sábado, febrero 25, 2012

Hay una foto en que estoy de espaldas a la cámara


Hay una foto en que estoy de espaldas a la cámara, subiendo una cuesta, sola, en el norte, donde con entusiasmo dejaba pachetas al borde del camino como diciendo aquí estuve, aquí volveré a dejar otra huella. El camino es ascendente y estoy sola, respiro el aire de la montaña a borbotones y sigo adelante, detrás queda el pasado y yo avanzo sola y con el corazón acelerado por el esfuerzo. No sé que me depara el futuro, sé que dejo atrás muchas cosas y me angustia una sensación de pérdida. Es como un mal sueño que pretende ser optimista y no puede. No dejo migajas de pan para que me encuentren pero no pierdo la esperanza de la búsqueda. Nada sucede. Sólo ese camino interminable y yo andando sin equipaje. Seguramente he dejado las mochilas en el camino. Ser en la vida romero/romero solo que cruza siempre por caminos nuevos/ y yo intento seguir al pie de la letra estos versos. Difícil desprender los recuerdos, los afectos, lo dado y recibido en esos intercambios complejos del amor. Hay una foto en que estoy de espaldas a la cámara. He decidido seguir adelante, dejar el lastre, quemar las naves, avanzar.
Que no hagan callo las cosas / ni el alma ni en el cuerpo/ Pasar por todo una vez/ una vez sólo y ligero.
Difícil decisión la de romper con la hipocresía, las buenas costumbres, las palabras amables y vacías.  En medio de esta orfandad siento que a veces la vida no retribuye nuestros esfuerzos, que no se cosecha lo que se siembra, que la indiferencia es la moneda de cambio.
Por eso doy la espalda,  que el ayer salde sus cuentas a su antojo, sólo existe el presente y no sirve detenerse y sentir pena por lo perdido.
Hay un rostro frente a la cámara que sonríe, no es el mío, yo estoy de espaldas, tratando de seguir, la vida no se detiene y es tan corta. El flash sólo muestra una parte de la realidad, luego ese rostro que sonríe seguirá también su camino, que no necesariamente será el de mis pasos, quizás ambas sigamos en distintas direcciones y no volvamos a encontrarnos. Quedarán las pachetas en el camino, señalando que estuvimos allí, que fue un encuentro feliz, que nos alegramos por un rato, y  volveremos a dejar huellas en tantos caminos.
Ese vacío que dejan los que nos han abandonado, los que hemos dejado ir, se llenará con otros seres, nuestro corazón es una casa de puertas abiertas, de ventanas donde se asoman los otros, miran el paisaje por un instante, hacen click y posan para la foto, sonrientes, despreocupados y luego se dejan abatir por la más leve brisa y se marchan. Pero otros vuelven a asomarse.
Las puertas a veces se cierran, el espacio se estrecha ante cualquier desprecio, no sabe el corazón sobre desplantes, se encoge ante el primer maltrato y sólo el amor incondicional hace que vuelva a abrirse como una mano que se tiende o una flor que abre sus pétalos a la más leve caricia del sol.  Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo…..
Nada es eterno en las relaciones humanas, todo cambio trae aparejada la magia de nuevos encuentros, o nos sorprende renovados y limpios para volver a entregarnos a viejos amores, no se sabe cuáles son los misterios que nos unen o nos separan de pronto, un rayo cae en medio del paisaje o en medio de nuestro corazón o al borde del camino y deja sólo un páramo desierto allí donde hubo flores y árboles y arroyos. Entonces otra vez a sembrar en el desierto, otra vez a subir la cuesta sin mirar atrás, otra vez a recoger la siembra. Armar nuestra pacheta con las piedras que vamos encontrando,  con los restos que la naturaleza deja abandonados para nosotros como secretos signos que nos indican algún nuevo sortilegio.

Adriana Agrelo

jueves, febrero 09, 2012

Rulos en la cabeza


Rulos en la cabeza
pensamientos ensortijados
dejame lacia
para que se deslicen
y no den vueltas inútiles
que fluyan verticales
de arriba hacia abajo
en caida vertiginosa

no más vueltas
ni laberintos que los pierdan
quitame el aspecto salvaje
hazme elegante y seria
dejame lacia
para que nadie sospeche
que el viento patagónico
juega en mi cabeza
cada mañana
que sea yo esta nueva mujer
de rulos agazapados,
escondidos
tras una cortina brillante
que mi pelo sea lluvia de abril
y no sudestada

por lo demás mi alma
seguirá escondida en espiral
enrulando sentimientos
pero dejame lacia
para aquietar los latidos
y que nadie sospeche
que es juego, disfraz
apariencia
lisa y llana


Adriana Agrelo
Dibujo Silvia Schmid 

domingo, abril 03, 2011

El vuelo

La primera pluma, la sorprendió
pequeña y suave
sintió el impulso de arrancarla
                                    no se atrevió
en el espeso bosque de su pubis
                                       temblorosa y azul
podría ser el anuncio de grandes aventuras







Adriana Agrelo




De viajes y partidas

Una luna que está menguando
se cuelga de mi ventana
el viento aúlla una monótona canción
                                estoy de paso canta
                                siempre en fuga
mis raíces se amotinan 
quiero partir
danzar
aullar
antes que el otoño
me deshoje
que el viento arremoline
los restos
que el invierno
me detenga


Adriana Agrelo


Ilustración: Carmen G. Gordillo. "Mujeres, pájaros y mujeres-pájaro".

Soledad I

Rumor de viento
entre verdor de sauces
lánguidas caen sus ramas
acariciando el río

Hojas secas y cóncavas
acunan el paisaje

Llevame a bogar
hacé acallar
las voces  que me pueblan

Fúndeme
como gota en el agua

Adriana Agrelo

sábado, enero 01, 2011

miércoles, diciembre 29, 2010

El viaje

El viaje, un recorrido interno, un desafío, una búsqueda. Encuentro íntimo conmigo misma. Soledad encendida. Alguien deja una luz temblando en su ventana. Una puerta entreabierta que espera mi cuerpo en el umbral. Una silla para el descanso. Un atajo. Piedritas para no perder el camino. Itinerarios.
Fantasmas que descorren su velo de niebla y borran su rastro de sombra. Transformaciones. Encuentros.
Mapas para el regreso.Vértigo de volver.
Otra es la que regresa. Atrás deja secuelas, huellas, descubrimientos.
El viaje, como barrilete en el viento, sin destino, ondeando libre.

Adriana Agrelo

Dos poemas


Poema - Versión I

¿qué nos hace reir?
¿nos une
 nos enciende?

sólo tu voz perfuma la memoria
y hace estallar en mí
tu risa
         su textura




Poema versión II

espadas encienden
el día y me atraviesan
entre libros  papeles
restos de cigarrillos
y diarios que destilan
malas noticias
la máquina titila el poema
y son tus palabras
copas de vino
en plena madrugada
tus palabras
desnudándose en mí
embriagándome

adriana

sábado, abril 10, 2010

La franja

El viejo sale de su casa, a pocos centímetros de la calle, el bastón se atasca en un hoyo, espera. Luz verde.
La mujer levanta la persiana agita una franela con la mano y mira hacia la calle: ciclistas, automóviles, gente que camina. Aspira el olor rancio de la levadura, bolsas vacías entran a la panadería de enfrente. El semáforo amarillo.
El sol enceguece al viejo. Un coche pasa rápido. Retrocede y golpea el bastón. Se apoya contra un árbol, un cuerpo se encorva en el aire y queda adherido al empedrado. Estallidos y luz roja.
El viejo camina lento hundiendo el bastón en las ranuras y ve la muerte tan cercana y roja la luz. No importa, porque los autos se detienen, la gente se detiene o surge como enjambre de casas y ventanas y un muchacho da la espalda a un cuerpo caído apretando las manos en los bolsillos. Los disparos sólo un eco que retumba en el aire.
Hay una franja vacía entre la gente, los coches, los árboles, las casas, las ventanas abiertas, el cuerpo del hombre tieso y el viejo y su bastón que mira de cerca la muerte sin importarle la luz verde, roja o amarilla; mira la cara cubierta de sangre espesa, la mano encogida con ganas de rasguñar el empedrado y el boquete negro en el cuerpo.
El viejo ve el arma al costado de la mano agazapada. Minutos antes el cuerpo surgía elástico al costado de la calle y el arma apuntaba un blanco que el viejo desconoce. No da la espalda ni piensa en los motivos ante el cuerpo, ni en el auto ni en los hombres armados aunque hay una línea divisoria. El viejo sólo trata de tapar el boquete negro, cerrar la cicatriz.
Vuelve la sangre a circular y el hombre se levanta y camina con el viejo, sin prisa apoyándose ambos en el bastón de caña, miran los árboles y aspiran el olor a pan recién cocido, dejan atrás el enjambre, quebrando la franja.
La mujer baja con sus ganas de pan fresco y arruga la lista de las compras: hay un muerto atravesado camino a la panadería; el hombre al volante del coche endereza las ruedas y acciona el motor cerrando la calle hasta que llegue la ambulancia y la mujer entonces cruza el empedrado se anima al otro lado y llama al viejo que no la escucha. Giran las ruedas de las bicicletas hacia la esquina opuesta y la mujer entra en la panadería pensando en la sordera de su padre.

Me quedo en el cordón y me da vértigo. Disparo, asunto turbio, - parece, se dice – Joven ultimado pereció de un balazo en el pecho en las primeras horas de la mañana – dícese, conjetúrase.
Pierdo el equilibrio, salto, quedo en medio de un adoquín. Cada uno ocupa su adoquín como una fosa: la mujer con la bolsa del pan, el viejo del bastón cerca del muerto, los ciclistas y sus bicicletas. Como piezas de ajedrez cada uno en su adoquín, jaque mate y los encierro en el lente redondo.
Tapo con la mano la mancha negra, me mancho, tibio torrente, separo la ropa capa por capa y llego a la piel, allí, donde hubo un corazón. La mano una línea quebrada. Rasgado el pantalón, la redondez de la rodilla que pregunta todavía. Tapo, zurzo, remiendo, desnudo y esa sangre que no cesa forma ríos y lo deja flotando en medio de la calle.
Los ciclistas se alejan pedaleando pero es sólo el giro de sus ruedas y el movimiento de sus pies, encuadrados en mi foto. Todos quietos, como en un sueño, pigmentados por millones de puntos diminutos que van conformando las figuras.
Es de noche. Las ventanas están abiertas y en la calle escasamente iluminada se adivina el bulto extendido. Alguien ha encendido velas a su alrededor para que los coches no lo pisen y la calle se ha transformado en un velorio solitario. Ni ambulancias ni bomberos ni policías han venido a recoger el cuerpo. “Que los muertos entierren a sus muertos”.
El fotógrafo se ha ido hace rato. Quizá algún familiar del muerto lo reconozca por la foto de los diarios. El Municipio se compromete a limpiar las calles, pero nadie anda recogiendo muertos como recoge bolsas de residuos, cáscaras de banana, colillas de cigarrillos, escupitajos.
El muerto duerme su último sueño en una calle desconocida. El viejo se ha traído un banquito y se sienta para conversar un rato, parece un Hamlet tardío esperando que el tiempo despoje de carne esa cabeza temprana.
Una mujer se tiende a su lado enamorada de la muerte de ese hombre muerto y desnudo.

La comisión vecinal de Villa Florida se reúne para resolver qué medidas tomar con el cadáver abandonado en la madrugada de ayer en una de sus calles que ha sido bloqueada impidiendo el paso de los vehículos y los habitantes de la misma deben portar un dispositivo especial para entrar o salir de la zona. Se corren rumores que muertos similares se han atravesado en las calles principales de otros barrios de la ciudad.

Adriana Agrelo

viernes, abril 09, 2010

Desolación

Esa mujer sufre, se le nota en cierto gesto contraído, allí en las comisuras de su boca, en la opacidad de su mirada, en sus manos que se posan blandas sobre las cosas.
Su cuerpo tiene un hueco en el pecho, donde habita una jaula y dos palomas blancas.
Está sentada en medio del cuarto con sus palomas presas golpeando plumas contra barrotes. Alguien debería abrirles la puerta. Alguien debería dejar las ventanas abiertas para que planeen sobre la ciudad y coman las migajas que las viejitas arrojan en la plaza y las rocen las manos de los niños o levanten vuelo ante sus caricias nerviosas. Alguien.
Esa mujer se esconde en sí misma, se acuna como un péndulo. De tanta soledad ha perdido el don de la palabra; el olvido, el desamor, el desamparo, han consumido su lozanía y es un saco de huesos. Alguien debería hacerla florecer, revivir la ternura que aún late y respira. Alguien debería sembrar ese desierto, soplarle con su aliento las palabras dormidas, devolverle la carnadura a su rostro, la sonrisa, pescar el brillo en el fondo de sus ojos. Y cuando el milagro se realice pintar un paisaje en la pared desnuda, un paisaje de verdes pinceladas con senderos furtivos y pájaros y estrellas y entre el ramaje una casa que tenga una ventana abierta de par en par con una luz encendida.
Adriana Agrelo

viernes, abril 02, 2010

El olor del jazmín


I

Cuando digo "armario" pienso en un espacio estrecho, en ropa colgada de un barral, cajas de zapatos, cajones, puertas corredizas. Un lugar que huele a naftalina o lavanda, en algunos casos un aroma que encierra ciertas humedades, sudores rancios, la estela de un perfume y bolsillos en donde se olvidaron pequeñas historias o secretos, un pañuelo arrugado, el boleto de un tren, monedas y con suerte, un billete de cierto valor o una carta de amor. No pienso por ejemplo que una persona puede vivir en él a lo sumo puedo imaginar un escondite de infancia o el castigo a una desobediencia, la oscuridad del encierro y un mundo inquietante de rumores del otro lado. Luces y oscuridades, pasos y puertas que se abren o cierran. Impensable que alguien pueda refugiarse allí para siempre. Por eso cuando ella desapareció una mañana a nadie se le ocurrió buscarla dentro del armario y la vida siguió su curso. La tía había desaparecido. Esa mujer solitaria, algo excéntrica y silenciosa se fue sin despedirse. Lo extraño fue comprobar ciertas alteraciones en su cuarto, objetos que también se habían ido con ella y al mismo tiempo la sensación de que su presencia permanecía en los cajones semiabiertos, los peines, el cepillo de dientes aún con olor a menta.

II

A las 8 de la mañana cesan todos los ruidos de la casa. Es en ese momento en que salgo y deambulo a mis anchas. Fisgoneo en la heladera y selecciono alimentos en un plato, pequeñas raciones que no denoten su ausencia. Una jarra de agua fresca. Reviso la correspondencia y leo esas cartas que aún vienen a mi nombre y las vuelvo a ensobrar. Nada interesante. Eso me confirma que la decisión de aislamiento no modifica en nada el mundo circundante. Si hubiera dejado mi cuerpo sin vida tendido sobre la cama nada hubiera cambiado tampoco. Prefiero este falso olvido, esta presencia invisible que confirma mi desarraigo. Sé que mi nombre es pronunciado de tanto en tanto por algún familiar de la casa. Incluso percibo su miedo. Porque aquello que no se explica nos produce temor. Y desaparecer es una acción confusa. Necesitamos confirmaciones de vida o muerte. Y yo habitaba desde hace unos meses en ese limbo donde la mente de los demás no podía etiquetarme.
Una tía desaparecida no es una tía viva en alguna parte ni una tía muerta y sepultada bajo tierra. Claro que desaparición puede ser también vivir dentro de un armario, en uno estrecho, oscuro y secreto. Ese que nos asusta en las noches por la posible intromisión de algún extraño, que nos espía desde sus puertas entreabiertas. Por ese miedo infantil y atávico, nadie, absolutamente ningún integrante de la casa quiso profanar el lugar. Impensable buscar a una persona allí y temerario inspeccionarlo, sobre todo porque ellos suponían que allí podría albergarse una presencia fantasmal, la mía, una presencia amenazante y diabólica. Habían escuchado rumores detrás de la puerta y decidieron clausurar toda posibilidad. Lo interesante fue descubrir afecto donde nunca pensaba encontrarlo y a la vez desenmascarar el cariño que sólo era indiferencia e interés.
Esta es mi casa, viven en ella sobrinas y hermanos, quererme entonces, una obligación para muchos, ahora lo sé, como sé que ni muy tristes ni muy desesperados seguirán el curso de sus vidas como si nada pasara.

III

Cuando chica, influenciada por la lectura de las Crónicas de Narnia, creía que en el desván de la casa de la abuela había un ropero mágico. Durante las siestas obligadas de mi infancia, aparte de leer en penumbras a través de los rayos escasos que proyectaba el sol sobre las persianas, solía esconderme en el desván, dentro del armario. Me perdía para ser encontrada. Creo que esa ha sido una constante en mi vida. Poner a prueba el cariño de los demás, la importancia de mi presencia en el mundo. La primera vez que comencé ese juego, tardaron tres horas en encontrarme, recuerdo que al sentir los pasos subiendo la escalera del desván mi corazón galopaba, mi nombre pronunciado por la voz preocupada de mamá se multiplicaba como un eco y yo, adopté una pose de bailarina clásica y cerré los ojos fingiendo estar dormida. Después de los abrazos y la alegría del encuentro vinieron los rezongos y reproches pero no me importó porque yo era tan feliz, a manera de excusa me fingí sonámbula y desorientada, sólo la inocencia de mis pocos años podían asegurar esa historia como creíble. Y a fuerza de repetirla dejó de producir el efecto esperado y a la quinta desaparición cesó la búsqueda al mismo tiempo que las siestas, mientras colocaban nuevas cerraduras en la puerta del desván y llaves en todos los armarios de la casa. La abuela se veía obligada a cargar con un enorme llavero que anunciaba su presencia con el sonido tintineante de un cencerro. Aunque en el fondo de los armarios nunca encontré un bosque encantado, no dejó de ser a lo largo de los años, mi refugio favorito. Y aquí estoy.

IV

Pasó el tiempo y los miedos se fueron aquietando. El cuarto de la tía pasó a ser un lugar de encuentro para su sobrina y sus amigas. En un primer momento, los objetos ocuparon el lugar que les correspondía, como si cualquier alteración fuera una ofensa a su memoria. Luego al sentirse cómodas en ese ambiente, a veces curioseaban los cajones, olían los perfumes y se maravillaban de cada pequeño adorno. Su sobrina repetía las historias que siempre le había contado su tía. Detrás del armario ella se sonreía complacida descubriendo como la imaginación transformaba sencillas anécdotas en aventuras.
Su vida iba creciendo mágicamente como las páginas de una novela. Comenzó a creer que esa historia inventada podía haber sido su historia y una profunda melancolía la fue abatiendo poco a poco. Quizás porque descubrió que la ficción enmascaraba y a la vez enriquecía sus recuerdos, que sin ella eran simples historias de un ser común y solitario. Un grito desgarrador fue subiendo lentamente desde su estómago a su garganta. Las paredes del armario comenzaron a oprimirla como un ataúd y quiso morir.

V

¿Con qué nombre se llamaría si ya no recordaba el suyo? Sólo la voz de su sobrina como una letanía, asegurando que ella había partido lejos, sin despedirse, para vivir una aventura. Que algún día regresaría de ese largo viaje. Estoy segura que existe un amante – decía con voz temblorosa - y decidió reunirse con él. A continuación sacó con cuidado, unas cartas del cajón del pequeño secreter, atadas con una cinta rosa, le llegó el perfume de jazmín, un aroma dulce y penetrante. Sus amigas las miraban como piezas de museo. Cartas de papel- repetían y pasaban sus dedos recorriendo las hileras de letras azules.
Y entonces ella comenzó a leer cada palabra. En ese momento se dio cuenta que su sobrina le estaba inventando una vida. Todo lo que ella no se atrevió a vivir estaba escrito en esas cartas. Fantasías y deseos. Lo perdido era recuperado en esa escritura femenina y potente. ¿Quién las había escrito? Reconocía la historia pero las circunstancias eran inventadas, lo que no había hecho, se concretaba en esa lectura. La última carta decía que ella iría a su encuentro, que dejaría todo por estar con él. Ya ven, esa es la explicación de la ausencia de mi tía. Sólo yo lo sé. Es un secreto entre ambas. Algún día volverá, también lo sé. La espero. Entrará por esa puerta como si llegara la primavera, porque sé que vendrá florecida por dentro, aquí se estaba marchitando de a poco.
Esa historia trunca que jamás se atrevió a vivir, y todos los viajes que no realizó, postergando su felicidad, escondida en el tibio nido de su casa. Y ahora, terminaría sus días en un armario, como una maleta vieja, entre olor a naftalina y cajas de zapatos elegantes que sin usar la habían invitado sin resultados a transitar tantos caminos. Sus vestidos colgaban deslucidos de las perchas, esperando un cuerpo que los habite.



VI


La mañana de su partida, la casa estaba en silencio. Abrió la puerta del armario y comenzó a armar su equipaje. Una pequeña maleta en donde puso escasas prendas. Miró cada uno de los objetos que la acompañaron durante tantos años y sólo tomó un retrato, en la foto la muchacha que había sido, le sonreía, el pelo largo y alborotado el paisaje detrás y un río. Un río siempre promete tantas cosas, un viaje, detenerse en la orilla y verlo fluir, seguir el movimiento del agua, zambullirse en él, un río siempre nos lleva al mar, a las costas lejanas de otros mundos. Se despidió recorriendo todo con su mirada, con ese adiós moroso de los que ya no vuelven. Pero antes de partir, volvió sobre sus pasos, abrió el pequeño cajón del secreter y retiró ese puñado de cartas atadas con cinta rosa, que olían a jazmines. Luego cerró la puerta tras de sí.


Adriana Agrelo

viernes, marzo 26, 2010

Centauro



Un poema de Marechal, una libertad perdida y un viento que ya no sopla acariciando tu gran cola de signo primitivo. Luego, la fiebre cercana al delirio, dibuja objetos esculpiendo formas nuevas. Horas muertas desfilan monótonas, saltan la valla hasta encontrar el sueño. Enfermedad y espera. Tu cabeza levemente inclinada y tus ojos acuosos, fijos en mi cama. Incompletos los dos. Fraccionados. Alerta tu mitad y mi pobre mitad abandonada y perdida, fuera de cuadro. La llanura se extiende a fuerza de tanto verdor y círculos de árboles lejanos y horizonte sin fin por todas partes. Saltás del marco, trotás por el cuarto y comés tranquilamente geranios amarillos de mi ventana. A solas todo cobra vida, el trazado desparejo del viento, los árboles meciéndose siempre en la misma dirección y la ruta escondida que descubro una tarde y casi roza el límite.

Prohibído salir al jardín, dijo el médico.

Y vos golpeás mi corazón muy adentro para que suba a tu piel. Para ser uno.

El viaje - parte II

VII

¿Seguro que quiere bajar aquí? – dijo el guarda recalcando con extrañeza el adverbio de lugar aquí ¿aquí? Sólo pasaron dos estaciones dos sólo dos

Patricio percibía en el tono interrogativo del hombre, un eco, una repetición envolvente y cuanto más se duplicaban las palabras, más firme era su decisión de bajar aquí a sólo dos estaciones de General Roca.

El campo con su infinitud tejía redes, lo cercaba, se sentía como un clavel del aire, mínimas raíces, frágiles al soplo de cualquier duda.
Mientras sorbe el café pasea la mirada por las cosas, suavemente, con el temor de que el tiempo se deshaga entre sus dedos. Un olor dulzón a río, un destello de sol iluminando cada objeto, piensa en su cabellera, en el viento cálido del verano meciendo lento los juncos de la orilla, las ramas delgadas de los sauces, almendras, amarettis, café expresso, la bruma del Victoria´s coffee, objetos romos, gastados por veinte años de encierro, sabor agridulce, lectura de viejos libros sepias, como fotos, como pelo rojizo, como sol en otoño, collage, cadena, hueco, vacío, la sensación de algo faltante, perdido.
Dejó este paquete para usted, le había dicho el dueño de la librería.

VIII

Cuando cruzó la vía y entró al Bar, se sentó en una mesa y pidió un café, miró por la ventana, vidrios repartidos dividían el paisaje, tejas, galerías de madera, un perro flaco olfateando en busca de comida, caminando detrás de la gente como sin dueño, una mujer de edad indefinida, un trapo de terciopelo negro enmarcado con cuatro maderas, un paraguas plantado en un tacho de arena y aros, anillos, collares, chucherías plateadas, doradas, gemas de colores, destellos a la luz del sol que la mujer va colgando sobre el paraguas, ahora la mujer se coloca un sombrero y se sienta en el suelo, la espalda apoyada sobre el muro. Ofrece su mercadería con voz apenas audible como si recitara una plegaria. Nam miojo rengue kio, piensa Patricio. Ese mantra aparece en su mente, imagina que la mujer lo recita, va leyendo sus labios, formando cada palabra
Nam
Miojo
Rengue
Kio
¿de dónde le viene esta frase? Familiar y lejana, la imagen de una mujer a la hora del crepúsculo, el sol muriendo rojo,

Nam miojo rengue kio

escondiéndose en el horizonte, las piernas cruzadas en posición de loto los brazos extendidos, el tronco flexionándose hasta tocar la frente con el suelo,

Nam miojo rengue kio

la espalda curva, los omóplatos dos muñones de alas, el pelo negro sobre el suelo, ocultando el rostro, quiere ver ese rostro

Nam miojo rengue kio, musita la voz, el tronco vuelve a elevarse, la mujer gira la cabeza, lo mira y le sonríe. Ese rostro tan dulce, tan familiar, parecido al de Eliana, al de su madre, parecido a su propio rostro, se va esfumando, se diluyen los ojos, la boca, la nariz, sólo queda un óvalo liso, sin marcas.

IX

Hotel El Conquistador, habitaciones con baño privado, desayuno incluído, precios módicos. El papel pinchado sobre un corcho de la cartelera del bar, escrito a mano, seguramente por una mujer, porque la letra posee ciertos arabescos y es pequeña, prolija, sobre fondo blanco sin renglones, sin sobresaltos, equilibrada, como si siguiera una ruta de líneas invisibles. El Hotel, según le informaron, estaba a pocas cuadras. Caminó perpendicular a la vía, a lo lejos las siluetas redondeadas de las bardas fragmentadas por nubes bajas y oscuras. El Conquistador era un hotel de paredes grises por el hollín, de dos plantas. Una vieja detrás del mostrador cabeceaba una siesta tardía con la radio encendida, el calor sofocante, hacía que su mano se meciera de tanto en tanto sosteniendo una pantalla de mimbre,
¿va a quedarse?
Esta noche, por ahora
Regístrese por favor, nombre, DNI, dirección.....las llaves, la mucama le llevará las toallas, si tiene calor...un ventilador, no tenemos aire acondicionado...., si necesita hablar por teléfono...aquí en recepción, las habitaciones no tienen, el desayuno de 8 a 10, café, tostadas y mermelada, si quiere medialunas...se cobran aparte y se encargan con anticipación....

Cuando terminó la última frase la vieja pareció desinflarse, quedó con la boca abierta como si fuese a agregar otra frase más pero luego la cerró y siguió abanicándose con la mirada fija en la puerta.

Buenas noches, dijo Patricio, pero la vieja no contestó, había empezado a cabecear nuevamente.

Cargó su equipaje, subió los crujientes escalones de madera y entró en la habitación, una cama con una colcha desteñida, una mesita de luz, un ropero diminuto, una silla en un rincón, la ventana con cortinas también desteñidas, a los lejos se divisaba la estación y el sonido de un tren, ¿el tren que él debía tomar para volver a General Roca? ¿el tren con destino a Buenos Aires?. Lo mismo daba, había decidido quedarse allí, en medio de la nada.

X

Patricio se tiende en la cama, el techo alguna vez blanco se deshace en retazos irregulares que se abren como flores oxidadas, con un centro de ladrillos primitivos, vigas de metal, grises indecisos cubiertos de moho. Enciende un cigarrillo, el humo se eleva lento formando una capa espiralada, sólo siente el sonido seco de sus pitadas y el soplido del humo escapándose envolvente. Se adormece. Las capas de pintura que cuelgan del techo van abriendo sus pétalos, deshojándose en lluvia blanca hasta dejarlo de cara al cielo, un cielo azul y sin nubes en medio de la plaza, enfrente, el colegio Don Bosco, a unos pasos, el puente, lo cruza, busca el tronco de un árbol, pasea sus manos por sus cicatrices como si cada veta estuviera formada por palabras y él descifrara un mensaje, tropieza con su nombre una P panzona y más abajo Eliana y el vértice agudo del corazón y la flecha que lo parte dejando los nombres separados, fragmentados. Desliza su espalda por el tronco como si acariciara la rugosa superficie hasta llegar al suelo y ahí descubre el paquete, levemente inclinado entre las raíces. Piensa que todavía no lo ha abierto y presuroso, levanta la tapa de cartón, un violento color ocre lo enceguece como si el otoño hubiera volcado todas sus hojas allí o el tiempo se hubiera deshojado allí o los objetos que la caja guardara se hubieran transmutado en hojas crujientes. Hunde sus manos y se deshacen como viejos pergaminos y percibe que esas hojas son restos de papel cubiertos de palabras desteñidas y trata de juntarlas y leer esa historia, encontrar el mensaje que le ha sido destinado.

Porque yo ya no soy yo
Ni mi casa es ya mi casa

alcanza a leer,

No te olvidés de este verso al volver. Echa raíces, permanece. Sé testimonio entre tanto despojo.... las palabras, cada vez más borradas y el papel,se transforma en un montón de cenizas, una urna funeraria que toma con delicadeza entre sus manos y esparce junto al puente, sobre las aguas.
Sabe que lo que menos ha sido en estos años fue testimoniar aquella época oscura. Como si él mismo fuera invisible al pasado, se escondió en una especialización tan remota como Literatura Medioeval, lejos del hoy, con un lenguaje en formación, juglaresco, en un mundo donde el amor cortés formaba parte de un amor platónico y distante. Atrás quedaron las coplas de Juan Panadero, los romances de Lorca, la Antología Rota de León Felipe. Y mucho más acá en nuestro continente, toda la literatura latinoamericana con su héroes persiguiendo utopías, Garabombo, Juan sin tierra, Vagamundo y Ganapán, las venas abiertas, y el cuerpo venerado de Esa mujer secuestrado y enterrado en tierras extrañas y desconocidas, como el de Eliana. Quiso evitar el dolor, sepultarlo, esconderse en los poemas del Mester de Clerecía,

Mester trago fremoso non es de ioglaria
Mester es sen pecado ca es de clerezia
Fablar curso rimado por la quaderna uja
A sillauas cuntadas ca es grant maestria

Y ahora ella le pedia en sueños, sé testimonio entre tanto despojo, volver sobre sus pasos, echar raíces, permanecer. Cuando él sólo quería seguir viviendo en el siglo XIII, instalarse allí cómodo y seguro. Olvidar rostros, nombres, lugares había sido su consigna todos estos años. Pero había vuelto a su terruño quizás porque el olvido se le hizo insoportable, innecesario ya. Quizás porque volver era enfrentar el pasado y sus miedos y encontrarla en ese paquete que le estaba destinado desde hace años.

La huésped



La mano se adelantó para descorrer la sábana como quien aparta un velo y el cuerpo apareció rosado e intacto.
Y la miró por última vez buscando alguna huella, algún indicio que afirmara que había amado y explorado aquella piel todavía tibia.
La portera le extendió una carta y salió de la habitación sin hacer ruido.
Necesitaremos su declaración- dijo el inspector y le entregó su tarjeta.
Cuando todos se retiraron se sentó en la silla junto a la ventana, descorrió la cortina maquinalmente pero enseguida retiró la mano sin mirar hacia afuera recordando la sábana, el cuerpo y la carta en su bolsillo que todavía no leería.
Necesitaba pensar, no sentir. El sentimiento un manojo de angustia reunido en haz sobre su pecho, como flores sobre una tumba fresca, las primeras.
Ahora no podía llorar sólo tratar de enhebrar ideas sobre la muerte de Leonora, pasear la mirada sobre sus cosas, leer sus papeles, buscar señales, algún mensaje secreto que oficiara de respuesta o de pregunta, algo que le dijera el porqué de ese cuerpo desnudo bajo la sábana.
Se palpó el bolsillo para verificar si la carta, no, no la leería, imaginaba disculpas, reproches o peor aún, rebeldía, y no soportaba la rebeldía en las mujeres, menos en Leonora.
En la impresora había una hoja a medio escribir, con esa escritura dispersa y tachada de trecho en trecho con lápiz, espacios en blanco como si el tabulador saltara y ella pensara a saltos espiando su pensamiento a través de los huecos de la página. Quiso escapar, quemar la carta que guardaba en el bolsillo, fijar en su mente la frontera entre ficción y realidad. Leonora siempre había ignorado los límites, se paseaba por sus bordes como por una cornisa. Pensó en su risa, sus bromas, su fantasía y le costó clasificarla como suicida. Cualquier pequeñez la maravillaba, gozaba de las cosas, un vaso de vino blanco, un cigarrillo acompañando una buena charla, un día de lluvia, escribir.
La escritura la llevo en la raíz, en el útero, es mi forma de parir, decía.
Aunque también recordó diálogos, frases dichas al pasar, pesadillas.
Hay una huésped en casa, Julián. Es una vieja, hace noches que está ahí - y señalaba un rincón del cuarto - tejiendo en lanzadera, me mira fijo, en silencio y teje mi mortaja. Luego cambiaba de tema o se quedaba mirándome, yo jamás contestaba a esos comentarios tan peculiares, al irme miraba hacia el rincón y saludaba a la anciana espectral para no desairar a Leonora.
Luego vinieron las pesadillas, para evitarlas, leía incansablemente hasta la madrugada o se quedaba escribiendo para evitar la oscuridad y el silencio. En esas veladas, seguramente, cruzaría la frontera, se dejaría influenciar por imágenes escritas por otras mentes febriles y volvería acompañada por estos seres de papel que pasaban una temporada en su casa como huéspedes.
Todas estas tonterías son producto de tu soledad, te atormentás inútilmente. Pero Leonora meneaba tristemente la cabeza y recitaba algún párrafo leído recientemente.
Se va a quedar mucho tiempo aquí?
Julián tuvo un sobresalto, miró a la vieja como salida del oscuro rincón y después de unos segundos reconoció a la portera.
Sí, tengo las llaves, no se preocupe, puede retirarse.
La vieja vaciló un momento, quiso hacer algún comentario consolador, pero Julián bajó la mirada y siguió leyendo.
Leonora lo estaba obligando a cruzar la frontera.
Julián escuchó un ruido y giró la cabeza, como entre brumas la vieja hilandera apareció ante él.
Ella presentía que su argumento iba a concluir, dijo, quitándose el sombrero.
Su argumento?
Bueno, como dicen ustedes, su vida, más precisamente el sentido de su vida, ¿entiende?
La voz provenía de "ese" rincón, el lugar donde supuestamente la vieja hilaba su mortaja, y ahora él la veía con claridad, sus ropas negras contrastando con el fondo blanco de la pared.
¿Es usted? entonces era cierto, siempre estuvo ahí -
No siempre, yo voy donde me llaman y usted parece necesitarme, como ella, la pobrecita, ni siquiera me dio tiempo de terminar su mortaja.
Julián recordó el surco de sangre en la mejilla que provenía de una mancha negra, más arriba, en la sien, un agujero.
Ella se sentía el personaje de una novela.
¿Por eso se pegó un tiro?
Claro, la pobre escuchaba voces extrañas dentro de su cabeza.
¿Quién es usted? alcanzó a decir Julián.
Pero ya la anciana había concluido la mortaja y con la boca cortaba el último hilo que pendía de la madeja.

martes, marzo 23, 2010

Homenaje

porque eramos jóvenes
y creíamos en la revolución
porque hoy hay un mural que te recuerda
y dice revolución
y dice memoria
y en letras desteñidas
ni olvido
ni perdón
por eso
porque ya no lo somos
pero hay un mural y una figura que te recuerda
fuerte y altivo, pintado en trazos negros
sobre blanca pared
con tu brazo en alto, puño cerrado
y la boca que grita
hasta la victoria siempre
y gente que no te conoce
sólo esa figura pintada
en la pared
se emociona y llora
ni olvido
ni perdón
gritan
hasta la victoria siempre
y me pregunto
qué queda de vos
de tu sonrisa
de tu canto
de tus sueños
en tan breves trazos de pincel
sobre una pared

Adriana Agrelo

lunes, marzo 22, 2010

A rimar mi amor

Cómo te gusta gambetear
lo esencial de mis palabras
quedan despatarradas las letras
sin ton
           ni son
hacés un bollo con los adioses
y nunca quedás en orsai
Me das la bienvenida
abrís las puertas
cuando las quiero cerrar
y quedo sola mirando
un gol que nunca será.

sábado, enero 30, 2010

Deseo III

Escondido en mis versos
sepultado en una metáfora
temblando en imágenes oscuras
donde la única luz
se filtra subversiva
intentando revolucionar
mis palabras
tan lejos
que van tendiendo puentes
para llegar a vos.

Habrá que nunca debe haber habido

Habrá
habremos
hay
ay que nunca debe haber habido
ay lo que hay
lo que hubo
lo que ha sido
el amor que no habremos
habido hay
ay si lo hubiera
que cosa habrá que no doliera
hay lo que habríamos ganado
si no hubiéramos perdido
el corazón
ay que no hubiese sucedido
este amor correspondido
si hubiera habido
una razón
habrá un había
cuando lo hubo todo
sin haber sido
y si no lo hubiera
si sólo fuéramos cualquiera
de los que hubiéndolo tenido
no han podido
habriamos soñado
en el presente
en el pasado
con un futuro indefinido
que nunca habrá
que nunca ha sido

Fugacidad

La pelusa se forma en los rincones cada día, siempre me he preguntado de dónde viene, si son restos de ciudad adheridos al cuerpo, la capa imperceptible que desgasta las cosas, los pensamientos, ¿cuál es su origen?.
Su permanencia obstinada a través de los días, su volátil presencia nos demuestra que ella es y será siempre perenne y nosotros fugaces.
Danzan
en su mágico universo
se cubren de escamas
de plumas de huesos
de piel
y aunque firmes
etéreas se elevan
en vuelo u oración
como pezpájaro
vértebramujer
buscan
el centro del deseo
una forma sensual
sinuosa
y siempre un hueco.

Fronteras

El deseo se escurre
y ya no hay palabras
se queda de este lado
límite impreciso
plantando su bandera
suelta los hilos
lo dejo ir
(nunca fue mío)

parezco la mosca
atrapada en su red
pero soy sirena
que canta

Permanencias

Desmenuzado en un texto
desnudado letra a letra
cruza el límite
enmascara
una primera persona
que intenta traerte de nuevo
corporizarte

no puedo dejar de leer señales
allí donde hay sólo ausencia
mi escritura se rebela

sé que olvido quitar
tu cepillo de dientes
cada mañana se yergue desafiante
me saluda
no leva anclas
sólo su terca permanencia
(como tus fotos
que aún se esconden dentro de mis libros
y me encuentran)

no puedo dejar que el olvido
borre tus huellas
porque la ausencia
vive en los objetos
momentos atrapados
fugazmente
en un click

no hay muerte posible
que me haga ver
la inutilidad de los objetos
la perseverancia de tu imagen
el sonido de cada una de las letras
que conforman tu nombre.

miércoles, enero 13, 2010

Intemperie

agazapada en el límite
entre la palabra y el mundo
en el borde de la cornisa
suicido unos cuantos versos
y cuelgo de los balcones
hojas blancas
con poemas que vendrán

martes, enero 12, 2010

Y

Si las cartas aún fueran de papel haría una gran fogata y bajo su calor arderían todas las imágenes que hemos construído
acerca del amor, tanto deseo transformado en ceniza y tanto viento esparciendo en el aire su última seducción.

OBDULIA

Mi nombre es extraño, sus primeras letras nos hacen unir los labios, prontos al beso y al aullido, luego las siguientes, un roce de punta de lengua y un nuevo beso.aullido más pronunciado - el primero trémulo, casi insinuante - hasta la sonrisa final que coronan las tres últimas letras. Mi madre era Consuelo, yo quito penas y dolores y mi hija procede del mar.
Nunca me gustó mi nombre, raro, impronunciable, para evitar explicar esas primeras letras, decidí acortarlo, quitar la consonante doble que trababa toda enunciación, imposible alargarlo en un diminutivo cariñoso. A falta de segundo nombre debí cargar con este toda la vida. Eso sí, le daba cierto lustre su procendencia árabe, presente en los grandes ojos negros de mi madre y en la niña que cuidó en su Galicia Natal, mi homónima. Debía quererla mucho para trasladar el peso de esas consonantes a su hija, y aquí estoy con esa marca que me diferencia de Juanas, Josefas y Marías.
Esa B larga interponiéndose ante la D, permitía que ante cualquier enojo sonara trémula y se alargara como señal de protesta, por eso la quité, la exilié de las otras junto con explicaciones y puestas en escena fonéticas. Creo que a partir de ese leve cambio, mi vida tuvo un aire insatisfecho permanente. Esas letras alteradas me dieron la excusa para ordenarlo todo: objetos, sentimientos, personas.

jueves, noviembre 05, 2009

Las cosas que guardan los libros



Apareciste entre las hojas de un libro, una imagen en mi primera casa, hablando por teléfono, con tu mano distraída dibujando arabescos sobre el papel, un gesto que te caracteriza, tan linda, joven, bien vestida, siempre armonizando colores. En mi casa. No pude evitar llorar, te extraño mamá, mucho. No te dije suficientemente que te quiero, traté de demostrartelo con esa manera áspera de tratarte, con una niña herida adentro, una niña insaciable que no sé que esperaba de vos, siempre más. Encontré tu foto en un libro y apareciste como diciéndome "No me olvides. Aqui estuve y estoy." La foto no dice qué hacías en mi casa ese día, sólo muestra cuadros en las paredes, un reloj cucú, cds desparramados junto al teléfono, una botella de pomelo Quatro y un paquete de galletitas y vos hablando quién sabe con quién cuando hice click con la cámara para sorprenderte sin poses. Este libro me ha devuelto tu recuerdo, escondido en sus páginas me sorprendió en medio de la mañana. Hoy es un día muy frío y me sentí abrigada por tu imagen, tu visita en mi casa, sería primavera o quizás un tibio otoño, aunque recuerdo que en esa época tenía calefacción central y en casa hacía calor y vos seguramente, te vestirías acorde al clima hogareño. Prefiero pensar que era primavera que en el camino a casa, sobre la Avenida, te saludaban los kioskos repletos de flores, de esas que tanto te gustaban, y hasta que llegaste con un ramo, para adornar mi mesa y un paquetito de alguna confitura para tomar el mate juntas. Es lindo imaginar ese momento ¿Por qué esa foto allí?, nada es casual, que desate un poco de llanto es bueno, te tengo tan guardada dentro que no me permito sacarte a pasear, estas imágenes de vos me reconcilian.Y ahora tu foto entre las páginas de este libro nuevamente para volver a encontrarte en otro momento, para que tu imagen me encuentre al azar, entre lectura y lectura.

sábado, abril 18, 2009

Del album familiar


Leyendo a Dickens

Mi mamá puso la cocina a gas al máximo. Y fue una fiesta. Mi hermana y yo nos sentamos a observar las lenguas de fuego, azuladas, amarillas, naranja. Era invierno y recuerdo que acercamos las manos para sentir su calor. Cuando la pava comenzó a silbar, mamá apagó la hornalla y la magia y el calor se desvanecieron. Una cuestión de economía que nosotros no entendimos en ese momento. La vieja cocina a leña quedó olvidada en un rincón del patio.
La modernidad había llegado a nuestras vidas, pero acompañada de cuidados muy estrictos. El gas es peligroso decía mamá y caro, no hay que derrocharlo. Pero nosotras muchas noches, nos escurríamos en camisón a la cocina y encendíamos todas las hornallas. Iluminadas por esa luz e hipnotizadas por el susurro que emitían las llamas, leíamos un fragmento de novela cada noche, no recuerdo su título, era de Dickens y nos transportábamos a las oscuras y tenebrosas calles londinenses, con sus chicos traviesos y harapientos y ante nosotras danzaban esos rostros puntiagudos, extraños, descriptos tan minuciosamente, que parecían brotar de las llamas. La cocina se llenaba de imágenes, Oliverio Twist se sentó con nosotras alrededor de la mesa, con la cara llena del hollín de las fábricas y Pip miraba un banquete de bodas tenebroso y cubierto de polvo. Nosotras soñábamos con ser Estela.
Cuando mamá descubrió que la garrafa de gas le duraba apenas 15 días, se mantuvo alerta y una noche en medio de un interesante capítulo de "Grandes Esperanzas" sentimos su presencia amenazante apoyada en el marco de la puerta, Cuando la ruina sea completa - dijo con mirada agonizante -, me extenderán, ya muerta y vestida con mi traje nupcial, sobre la mesa de la boda; esto constituirá la maldición final contra él..., ¡y ojalá ocurriese en este mismo día! Se quedó mirando la mesa, cual si contemplara, extendido en ella, su propio cuerpo. Yo permanecí inmóvil. Estela regresó y también se estuvo quieta. Me pareció que los tres continuamos así por mucho tiempo, y tuve el alarmante temor de que en la pesada atmósfera de la estancia y entre las tinieblas que reinaban en los más remotos rincones, Estela y yo empezásemos a marchitarnos, no pudimos evitar gritar, mamá esa noche se parecía tanto a Miss Havisham.
Y no fue la única vez, mucho después que los resplandores de las hornallas nos reunieran alrededor de su llama azulada y olvidáramos el sonido monótono del gas consumiéndose ininterrumpidamente en el fuego, mamá siguió siendo para nosotras una especie de Miss Havisham, cuando amamos por primera vez, cuando sufrimos el primer dolor ante el abandono, mamá nos había advertido con frases similares a ésta: Sólo te romperá el corazón. Es un hecho. Y aunque te prevenga, aunque te garantice que ella sólo te lastimará, horriblemente, tú la perseguirás....¿No es maravilloso el amor? Un cambio de pronombre y la sentencia nos caía como anillo al dedo. Es que mamá no creía en el amor, la había desairado profundamente, le había absorbido todo dejo de mirada romántica sobre la vida. Y se había ido erigiendo ante nuestros ojos en una mujer práctica, que anteponía la economía del gas antes que una ronda mágica de cuentos nocturnos, la fatalidad de un corazón roto al milagro de un nuevo amor que lo reparara.
Muchas veces pensamos que la felicidad de mamá había quedado olvidada en un rincón del patio, junto con la vieja cocina a leña.

domingo, febrero 22, 2009

Compensaciones


Del diálogo entre la que escribe y la nueva aspirante al Club de las Tetas Grandes, en el café de la Medialuna

Este no es el gusto de yogur que me gusta, le dije. Lo que pasa es que él no lee. Seguro que manotea en la góndola lo primero que encuentra. Es conservador. No se actualiza con los nuevos productos. Le han quedado fijadas en el cerebro las marcas de su infancia, las que todavía sobreviven, claro. Y entonces es de lo más común que se venga con un paquete de galletitas Express, ¿por qué seguís comprando querido esas galletitas perimidas e insulsas? y él me comenta, porque en la década del 50, cuando yo era chico, el almacenero del barrio me regaló un camioncito de hojalata que tenía impreso en sus costados con colores brillantes “galletitas express” el sabor inconfundible”. Eso me dice. Pero lo mejor es su presentación del chocolate Suflaire ahí me recita ese poema que dice: "Desde el momento en que te vi,/ te quise comer toda como a un Suflaire/ lleno de burbujitas/ tableta a tableta/ belleza aérea/ viaje al infinito." Qué cursilería y no nos olvidemos de las pastillas de menta DRF que siempre van acompañadas de la siguiente cantinela “me gusta pagar 50 centavos las pastillas de menta DRF” y a continuación la historia, porque la historia es muy importante, la del inmigrante español Darío Rodríguez de la Fuente , D.R.F. ¿te das cuenta? que empieza la fabricación de una pastilla con sabor a menta, 100% artesanal, que comercializaba en las farmacias de la época en 1914.
El mozo aparece con cara sorprendida, qué interesante, no sabía esa historia de las pastillas DRF, eran mis preferidas cuando chico y pone cara de nostalgia, lo que faltaba, otro café por favor y vos querida que querés? Otro, si. Prosigamos con la historia, viste? Todos son iguales, eternos niños instalados en su nostalgia.
Y entonces su chiste favorito, desde que descubrió el origen de las famosas pastillitas es ir a cualquier kiosco y decir “me da un paquete de pastillas de menta de Darío Rodríguez de la Fuente”. Es un catálogo de productos anacrónicos y de malos chistes. Además tiene un gran sentido de la importunidad. Basta que seleccione algo, una ropa, un libro, un par de zapatos y los coloque fuera de lugar para acordarme de vestir, leer o calzar según el caso, él irremediablemente lo vuelve a poner en su sitio, aunque la casa sea un desastre y haya miles de cosas que ordenar, él va y ordena lo que yo necesito tener a mano. Siempre. Saco algo de la heladera para empezar a cocinar y zácate el tipo viene por detrás como hipnotizado, como obedeciendo a un llamado atávico y lo vuelve a guardar. Y no hablemos de la tapa del inodoro, nunca la levanta, y entonces hay que ser precavida y fijarse si no está salpicada de gotitas, porque él nunca emboca del todo, claro. Yo creo que se distrae y lo empieza a revolear para todos lados, juega mientras su mente vaga vaya a saber una por donde. Y en la cama, su sueño es pesado y alborotado al mismo tiempo, siempre tiene pesadillas y yo, que me acuesto más tarde, debo estar alerta para despertarlo o moverlo, me da cosa que se queje y grite y entonces PARE DE SUFRIR (como el eslogan de las iglesias evangelistas, ¿viste?) lo zamarreo un poco y sigue durmiendo tranquilo. Cuando me acuesto, debo buscar una posición en la que mi cara no esté cerca de sus codos o manos, porque al tipo se le da por boxearme, sí, una vez medio dormido, eso dice, se acomodó en la cama y con el puño frente a mi cara me golpeó, luego se dio media vuelta y siguió durmiendo, bueno es una forma de decir, porque yo le encajé un buen mamporro, qué se piensa. Lo único que me faltaba aguantarle. Pero lo más insufrible son los domingos, cuando podemos desayunar juntos, ¿no?. Nos gusta leer los diarios mientras desayunamos. El tipo es un bunker parapetado detrás de su Clarín deportivo, a mi me gusta compartir las noticias literarias o políticas y leerlas en voz alta y esperar comentarios, generar un debate inteligente, y entonces me mira como si no me viera y pone esa sonrisita al borde del gruñido y dice todo que sí, ahí es cuando puedo aprovechar para hacerle preguntas capciosas, ¿te parece bien entonces que me compre ese par de zapatos divinos que salen tanto y tanto? ¿es linda tu nueva compañera de trabajo, fueron a tomar un café? y él dice que sí, dice que sí a todo, con lo cual siempre me queda la duda, claro, pero luego pienso que el sí es su forma de desprenderse de mí y volver a su lectura. En esos momentos lo mataría, te juro. Pero fuera de esto, mi querida, podés casarte tranquila, son trivialidades, pequeñas escenas conyugales las que te cuento. La convivencia también tiene sus compensaciones. Ya las irás descubriendo. En realidad primero vienen las compensaciones, sólo las compensaciones, luego te vas enterando de lo otro, de a poco, va brotando como los granos en la cara de un adolescente. No te los aprietes, dejalos madurar y que revienten. Ese es mi consejo. Aguantar y alegrarse por un rato, con las benditas compensaciones.
Mi compañera, Sandra, la nueva aspirante me miraba fumando sin parar, bebiendo mis palabras como si yo fuera el oráculo de la Sibila, cuando terminé, miró su mano derecha, giró nerviosamente su alianza de oro que a esa hora de la tarde emitía efímeros resplandores de protesta y dos gruesos lagrimones cayeron en el mantel de la mesa del bar. Revolví en mi cartera y encontré los consabidos pañuelitos de papel, con un gesto mecánico los empujé hacia ella.
Querida, bienvenida al Club.

Adriana Agrelo