu sonido dorado, hermético.
Tu voz de agua de río.
¿Dónde?,
sí todo es silencio.

Es tu canto
eco de fado bordado
en la falda de mi cuerpo.
Es tu sonido un instrumento nuevo
que quema el silencio
en el lecho
que derrama
mi nombre,
de otra forma repetido.

Me bautizas sin interrogaciones
y soy Mujer Saudade
líquida, translúcida
arrebatada por sumergir
- de nuevo -
las manos en el Duero.

Ylia
Galicia Punta de Sta Tecla
Portugal - Carminha - Oporto - Río Duoro
Febrero 2003


De a dos

Aquieta mi cintura
y despierta esas zonas
del placer dormidas
libera la angustia
y hazme gemir
y derramarme
toda
resbalando hacia abajo
mi boca
enredada en tu pubis
en su olor a tabaco chocolatado.

Adriana Agrelo

Sábado íntimo

dejo mi sombra en el perchero
me desnudo
mi piel vigila tu sueño
niño abandonado entre sábanas
las paredes respiran
el cielo destiñe nubes negras
y amanece.

Adriana Agrelo

Poema inacabado

Si me quitas la máscara
si te atreves a mirarme de frente
encontrarás poemas
fragmentos
palabras que guardo
como fotos en un álbum
palabritas chiquitas
que no digo
ni escribo
sólo atesoro
para que me arrullen
me canten
me cobijen
con su lengua rosada
pequeña
ágil que lame
mis viejas cicatrices
te las regalo
si me quitas la máscara
si te atreves
a cargar con todos mis fantasmas
ellos se pasean libres por la casa
hacen crujir los muebles
son el viento sutil que mueve suavemente
los abalorios, las cuencas de cristal
ellos hacen girar las plumas las semillas
las piedras de los atrapasueños
los puntos cardinales
te los regalo
si te atreves
a meterte en los pliegues de mi piel
detrás de mis párpados
en la caverna húmeda
en mi centro

Adriana Agrelo

Sonidos

Los sonidos de la naturaleza
Todos
en esta hojita de molle

por este borde, el viento
en esta nervadura, el agua
más allá, un pájaro
debajo, la luna
y en la punta, el sol

los sonidos
de esta hojita
despiertan el alma


......................................................

NOLÍMITE

Sonriéndome
de las fábulas
a las que se adhiere el hombre
burlándome
de los ropajes que quieren disfrazarme
abro los ojos frente a mí
y voy siendo
sin abismos
sin tinieblas
dentro de la desnudez
dentro dentro

Y son los pies
los que me ligan a la tierra
Y es el agua
la que me acaricia los ojos

Entonces
destruída la espiral del tiempo
me pierdo en las esquinas

dentro de la desnudez
dentro dentro

.................................................................

Ascensión del árbol

Sé que algún día abandonaré
un mundo
para ir al encuentro irremediable
de otro

Ahora estoy aquí con el silencio
viendo la ascensión del árbol
(aunque él también descienda)

Una palabra
es mi aliada en este día
con ella
dibujo en signos lo entrevisto

Hacia adelante
un pájaro vive en su aleteo
y
el viento silba historias sin vivir

Estoy aquí
entre álamos y río

Estela Mamaní
poeta de Tilcara, provincia de Jujuy, Argentina.
síntesis

la poesía contagia
imita
trae y lleva
recuerdos
la palabra define
da vida
juego de/ con
palabras
metáfora
música
ritmo
verso
perfume de infancia
directo corazón
para decir me
para soñar te
recrear
dentro del mi
el tú
y
olvidar te
pues
la palabra cura
liberta
abriga
hace volar en el tiempo
papel blanco
pluma
vida
solo
eso.

Graciela Chatelain

domingo, agosto 29, 2004

Sobre el policial negro


A Jorge Horacio, mi compañero de vida.

Cómo no recordar a H. Bogart con su eterno impermeable y su cigarrillo colgando displicente del labio, la mirada nublada por el humo y el desencanto. Nada más romántico que el personaje de Philip Marlowe. Nada más heroico que este antihéroe que comprende el bajomundo y escarba para encontrar las motivaciones del crimen, sabiendo que la sociedad es más criminal que cualquier delincuente. Esa mirada piadosa y humana hacia los delincuentes, pero ácida y crítica hacia el poder establecido es la marca que caracteriza al género policial negro. Y cuando una piensa en Philip Marlowe no puede dejar de evocar a su autor y sus novelas. Raymond Chandler ha sido uno de los mejores escritores del género. Pero su escritura que toma como pretexto ese marco posee una belleza que trasciende el tema que aborda y sin embargo muchos, salvo los adictos al género, desconocen esa trascendencia por el prejuicio de considerar al policial como literatura pasatista.

Todos somos detectives, algunos buscan el quién y el cómo y el consiguiente castigo, como en el policial clásico o novela enigma; otros buscan el por qué. Los lectores, también somos detectives apasionados frente a un texto, y también nos formulamos estas preguntas, llenamos los espacios vacios de la historia, imaginamos su desenlace, desmontamos su estructura e indagando la ideología que subyace en todo relato.

Siguiendo con Raymond Chandler empezaremos por quién fue
http://www.dreamers.com/lospulps/pagp9.html
http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/libros/01-06/01-06-17/nota2.htm
y para poder comprender el género negro qué mejor que leer su famoso ensayo EL SIMPLE ARTE DE MATAR
http://personales.mundivia.es/jmallart/literatu/chandler.htm

Luego si los gana la curiosidad hay que adentrarse a alguna librería y comprar sus novelas o cuentos, pero aconsejo las novelas, muchas de ellas llevadas al cine:
http://www.argiropolis.com.ar/Cultura/Chandler.htm

Estas son las páginas que me han parecido más interesantes y representativas de R. Chandler. ¿Qué hombre no ha soñado con ser esa especie de H.Bogart que era Philip Marlowe o qué mujer no ansiaría ser una de esas ondulantes rubias que se deslizaban como gatos en la destartalada oficina de Marlowe para poner su honor en sus manos? Mujeres transgresoras, audaces y siempre al filo del peligro. El detective típico de la serie, mira al mundo con cierto cinismo, con cierto desgano pero siempre dispuesto a defender al débil contra el opresor, con una moral especial, alejada de las instituciones y la hipocresía burguesa. Nada mejor para conocer el mundo de hoy, que adentrarse en los escenarios urbanos de la novela negra. Asi que yo le aconsejo que tome una botella de whisky un sillón cómodo, una buena luz a sus espaldas, un cenicero un atado de cigarrillos y comience a leer El sueño Eterno, El largo Adiós, La dama del Lago y sientase un detective, un romántico que pasea su humana mirada por el mundo, un hombre que comprende que nada es blanco o negro, ponga los pies sobre su escritorio y mire fijamente la puerta, ella aparecerá, su silueta se recortará sobre el vidrio translúcido y caminará sigilosa y sensualmente hacia la silla que está justo frente a Usted y encenderá su primer cigarrillo.


Adriana Agrelo

Fernando Pessoa y el prodigio de sus heterónimos


“Yo, que tantos hombres he sido” J.L.B



Abordar la poesía de Fernando Pessoa es internarse en un laberinto de espejos,
en donde las imágenes en lugar de multiplicarse a sí mismas, nos muestran otras imágenes deformadas, las de un yo, extrañado de sí, extranjero, atravesado por sus múltiples identidades. Esas identidades, máscaras, disfraces, otros, nunca pseudónimos, hacen que su poemas se bifurquen por distintos senderos, cada uno tiene nombre y biografía, cada uno bebe de distintas corrientes literarias (simbolistas, futuristas, neoclásicas) sin ser personajes, porque parten de Pessoa, se pierden de él y encuentran su propia carnadura: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Estos son los poetas más importantes que habitan a Pessoa. Buceando en sus versos encontramos pistas sobre su creación, afirmaciones, negaciones, interrogantes. Y así leemos paseando por sus poemas:

“Hice conmigo lo que no sabía hacer
y no hice lo que podía.
El disfraz que me puse no era el mío.
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
La tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
Estaba desfigurado.
Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.
Lo acosté y me quedé fuera,
Dormí en el guardarropa. “

Y seguimos leyendo...

“Todo es disfraz, todo es viento”

y luego afirma:

“Otro ser otro siempre,
viajar, perder países,
vivir un ser constante,
alma ya sin raíces.

Ir al frente de mí,
Ansia de conseguir,
Ya sin pertenecerme,
La ausencia que es seguir. “

Y ese irse constante de sí, que sostiene en estos versos:

Soy un evadido
Luego que nací
En mi me encerraron
Pero yo me fui.
Ser uno es cadena
No ser es ser yo

Llueve. De mí (de este que soy) reniego

................................................................

La poesía de Pessoa es una cadena de eslabones diferentes, enlazados por distintas voces, distintos estilos, leerlo es perderse en sus laberintos, reconocer las facetas de su misteriosa personalidad, esa apasionada búsqueda de sí, diversificada en sus heterónimos, es nuestra tarea como lectores encontrar ese hilo conductor a través de todos ellos.

Como cierre de esta primera aproximación habría que añadirle los datos biográficos, pero cómo reseñar una vida que el mismo poeta define en la voz de Alberto Caeiro:

Si, después de muerto, quieren escribir mi biografía,
Nada será más simple:
Dos fechas – nacimiento y muerte –
Entre una y otra todos los días son míos.

Es fácil definirme.
Viví como un réprobo.
Amé las cosas sin sentimentalismo.
No tuve deseos irrealizables, no me cegué.
El mismo oír no fue sino compañía del ver.
Comprendí que las cosas son reales y diferentes.
Lo comprendí con los ojos, no con el pensamiento.
Comprenderlo con el pensamiento sería hacerlas iguales.
Un día me dio sueño como a cualquier criatura.
Cerré los ojos y me dormí.
Fuera de eso, fui el único poeta de la naturaleza.

De todas maneras, dejamos estos escasos datos:

Poeta portugués, nacido en Lisboa, en el año 1888. Escribió mayoritariamente en inglés, ya que trabajaba como traductor en Sudáfrica, sólo escribió en su idioma años antes de morir. Era colaborador de Orfeo, corazón de la literatura vanguardista. Entre sus obras podemosencontrar: I - Poesías (1942), II - Poesías (1944), III - Poemas (1946), IV - Odas (1946), V - Mensajes (1945), VI - Poemas dramáticos, VII y VIII - Poesías inéditas y, El libro del desasosiego (1982). Como se ve sólo alcanzó reconocimiento tras su muerte en el año 1935. Podríamos agregar que es uno de los poetas más importantes De la Literatura Portuguesa junto con Saramago. Que la transmisión de su obra ha estado rodeada de inmensas dificultades. En vida, sólo se publicó un libro completo, Mensaje. El resto de su obra poética, ensayística, crítica, dramática y de ficción se encuentra muy dispersa en publicaciones periódicas, correspondencia y en una maraña de inéditos en la que todavía están trabajando investigadores y especialistas. Los heterónimos utilizados han dificultado aún más la tarea.

Y para terminar este breve paseo por la obra de Fernando Pessoa, les dejo
Estos fragmentos extraídos de Libro de desasosiego

“Estoy casi convencido de que nunca estoy despierto. No sé si no sueño cuando vivo, si no vivo cuando sueño, o si el sueño y la vida no son en mí cosas mixtas, entrecruzadas, de las que mi ser consciente se forma por interpenetración.”

“A veces, en plena vida activa, y en la que, evidentemente, estoy tan claro acerca de mí como cualquiera, llego a suponer en mí una sensación extraña de duda, no sé entonces si existo, siento que es posible que yo sea el sueño de otro, se me figura casi carnalmente que podría ser el personaje de un relato, moviéndome al vaivén de las olas dilatadas de un estilo, en el marco de un gran despliegue discursivo. “

“He advertido, muchas veces, que ciertos personajes de novela ganan ante nosotros un relieve que nunca podrían alcanzar nuestros conocidos y amigos, esos que nos hablan y nos oyen en la vida visible y real. Y es así como sueño la pregunta acerca de si no será todo, en este mundo, en conjunto, una serie ínter penetrada de sueños y novelas, como cajitas chinas – unas dentro de otras y éstas a su vez dentro de otras, siendo todo una historia con historias, como las Mil y una Noches, que se despliega falsa en la noche eterna.”

El Libro del Desasosiego, especie de Diario Literario, hecho de fragmentos, cartas, apuntes, recogidos después de la muerte de Pessoa y escrito a lo largo de 20 años, aproximadamente. Estos fragmentos son en su mayoría prosa poética, y he marcado ciertos temas recurrentes relacionados con las obsesiones de F. Pessoa, aunque el libro se atribuye principalmente a uno de sus heterónimos Bernardo Soares.

“Escribo, triste, en mi cuarto quieto, solo, como siempre he sido, sólo como siempre seré. Y pienso si mi voz, tan poca cosa en apariencia, no encarna la sustancia de miles de voces, el hambre de decirse de miles de vidas, la paciencia de millones de almas, sumisas como la mía al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios.”

“Envidio – aunque no sé si envidio – a aquellos de quienes se puede escribir una biografía, o que pueden escribir sobre sí mismos. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro con indiferencia mi autobiografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si en ellas nada digo, es porque en ellas nada tengo que decir. “ Si escribo lo que siento es porque así atempero la fiebre de sentir. Lo que confieso no tiene importancia, pues nada en verdad la tiene. Comprendo bien a las mujeres que bordan por amargura y a las que tejen, porque eso es la vida. Mi vieja tía jugaba al solitario durante veladas eternas. Estas confesiones de mi sentir son mis solitarios. No las interpreto como quien recurre a las cartas para conocer el destino. No las ausculto porque, en los solitarios, las cartas no tienen ningún valor. Como se desenreda una madeja multicolor, así me desenredo a mí mismo, o hago conmigo figuras de hilo, como las que se tejen con un ovillo desplegado entre los dedos estirados y pasan luego de un niño al otro.” “Sólo me empeño en que el pulgar no estropee el lazo que las sustenta. Después doy vuelta la mano y la imagen cambia. Y vuelvo a empezar.
Vivir es zurcir con un propósito que no es nuestro sino de los otros. Pero, al hacerlo, el pensamiento es libre, y todos los príncipes encantados pueden pasear por sus parques entre zambullida y zambullida de la aguja de marfil de pico invertido. Croché de las cosas....intervalo...nada. “

“La miseria de mi condición no se ve afectada por estas palabras que hilvano y con las que formo, poco a poco, mi libro casual y meditado. Escribo mi literatua como encolumno mis asientos comerciales en la oficina – con cuidado e indiferencia.”

“La literatura, que es el arte unido al pensamiento y la realización, sin el estigma de la realidad, se me impone como el fín hacia el que debería tender todo esfuerzo humano, si fuese verdaderamente humano, y no mera exterioridad animal. Creo que decir una cosa es preservar su virtud y despojarla del terror que, por desconocida, ella puede inspirar. Más verdes son los campos en el enunciado que lo dice que en su verdor objetivo. Las flores, si fueran descriptas con frases capaces de nombrarlas en el aire de la imaginación, ostentarían colores de una permanencia de la que la vida celular reniega. Moverse es vivir, decirse es sobrevivir. No hay nada real en la vida que no lo sea por el hecho de que ha sido bien descripto.”

“No construyo teorías sobre la vida. Si ella es buena o mala no lo sé, no pienso. A mis ojos es dura y triste, atravesada por sueños deliciosos. La vida de los demás sólo me sirve para yo les viva, a cada uno, la vida que me parece que les conviene en mi sueño. “
“Me gusta decir. O mejor: me gusta palabrear. Las palabras son para mi cuerpos tangibles, sirenas visibles, sensualidades corpóreas. Quizá porque la sensualidad real no tiene para mí interés de ninguna especie – ni siquiera mental u onírica- se me transmutó el deseo hacia aquello que en mí crea ritmos verbales, o los escucha de otros. Me estremece el oír hablar con propiedad. Tal página de Chateaubriand, provoca en mí un hormigueo en la vida de todas mis venas, me exaltan. Y así, muchas veces, escribo sin querer pensar, en un devaneo externo, dejando que las palabras me hagan fiestas, criatura niña en la falda de ellas.”

“El arte consiste en hacer sentir a otros lo que nosotros sentimos, en liberarlos de sí mismos, proponiéndoles nuestra personalidad mediante esa especial liberación.”

“Llegué hoy, de repente, a una sensación absurda y justa. Me di cuenta, en un relámpago íntimo, que no soy nadie. Nadie, absolutamente nadie. Cuando brilló el relámpago, aquello que supuse una ciudad era un plano desierto, y la luz siniestra que me puso en evidencia no reveló cielo alguno sobre ella. Me robaron el poder ser, antes de que el mundo fuese. Y si tuve que reencarnar, reencarné sin mí, sin que haya sido yo quien reencarnase.”
“Soy los alrededores de una casa de campo que no hay, el comentario prolífico de un libro nunca escrito. No soy nadie. Nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy el personaje de una novela que alguien escribirá, que pasa etéreo, y que se desvanece sin haberse concretado jamás, entre los sueños de quien no me supo completar. “


“El arte nos libra ilusoriamente de la sordidez de ser. En cuanto sentimos los males y las injurias de Hamlet, príncipe de Dinamarca, no sentimos los nuestros – ya sea porque son nuestros, ya sea por lo que fuere.
El amor, el sueño, las drogas e intoxicantes, son formas elementales de arte o, más bien, de producir el mismo efecto que él. Pero el amor, el sueño, las drogas, acarrean, cada uno, su desilusión. El amor harta o frustra. Del sueño se despierta, y, si se ha dormido no se vivió. Las drogas se pagan con la ruina del mismo cuerpo al que supieron estimular. En el arte, en cambio, no hay desilusión porque la ilusión fue admitida desde el principio, del arte no hay despertar porque en él no dormimos aunque soñemos. No hay tributo o multa que paguemos por haber gozado de él.”

Y les dejo estas huellas para seguir disfrutando de este singular escritor:


http://www.disquiet.com/thirteen.html "Pessoa's Trunk,"
http://www.lsi.usp.br/art/pessoa/ “Fernando Pessoa, Obra Poética”
http://pintopc.home.cern.ch/pintopc/www/FPessoa/FPessoa.html Fernando Pessoa in english
http://www.geocities.com/dirceuwalterramos/nova_pagina_80.htm Fernando Pessoa en portugués. Nota autobiográfica. Poemas. Cartas de amor.
http://www.alentejodigital.pt/a_margem/poetas/Fernando%20Pessoa.htm
Poesías de Fernando Pessoa.


Adriana Agrelo


Sitios, enlaces, notas

Entreversos y enlaces

Es de noche casi madrugada, esa hora mágica en que el silencio se instala en la casa apenas interrumpido por el sonido rítmico de mis dedos en el teclado. Es de noche y la noche me invita a navegar. Por la ventana apenas el murmullo de los seres nocturnos, gatos, algunos pasos sobre la vereda, el ronroneo de motores lejanos, allá lejos, en la avenida. Esta noche quiero regalarme poesías, quiero jugar con las palabras de otro y componer un poema, a falta de musas, buenas son inspiraciones ajenas, me digo, la poesía sólo se nutre de poesía y comienzo:

marinos y pescadores toman por asalto el mar
piratas, deportistas y náufragos
rompiendo olas, hurgando entrañas,
gaviotas.
Planean sobre el mar, extendiendo alas sobre
sábana de sal cuyas olas rasguñan horizonte


Estas palabras enlazadas son la mejor presentación de http://www.oleajes.com que desde sus primeras páginas te invitan al juego y a la voluptuosidad de su Poesía erótica

Eres el oído dispuesto al huracán que abre la mañana para darme repetidos momentos primaverales.
Hace frío, pero en tu sonrisa el calor despierta.

Soy el patio donde continuamente los cristales limpios reflejan el firmamento.
Eres a veces rabia, otras el universo, tierra firme, mar embravecido.


...............................................

Apaciguas mi locura diaria que persigue la verdad cuando constato que me amas...siendo tú ámbar de agua y yo desierto de sal.

Acúnate entre las olas de la poesía vital y amorosa de Ylia Kazama
Déjate llevar hasta la orilla de las palabras y sueña

Y entreversos y enlaces, ahora te invito a navegar por La Página Literaria de Gandalf, El gris, http://www.magogris.com
Y Rocío Barragán me poema

Construyo una escalera con ceniza y sangre
Gradas de sed se mezclan con la textura de la noche.
Y nómada prehistórica
me armo con la desnudez del sol
y salgo de mi cueva a cazar sueños
pintando de rojo las tinieblas.
Con el clamor de la conciencia en el espejo

así camina mi alma;
con los ojos atrapados por el mar
y en búsqueda sin época
vierte girones de fuego en su camino.

Y otra vez el mar...la poesía...navegar en la red y zambullirse en la cresta de un poema....
Y la poesía no puede dejar de nombrar la escritura en la voz de Alejandra González Mariscal

Juego a desafiar mi destino,
a que está en blanco y lo escribo,
a que me sobra un renglón
juego.

Y sigo enlazando y en menos de un click hojeo Los cuadernos de la aldea http://www.artnovela.com/cuadernos
y como buena buscadoradepoemas descubro a Graciela Scarlatto

qué rastro de caracoles
qué escalera suspendida de alfileres
sobre la proa de tu muslo ahí
complementario al cigarrillo
qué rara ocasión para el acuerdo
qué pájaro, qué territorio bélico
la palabra cuerpo

Y ya la noche se escurre, y mis dedos bailan ante la página en blanco intentando el milagro del poema entreversos y enlaces.
Y dejo estas huellas sobre la arena para que ustedes continúen este viaje.
http://www.zapatosrojos.com.ar
http://www.illari.org/Gioconda/belli.html

Adriana Agrelo

Poemas, cuentos, fragmentos

Paranaense

a muchos kilómetros de vos
de tu cuerpo
mi palabra adelgaza la distancia
penetra el hilo del teléfono
viaja hacia tu oído
se hace lengua
se tiende como piel
al sol que mira el rio
camalote que flota cuna
nido de agua tu nombre
ahuyentapesadillas
en medio de la noche
que te habita
sin mí

Adriana Agrelo
e-mail:adriagrelo@speedy.com.ar
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La apuesta

Las ruedas de la camilla chirriaron al girar por el pasillo, deteniéndose un momento frente a las puertas de los tres ascensores. La mano del viejo, colgada, relajada en el borde de la camilla y el camillero apoyándose sobre el caño vertical del que pendía la botella del suero, chaplinesco, ambos de espalda, el viejo en la camilla, el camillero; las puertas del ascensor abriéndose con un sonido metálico, una flecha roja que se enciende señalando hacia arriba, la camilla retrocede, intenta avanzar pero las puertas se cierran bruscamente antes de ingresar las ruedas delanteras, y el pie izquierdo del camillero desanda el camino y luego el derecho y el izquierdo y el derecho, hasta quedar anciano, camilla y camillero a prudente distancia, observando el tablero y los números que alternativamente se encienden y se apagan, ascensor uno, dos, tres,
Nosotros el dos y el tres, solamente, dice el camillero al viejo.
Yo digo que viene el dos ¿y vos?
Y... el tres, sonríe el camillero.
los números se alternan, suben, bajan, dos, tres.
Hay un silencio expectante en la sala, una mujer, un muchacho leyendo, el diálogo se filtra.

Yo digo que viene el dos, afirma el viejo, es mi número de la suerte y sonríe recordando aquella tarde que pasó por lo de Juan el Quinielero,
No puedo creer que justo esta vez haya acertado, me alegro mucho, son ciento cuarenta pesos, un poco menos que su jubilación, pero qué bien le vienen ¿no?, en esta época del año. Las fiestas siempre traen gastos caprichosos, derroches imprudentes, pero todos tenemos derecho a llenar nuestra mesa, extender el mantel y reunir a la familia.
el de la pierna ortopédica, que antes fue camionero y ahora el destino lo había arrastrado a los juegos de azar.
El azar, dijo Don Juan, a veces nos premia otras nos castiga, ¿verdad?
Sí, el dos era definitivamente su número de la suerte, alzó la vista y siguió impaciente la trayectoria de los números que, sobre el metal del tablero proyectaban una luz blancoamarillenta, mientras la flecha roja apuntaba hacia arriba, hacia abajo y el uno detenía sus puertas con regularidad, expulsando pasajeros transitorios, visitantes, médicos, enfermeras.

¿Va a jugar otro numerito? Aproveche su suerte, dice Don Juan, el quinielero.
Tres, pensó el viejo, tres pensaron el camillero, el joven que leía y la mujer.
El ascensor se detiene abre sus puertas plateadas. Don Juan, el quinielero, extiende una alfombra roja, y como un maestro de ceremonias, gesticula y ubica la camilla. Del otro lado queda el camillero, el joven, la mujer, mirando con ansiedad el tablero. Una voz interrumpe la escena y la diluye como bruma.
Hagan sus apuestas señores le pareció escuchar al viejo que dormitaba.

Y fue entonces cuando el ascensor número dos se detuvo, con su número blancoamarillento que ahora al viejo le parece una estrella, un letrero luminoso, de esos que ostenta la 9 de Julio cerca del obelisco.



Ruleros

I

La mujer los mira con desagrado. Minutos antes acechaban dentro de una bolsa de nylon. Ahora los vuelca sobre la mesa. Cilíndricos, pinches ásperos, restos de pelos, suciedades entre intersticios, celestegristiempo, desordenados, apilados, irregulares. Los mira como a objetos extraños, restos de construcción, piezas gastadas de un rompecabezas cuya estructura no recuerda, introduce uno en cada dedo y bailotea su mano frente al espejo. Los suelta, intenta alejarse de esa mesa, siente asco. Gusanos arrastrándose sobre la superficie, echando a rodar su gristiempo y cayendo, inevitables, al suelo, suben ahora por sus piernas, se enredan en los pliegues de su pollera, atrapan su escote. Se mira al espejo. Ve el rostro de su madre, sus manos manipulando mechones de su pelo, cada cilindro en su lugar formando hileras prolijas, paralelas. Su pelo rubio atrapado en el celeste lavanda de los cilindros. El movimiento perverso de los dedos de su madre, la satisfacción de su sonrisa, ajustando cada vez su pelo hasta el dolor, el recuerdo de esa tortura y luego los rulos apretados sobre su cabeza, esa imagen final de cordero. Ha jurado que nunca más se someterá a esa humillación, que un día destruirá esas piezas tan celestes como los ojos fríos de su madre que ahora se diluyen acusadores desde el espejo, superponiéndose a sus ojos acuosos hasta desaparecer.

II

El espejo vuelve a llenarse de imágenes y refleja otro espejo y otro cuerpo. Vestido con volados, mangas como globos por donde se escurren flacos, los brazos.
- Yo quería un vestido largo, sencillo, con breteles finitos
- No es lo adecuado para tu edad
Me miro las rodillas desnudas, demasiado redondas, nudos, en la mitad de las piernas y el canesú, un babero disimulando el pecho. Me aferro al marco del espejo por miedo a volar.
- Quédate quieta nena que ésta es la última prueba
Prueba. Ésa es la palabra clave. Ahora el espejo refleja las paredes de una peluquería de barrio. Un rulero gigante en medio de mi cabeza, un único rulero verde extraterrestre. Las manos de la peluquera estirando mechones alrededor. En cámara lenta veo esa manos enroscando bucles, haciéndolos desaparecer tras el enorme cilindro, que pasa a ser el único objeto visible en lo alto de mi cabeza. Siento un hormigueo en el estómago, el corazón comienza a latir fuerte, luego se calma, cierro los ojos intentando apartar la imagen de ese rostro flaco, extraño, por la ausencia de marco, casi calvo, con un periscopio sobresaliendo en la cima, catalejo sin horizonte, vacío, sin la perspectiva de encontrar la tierra prometida donde atracar y quemar las naves. Sé que al final me veré insulsa, irremediable destino, sé que una lluvia de recta cabellera borrará toda huella, todo movimiento, toda gracia. Lacia y llovida. Insípida.
Cachetes rojos de impotencia. Ojos en el límite de las lágrimas, me miran a través de su espejo, en mi espejo, la imagen invertida. Tiende su mano pidiéndome ayuda, apenas mueve los labios musitando palabras. Le tiendo mi mano para establecer un puente y tropiezo con el muro frío, muro que ahora rompe las imágenes en círculos concéntricos como piedra que se arroja a un oscuro pozo de agua.

III

Sobre el cristal adornado con marco de madera tallada se refleja la cama, sábanas blancas, un ramo de rosas rojas, en la mesita con tapa de mármol descansa un balde plateado y el champagne, cuello dorado de papel metálico y el corcho todavía rodando sobre las tablas de madera. Unas manos aprisionando su cintura y ella siguiendo la dirección del corcho, cilindro con sombrero, rulero deformado. Se estremece, no por las manos que ahora suben febriles por su talle y se abren sobre sus pechos redondos sino por la imagen del rulero celestelavanda rodando por el piso y, en cada vuelta, como si girara un caleidoscopio de figuras cambiantes se va metamorfoseando, ahora es el ojo de su madre que al estrellarse en el zócalo se queda fijo observando la escena.
Ella siente que sus pezones se tensan rozándole el encaje del corpiño y los dedos del hombre desprenden los botones, una hilera interminable de perlas sobre su espalda. El pelo cae sus hombros en largos bucles desordenados de caricias y abrazos. Y el ojo celestelavanda acecha desde el oscuro rincón.
Recuerda que esa mañana se levantó con dificultad y arrastrando los pies se puso frente al espejo y miró su perfil abultado. La curva de su vientre un gran signo de interrogación que la empuja hacia delante como apresurando el tiempo y preguntando siempre preguntando. Luego gira casi rozando con su vértice el frío espejo y comienza a quitarse la cofia de tul que sostiene los ruleros y luego los desenrosca uno a uno apartando las mechas que forman un rulo apretado contra su cabeza.
Esa rutina diaria del peinado, esa representación frente al espejo la sumerge en un estado hipnótico, como si su vida dependiera de esos pequeños actos cotidianos, como si ese ritual atávico fuera un karma, una penitencia, un tributo que pagar de generación en generación, interrumpido sólo en caso de enfermedad o de muerte, aunque cree recordar o ¿fue sólo un sueño ese rulero que asomaba entre los paños blancos escondido en la mata de pelo gris, cuando ella se inclinó a besar la frente de su madre aferradas las manos al borde del cajón de madera? Siente una contracción y luego otra y un fuerte deseo de expulsar, de gritar, de vaciarse, ya no recuerda como llegó a esta cama de hospital, siente náuseas y sed y escucha con ojos cerrados rumores de voces.
Todo fue tan rápido, pero, por suerte, la nena es preciosa,
y ella casi no sufrió,
la trajeron enseguida,
menos mal que el marido como presintiendo pasó por la casa y allí la encontró, desmayada, sin sentido,
mire, todo sucedió como un torbellino, ni tuvo tiempo de quitarse los ruleros, dicen que durante todo el parto llevaba apretado un rulero en la palma de la mano y no pudieron quitárselo.



Tentación


Seguramente considerará ridícula, desmedida mi admiración hacia usted, y quizás le parezca extraño que le escriba esta carta (en contestación a la suya). Ya ve, yo, con mis escasos recursos expresivos estoy escribiéndole una carta.
Traté de obviar deliberadamente las fórmulas de cortesía, ni a usted le gustará por ser un “lugar común” en el lenguaje, ni estará a la altura de su carta tan fresca y espontánea.
De todas maneras, aunque trato, no puedo construir para mí un espacio de libertad, por lo tanto mi escritura sale aprisionada, con excesivos circunloquios, disparada como una flecha sin destino. Y aunque conozco el blanco y quisiera acertar en el centro mismo de su corazón (qué cursilería, ¿no?) no me animo, me faltan palabras. Sin embargo si yo pudiera como usted dominar las palabras, tener sus delgadas y blancas manos para modelar las palabras como criaturas o amasarlas como pan.
La admiro muchísimo, nunca he conocido alguien como usted, con su personalidad, su libertad, su soltura, el más mínimo detalle de su vida me sorprende y me deja sin aliento.
En nuestra primera entrevista me sentí cohibida, quería agradarle, averiguar qué era lo que esperaba de mí, siempre actué con los demás en forma condescendiente, siempre traté de acoplarme a sus deseos, expectativas, por eso me desconcertó la manera en que usted me abordaba, invirtiendo los valores, tratando de averiguar qué esperaba yo de usted y de su taller de escritura, cuáles eran mis deseos. Me quedé muda, nunca había pensado en desear otra cosa que lo que el otro deseaba y no supe qué contestar. Poco a poco me fui inventando a mí misma en la escritura, inventé el modelo de mujer que quería ser, usted actuaba permanentemente como espejo, luego descubrí que usted era yo, o que yo quería ser usted, tomar su personalidad, sus gestos, su desenvoltura. Desenvolver mi imagen acartonada y envolverme con su piel, de afuera hacia adentro. Mente y cuerpo. ¿Me cree esquizofrénica?. Espero que no. Me cuesta muchísimo dar rienda suelta a mis pensamientos, disparar la flecha hacia un lugar certero y adecuado. ¿cómo decirle? Ir a sus clases semana tras semana, con mis escritos, mis pequeñas fantasías, era como ingresar en una zona mágica. Su casa tan personal con un cuarto lleno de plantas que evocaban el paraíso, la mesa de trabajo encantadoramente desordenada con papeles, revistas, libros, la máquina de escribir, sus folletos y cuadros colgados en las paredes. Todo era asimétrico pero en perfecta armonía, entrar en su casa era entrar en su mundo privado, violar si se quiere su intimidad.
Inevitablemente yo pensaba en mi casa, atiborrada de muebles heredados y sin un espacio para mí, eso sí en perfecto orden, cada adorno en su respectiva carpetita de puntilla, prolijamente almidonada. En una época llegué a sentirme orgullosa de esas carpetitas, heredadas de una bisabuela o algo así. Pero después de conocer su casa odié el orden y la pulcritud de las carpetitas, la falta de espacio para respirar y confieso que traté de emularla, tiré una revista por aquí, otra por allá, coloqué plantas en los rincones, y en el pasillo entre el baño y las piezas construí mi espacio con una mesita rebatible, una lámpara y mi vieja máquina de escribir (comprada de segunda mano, recientemente), puse mis libros favoritos en un rincón y me sentí feliz, por fin tenía mi lugar.
De más está decirle que las carpetitas desaparecieron misteriosamente hacia el fondo de un cajón, donde hubiera querido archivar tantas cosas, pero no me animé.
Sin embargo mi vida se fue alterando, a veces en forma forzada quería modificar íntegramente mi naturaleza, ser el molde perfecto del modelo que había elegido. Hasta pensé tener un amante para transgredirme aún más. En realidad empecé a mirar con curiosidad a otros hombres por primera vez, como si fueran iguales, no esos seres distantes refugiados en su mundo exterior. Un hombre real en mi mundo interior. Un hombre en la intimidad sólo para mí, en un cuarto sin pañales, ni biberones, ni noches de insomnio calmando llantos.
Un hombre desnudo sobre mi ancha cama y el placer. Qué cosa extraña es el placer, ¿verdad?, una lo prueba en pequeños sorbos, primero saboreando una lectura, luego una comida, más adelante la compañía de alguien, una conversación, una copa de vino a tiempo, y luego se extiende por el cuerpo, el cuerpo pide placer como si fuera su primordial alimento.
Creo que he extendido los límites razonables de una carta y esto se ha transformado en una especie de diario íntimo. No sé aún si me animaré a entregarle estos escritos, tendría que vencer el pudor de desnudarme delante de otra mujer. El cuerpo, siempre el cuerpo como metáfora o realidad. Sin embargo, como usted dice “hay que poner el cuerpo”, esa especie de cautivo que se niega a soltarse, a tocarse con otros cuerpos, a fundirse. Por ejemplo, hay detalles de su cuerpo que me llaman la atención, su manera de caminar, sus pies blancos calzados con ojotas. Antes me turbaba pensar en sus pies, me sentía extraña, luego comprendí que lo que me atraía era hallar en su cuerpo un fragmento de la belleza que carezco y contemplarlos era un placer. Sus blancos pies de marfil, marmóreos como una escultura de Rodin. Me he enamorado de sus pies y ¿por qué no decirlo? Por ese prejuicio que niega a la belleza trascender lo sexual. La belleza es indiferenciada para mí y el cuerpo a veces tampoco entiende de diferencias. A veces busca lo idéntico para reconocer lo diferente. No sé si logro explicarme o la estoy embarullando con mis palabras.
Últimamente he pensado mucho sobre el ser mujer ¿qué significa para mí? ¿Qué camino transité para afirmarme o reconocerme como tal?. Y creo que no realicé ningún esfuerzo, que caminé por el sendero señalado y fui creciendo, notando que mi cuerpo adquiría ciertas redondeces y necesidades y me enamoré porque había que enamorarse y casarse y tener hijos, según el libreto, como una actriz de telenovela ¿entiende?
En realidad me enfurece pensar que mi vida, tan malgastada hasta el presente, pueda servir de ejemplo a tantas otras telenovelas.
Ahora quisiera cambiar tantas cosas, quisiera ser una heroína romántica de novela gótica, o Juana de Arco o Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Cómo recuperar tantos años perdidos? A veces colgaría el delantal como bandera de pertenencia y buscaría un ancho y reconfortante hombro para apoyar mi cabeza. Tentación de mujer, pero debo resistir, me digo, ahora debo abrirme un camino, poner el cuerpo, la palabra, los miedos. Las palabras se me escurren a borbotones y no las puedo encauzar, espero que no me malinterprete. A veces no sé cuál es el alcance de una palabra, cuál es su medida. Quizás debería alejarme. Hacer mis valijas y cerrar definitivamente la puerta de esta casa (que alguna vez fue mía) con todo lo que hay adentro, hijos, esposo. Clausurar esta etapa de mi vida transitoriamente, olvidar que fui madre para recuperar el amor maternal, olvidar que fui esposa para empezar a conocer el amor y elegir libremente. Pero ¿adónde ir? ¿con qué dinero sostenerme si en estos años he olvidado cómo ganarme la vida? Tentación de mujer descansar en un hombro ancho y protector, pero no, debo encontrar la manera, quizá repasar mis escasas habilidades para sobrevivir, desempolvar mis lejanos conocimientos de inglés, sí, yo estudié siete años de inglés con diploma Oxford y todo, ¿por qué no trabajar como traductora?, sí, traductora de literatura inglesa. Con ese ingreso podría alquilar un cuarto en alguna pensión modesta, no necesitaría muchas cosas, un escritorio, mi máquina de escribir, mi pequeña biblioteca. La felicidad entonces para mí tendría el tamaño y el color de ese cuarto, que pintaría todo de blanco con láminas multicolores. ¿se imagina? Borraría todas las huellas de mi vida anterior, me cambiaría el nombre. Me llamaría Leonora, para recordar a las heroínas de Poe. Leonora, y usaría mi apellido de soltera que ya nadie recuerda. Éste sería nuestro secreto ¿verdad? Nuestro último secreto.
Y recién ahora comprendo el objetivo de esta carta, despedirme de usted para siempre, cortar todos los lazos que me unen, ¿entiende?, para borrar mis huellas.


Adriana Agrelo
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sábado, agosto 21, 2004

A manera de presentación

Con el ojo en la mira

"Quizá", un mal comienzo, una palabra débil, gastada, pero insisto, porque no sé los motivos, "quizá" dejar de escribir ha sido una manera de dejar de contar el mundo, negar la mirada, esconderme en el silencio, en la telaraña de lo no dicho, para no descubrirme sumergirme en otras cosas, barajar y dar de nuevo con casi medio siglo a cuestas. Es difícil. Sé que la máscara del narrador, la metáfora, el vestirme con ropajes ajenos, no me hubiera ocultado totalmente. Yo me vería, me leería y sacaría afuera los demonios, como un exorcismo al revés, quedaría con la costura para afuera como una media o un pulover mal doblado. Expuesta y sin remedio.
El silencio es como un virus, algo asi como desaparecer en la pantalla, ser un habitante marginal, una especie de cartonero en una ciudad de papel, ir recogiendo las palabras que otros dejan tendidas al sol, en las plazas, en las paredes, beberlas con la desesperación de un fumador compulsivo, de un alcohólico.
Y seria bueno lanzar una historia, un poema como piedra a un arroyo. Las palabras me aguardan agazapadas en una esquina. imágenes que cuentan la ciudad, pequeñas instantáneas. La vida latiendo. Y yo, pescadora de palabras, cazadora nocturna de pesadillas, ojo que no cesa de atrapar historias, tiro la línea, preparo el anzuelo, y apunto con el ojo en la mira, una vez más.

Rincón de poesía

. y ,

ella transita caminos
se tiende al sol
se despereza
cada día intenta vertirse de esperanza
desaparece entre pliegues
y en realidad resbaladiza
planta su bandera
el viento la hace ondear
y ella cree
que vive
sueña
porque hay movimiento
y no sabe que oscila
la vida
laberinto sin centro
y perdida
sueña que avanza
transita los dias
se tiende al sol
despereza caminos
cada día
se viste entre pliegues
y planta
en suelo resbaladizo
semilla que no brota
y entrega
al aire su raíz

y ondear es moverse
vida en movimiento
viento
cinta de moebius
y en el centro de su propio laberinto
tira redes
pierde la punta
del ovillo y se enreda como gata en el juego
panza arriba mirando el cielo
se enreda